Beate miró el reloj con disimulo. Harry había prometido llamar en cuanto hubiera acabado todo.
– Estás pensando en otra cosa, ¿verdad?
Beate asintió despacio con la cabeza.
– No importa -dijo Olaug-. Ojalá lo atrapéis.
– Sven es un buen hijo.
– Sí, es verdad. Y si me hubiera visitado siempre tan a menudo como lo hace últimamente, no me quejaría.
– ¿Ah sí? ¿Cómo de a menudo te visita ahora? -preguntó Beate. Debería haber acabado ya. ¿Por qué no llamaba Harry? ¿Acaso no se había presentado al final?
– Una vez por semana en las últimas cuatro semanas. En realidad, con más frecuencia aún: ha venido cada cinco días. Estancias cortas. Estoy convencida de que tiene a alguien esperándolo allí en Praga. Y como dije, creo que esta noche trae noticias.
– Ya.
– La última vez me trajo una joya. ¿Quieres verla?
Beate miró a la señora mayor. Y de repente tomó conciencia de lo cansada que estaba. Cansada del trabajo, del mensajero asesino, de Tom Waaler y de Harry Hole. De Olaug Sivertsen y, sobre todo, de sí misma, de la buena y cumplidora Beate Lønn que creía que podía conseguir algo, cambiar algo, sólo con ser buena, buena y aplicada, aplicada y cumplidora. Ya era hora de cambiar, pero no sabía si tenía ganas de hacerlo. Más que nada, quería irse a casa, esconderse bajo el edredón y dormir.
– Tienes razón -dijo Olaug-. No es gran cosa. ¿Más té?
– Con mucho gusto.
Olaug estaba a punto de servirle otra vez cuando vio que Beate cubría la taza con la mano.
– Perdona -dijo Beate entre risas-. Lo que quería decir era que me gustaría verla.
– Que…
– Ver la joya que te regaló tu hijo.
A Olaug se le iluminó la cara y se encaminó a la cocina.
Buena, pensó Beate. Se acercó la taza a los labios. Llamaría a Harry para saber cómo iban las cosas.
– Aquí está -dijo Olaug.
La taza de té de Beate, es decir, la taza de té de Olaug Sivertsen, o más exactamente, la taza de té de la Whermacht, se detuvo a medio camino.
Beate se quedó mirando fijamente el broche.
– Sven los importa -explicó Olaug-. Al parecer, sólo se tallan de esta manera en Praga.
Era un diamante. Con forma de pentagrama.
Beate pasó la lengua por dentro de la boca para eliminar la sequedad.
– Tengo que llamar a alguien -dijo.
La sequedad no quería remitir.
– ¿Podrías buscar una foto de Sven, mientras tanto? A ser posible, una reciente. Hay cierta urgencia.
Olaug la miró desconcertada pero asintió con la cabeza.
Otto respiraba con la boca abierta, mientras miraba a la pantalla registrando las voces a su alrededor.
– Posible objeto entra en el sector de Bravo dos. Posible objeto se para delante de puerta. ¿Preparados, Bravo dos?
– Aquí Bravo dos. Preparados.
– El objeto se ha detenido. Busca algo en el bolsillo. Podría ser un arma, no le vemos la mano.
La voz de Waaler.
– Ahora. En marcha, Bravo dos.
– Extraño -murmuró el portero.
Al principio, Marius Veland creyó que no había oído bien, pero bajó el volumen de Violent Femmes para asegurarse. Y volvió a oírlo. Llamaban a la puerta. ¿Quién sería? Por lo que él sabía, todos los demás vecinos del pasillo se habían ido a sus casas a pasar el verano. Aunque no Shirley, la había visto en la escalera el día anterior. Estuvo a punto de pararse y preguntarle si quería acompañarlo a un concierto. O a ver una película. O a un estreno. Gratis. Lo que ella eligiera.
Marius se levantó y notó cómo empezaban a sudarle las manos. ¿Por qué? No había ninguna razón lógica para que fuera ella… Miró a su alrededor y se dio cuenta de que, realmente, no se había fijado bien en su apartamento hasta aquel momento. No tenía suficientes cosas para que pudiera estar desordenado. Las paredes estaban desnudas, aparte de un póster de Iggy Pop con rasguños y una triste librería que no tardaría en verse atestada de CD y DVD gratuitos. Era un apartamento patético, sin carácter. Sin… Volvieron a llamar. Remetió a toda prisa una esquina del edredón que sobresalía por el respaldo del sofá cama y se encaminó a la puerta. Abrió. No podía ser ella. No podría… No era ella.
