— Falta el Pamir y el Himalaya — añadí yo.
— Así vamos a bautizar los picos de la otra cara invisible de la Luna — dijo el geólogo sonriendo—. Allí aún no tienen nombre.
— ¡Vaya que Luna…! — decía Tiurin admirado—. Cien veces más grande que la «terrestre». ¡Ay, ay! — gimió—, otra vez la sobrecarga.
— El capitán está frenando — dijo el geólogo—. La Luna nos atrae cada vez con más fuerza. Dentro de media hora llegaremos.
Yo me alegré pero también me asusté un poco. Que me llame cobarde aquel que ya haya pisado la Luna y no se haya emocionado ante su próximo «alunizaje».
La Luna está debajo de nosotros. Ocupa la mitad del cielo. Sus picos crecen ante nuestros ojos.
Pero es extraño: la Luna, al igual que la Tierra, desde la altura parece cóncava y no prominente. Aparece como una sombrilla vuelta al revés.
Tiurin se quejaba: las contraexplosiones aumentaban. A pesar de esto no dejaba de mirar. Pero de pronto empezó a moverse hacia un lado. Y sólo porque mi cuerpo se hizo más pesado de un lado, comprendí que el cohete había cambiado de nuevo de dirección. La gravedad se desplazó tanto que la Luna se «percibía» ya encima de nosotros. Se hacía difícil hacerse a la idea de cómo podríamos andar por «el techo».
— Aguante un poco profesor — dijo el geólogo dirigiéndose a Tiurin—. Quedan sólo dos o tres kilómetros. El cohete vuela ya muy despacio: no más de unos cientos de metros por segundo. La presión de los gases del cohete es igual a la atracción lunar, y va sólo por inercia.
De nuevo nos sentimos ligeros. El peso desapareció.
— ¿Y dónde bajamos? — preguntó Tiurin reanimado.
— Parece que cerca de nuestro vecino Tycho Brahe. Quedan tan sólo quinientos metros — dijo Sokolovsky.
— ¡Ay, ay! ¡Otra vez contraexplosiones! — gimió Tiurin.
Bueno, ahora todo está normal. La Luna ya está debajo.
— Ahora descendemos… — dijo Sokolovsky con emoción—. Con tal de no destrozar nuestro «automóvil lunar» al caer.
Pasaron unos diez segundos y sentí un ligero golpe. Las explosiones cesaron. Con bastante suavidad caímos hacia un lado.
XIV. En la Luna
— ¡Hemos llegado! — dijo Sokolovsky—. Todo ha resultado bien.
— No hemos cerrado las ventanillas al caer — refunfuñó Tiurin—. Esto ha sido una imprudencia. El cohete podía haber caído de lado y romper el cristal.
— Bueno, no es la primera vez que nuestro capitán «aluniza» — replicó Sokolovsky—. Bien, queridos camaradas, pónganse los trajes interplanetarios y trasládense al «automóvil lunar.»
Nos vestimos rápidamente y salimos del cohete.
Respiré profundamente. Y a pesar que respiraba el oxígeno de mi aparato, me pareció como si el gas tuviera aquí otro «gusto». Esto, claro está, era todo imaginario. Mi segunda impresión, ya real por completo, fue la sensación de ligereza. Ya antes, durante los vuelos en los cohetes y en la Estrella Ketz, donde había una completa ingravidez, había experimentado esta ligereza, pero aquí, en la Luna, la gravedad se sentía como una «magnitud constante», sólo que bastante menor que en la Tierra. ¡No era broma! ¡Yo ahora pesaba seis veces menos que mi peso terrestre!
Miré a mi alrededor. Encima de nosotros se hallaba el mismo cielo lúgubre con sus estrellas sin centelleo. El Sol no se veía y tampoco la Tierra. Oscuridad completa, atenuada tan sólo por los rayos de luz de las ventanillas de nuestro cohete. Todo esto se hacía extraño por la idea terrestre que tenemos de nuestro satélite reluciente. Luego adiviné: el cohete cayó más al sur de Clavius, en el lado de la Luna invisible desde la Tierra. Y aquí ahora era de noche.
Todo alrededor era silencio y desierto sin vida. No sentía frío dentro de mi traje electrificado. Pero el aspecto de este negro desierto inhóspito me helaba el alma.