– ¿Señor Veland?
– ¿Sí?
Marius observaba atónito al hombre.
– Tengo un paquete para ti.
El hombre se quitó la mochila, sacó un sobre tamaño A4 y se lo entregó. Marius miró el sobre blanco con un sello. No había nombre escrito.
– ¿Seguro que es para mí? -preguntó.
– Sí. Necesito un recibo…
El hombre le tendió una carpeta con un folio sujeto por una pinza.
Marius lo miró inquisitivamente.
– Lo siento, ¿no tendrás un bolígrafo? -preguntó el hombre sonriendo.
Marius no dejaba de observarlo. Había algo en él que no cuadraba. Algo que no podía precisar.
– Un momento -dijo Marius.
Se llevó el sobre consigo, lo dejó en la estantería, junto al llavero con el cráneo, buscó el bolígrafo en el cajón y se dio la vuelta. Marius se sobresaltó al ver que el hombre estaba tras él en el penumbroso pasillo.
– No te he oído -dijo Marius escuchando resonar su propia risa nerviosa que retumbaba entre las paredes.
No es que tuviera miedo. En su pueblo natal, la gente solía pasar sin más. Para que no saliera el calor. O para que no entrara el frío. Pero había algo extraño en aquel hombre. Se había quitado las gafas y el casco y Marius vio ahora qué era lo que no encajaba. Era viejo. Los mensajeros ciclistas solían ser chicos jóvenes. Tenía el cuerpo delgado y bien entrenado y podía pasar por el de una persona joven, pero la cara pertenecía a un hombre con más de treinta, incluso con más de cuarenta.
Marius estaba a punto de abrir la boca cuando su mirada reparó en el objeto que el mensajero sujetaba en la mano. Había luz en la habitación y el pasillo estaba a oscuras, pero Marius Veland había visto suficientes películas para reconocer el contorno de una pistola alargada por un silenciador.
– ¿Es para mí? -soltó de pronto.
El hombre sonrió y lo encañonó con la pistola. Directamente a él. A su cara. Y entonces Marius comprendió que debía tener miedo.
– Siéntate -dijo el hombre-. El bolígrafo es para ti. Abre el sobre.
Marius se dejó caer en la silla.
– Vas a escribir -explicó el hombre.
– ¡Buen trabajo, Bravo dos!
Falkeid gritaba y tenía la cara de un rojo encendido.
Otto respiraba intensamente por la nariz. En la pantalla se veía al objetivo tumbado en el suelo boca abajo delante del 205, con las manos esposadas a la espalda. Y lo mejor de todo, tenía la cara torcida hacia la cámara, así que se podía apreciar el asombro y ver cómo se retorcía de dolor, ver cómo aquel cerdo poco a poco se percataba de su derrota. Era una primicia. No, era más que eso, era una grabación histórica. El dramático desenlace del verano sangriento de Oslo: «El mensajero asesino detenido cuando estaba a punto de cometer su cuarto asesinato». El mundo entero lucharía por enseñarlo. ¡Dios mío! Él, Otto Tangen, era un hombre rico. Se acabó la mierda de trabajo en el 7-Eleven, nada de capullos tipo Waaler, podría comprar… podría… Aud Rita y él podrían…
– No es él -dijo el portero.
El autobús se quedó en silencio.
Waaler se inclinó en la silla.
– ¿Qué dices, Harry?
– No es él. Dos cero cinco es uno de los apartamentos donde no pudimos dar con el inquilino. Según la lista se llama Odd Einar Lillebostad. Es difícil distinguir lo que lleva el tío en la mano, pero a mí me parece que es una llave. Lo siento, señores, pero apuesto a que Odd Einar Lillebostad acaba de llegar a su casa.
Otto escrutó la imagen. Tenía un equipo por valor de más de un millón, un equipo que había sido adquirido e hipotecado, capaz de sacar un detalle de la mano y de ampliarlo sin dificultad para comprobar si aquel capullo de portero tenía razón. Pero no era necesario. La rama del manzano crujía. La luz entraba a raudales por las ventanas del jardín. Y chisporroteaba en la lata.