Salieron también del cohete el capitán y el mecánico para ayudar a sacar el automóvil. El geólogo me invitó con un gesto a tomar parte en el trabajo. Miro el cohete-auto. Tiene forma de vagón-huevo. A pesar de ser pequeño debe pesar lo suyo. Pero no veo ni cuerdas, ni cables, ni grúas, en una palabra ningún aparato para bajarlo. El mecánico trabaja allá arriba destornillando las tuercas. El capitán, Sokolovsky, Tiurin y yo estamos debajo preparados para recibir el cohete. Nos va a aplastar… Pero bueno, estamos en la Luna. No es fácil acostumbrarse tan pronto. La parte trasera del «huevo» está destornillada. Empieza a deslizarse por este lado. Sokolovsky tira de él. El capitán está a la mitad y yo en la parte delantera. Ahora el cohete se vendrá abajo… Yo estoy preparado para sujetarlo y al mismo tiempo pienso en cómo y dónde saltar, si el peso resulta demasiado para mis fuerzas. Sin embargo, mis temores son vanos. Seis brazos, deteniendo el deslizante automóvil, sin grandes esfuerzos lo ponen sobre sus ruedas.
El capitán y el mecánico se despiden agitando la mano y vuelven al gran cohete. Tiurin nos invita a subir a nuestro automóvil.
En él se estaba bastante estrecho. Pero en compensación podíamos liberarnos de nuestros trajes y hablar.
Al mando se puso Sokolovsky, que ya conocía la construcción del pequeño cohete. Encendió la luz, accionó al aparato de oxígeno y conectó la calefacción eléctrica.
El interior del cohete recordaba un automóvil ordinario de pequeñas dimensiones. Sus cuatro asientos ocupaban la parte delantera del mismo. Dos terceras partes de la cabina estaban ocupadas por el combustible, las provisiones y mecanismos. Esta parte del vehículo llevaba una estrecha puertecilla, por la cual era difícil penetrar.
Al desvestirnos de nuestros trajes y escafandras sentimos frío a pesar que la calefacción eléctrica estaba ya conectada. Yo tenía escalofríos. Tiurin se echó encima un abrigo de pieles.
— Nuestro cohete se enfrió mucho. Tengan un poco de paciencia, pronto se calentará — dijo Sokolovsky.
— Ya empieza el alba — dijo Tiurin, mirando por la pequeña ventanilla de nuestro vehículo.
— ¿El alba? — pregunté yo extrañado—. ¿Cómo puede verse en la Luna el resplandor del amanecer si no hay atmósfera?
— Pues resulta que puede ser — contestó Tiurin. No había estado nunca en la Luna, pero como astrónomo sabía tanto de las condiciones lunares como de las terrestres.
Miré por la ventanilla y vi a lo lejos algunos puntos luminosos, como si fueran trozos de metal en fusión.
Eran los picos de las montañas iluminadas por los rayos del sol naciente. Su vivo reflejo iluminaba a otras cumbres. Su luz iba transmitiéndose más; y más allá debilitándose poco a poco. Esto era lo que creaba el original efecto de alba lunar. A su luz, empecé a distinguir las cordilleras que se hallaban a la sombra, las cavidades de los «mares» y los picos cónicos. Montañas invisibles se destacaban en el fondo del cielo estrellado, mostrando hendiduras con negros trazos de caprichos contornos dentados.
— Pronto va a salir el sol — dije.
— No tan pronto — replicó Tiurin—. En el ecuador de la Tierra sale en dos minutos, pero aquí será necesario esperar más de una hora hasta que todo el disco solar no se eleve sobre el horizonte. Pues los días en la Luna son treinta veces más largos que en la Tierra.
Quedé pegado a la ventanilla sin poderme separar ¡El espectáculo era magnífico! Las cumbres de las montañas se encendían con luz cegadora una tras otra, como si en ellas seres desconocidos estuvieran encendiendo bengalas de gran potencia. ¡Cuántos picos hay en la Luna! Los rayos del sol aún invisibles «cortaron» todas las cumbres de las montañas a una misma distancia de la superficie. Y parecía como si de pronto aparecieran en el «aire» montañas de extraños contornos, pero con iguales bases planas. Fueron aumentando más y más la cantidad de estas montañas en llamas hasta que, al fin, se divisaron sus «proyecciones» y ellas cesaron de parecer flotantes en el fondo negro.