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Sus partes bajas eran de color ceniza plateada, y más arriba, de un blanco deslumbrante. Gradualmente fueron iluminándose, por los reflejos de la luz, las bases de las montañas. El «alba lunar» se hizo aún más luminosa.

Completamente encantado por este espectáculo, no podía retirar mis ojos de la ventana. Quería ver las particularidades y el trazado de las montañas lunares. Pero me di cuenta que eran casi como en la Tierra. En algunos puntos, las rocas colgaban de manera inverosímil sobre el abismo, como enormes cornisas, y no caían. Aquí ellas pesaban menos, la gravedad era menor.

En las llanuras lunares, como grandes campos de pasadas batallas, habían agujeros en forma de embudo de diversas medidas. Algunos pequeños, no más grandes de las que deja al explotar una granada de tres pulgadas, otros se acercaban a las medidas de un verdadero cráter. ¿Podrá ser que esto sean huellas de meteoritos caídos en la Luna? Quizá. En la Luna no hay atmósfera y, por lo tanto, no tiene la cubierta protectora que pueda evitar, como en la Tierra, que caigan enteras estas bombas celestes. Pero bueno, entonces aquí no estamos exentos de peligro. ¿Qué va a pasar si nos cae encima una de estas bombas-meteoro?

Comuniqué a Tiurin mis inquietudes. Él me miró, sonriendo.

— Parte de los cráteres son de origen volcánico pero otros son, sin duda, hechos por meteoritos al caer — dijo él—. ¿Usted teme que uno de ellos caiga sobre su cabeza? Esta posibilidad existe, pero el cálculo de probabilidades nos demuestra que el peligro es un poco mayor que en la Tierra.

— ¡Un poco mayor! — exclamé—. ¿Caen muchos meteoros grandes en la Tierra? Se buscan como una gran rareza. Por el contrario aquí toda la superficie está cubierta de ellos.

— Eso es verdad — dijo tranquilamente Tiurin—. Pero usted se olvida de algo: La Luna hace ya mucho que no tiene atmósfera. Y existe desde hace millones de años; además del hecho que al no existir aquí ni vientos ni lluvias, las huellas quedaron intactas. Estos cráteres son los anales de muchos millones de años de vida. Si en la Luna cae un meteoro de grandes dimensiones cada cien años, ya es mucho. ¿Vamos a tener tanta mala suerte que precisamente ahora, cuando estamos aquí, va a caer este meteoro? Yo no tendría nada en contra, claro está, siempre que no nos cayera precisamente sobre nuestras cabezas, sino cerca de nosotros para poderlo ver.

— Vamos a discutir sobre el plan de nuestras operaciones — dijo Sokolovsky.

Tiurin propuso empezar con un examen general de la superficie lunar.

— ¡Cuántas veces he admirado con mi telescopio el circo de Clavius y el cráter de Copérnico! — dijo—. Quiero ser el primer astrónomo que pise estos lugares.

— Yo propongo empezar con el examen geológico del suelo — añadió Sokolovsky—. Sobre todo porque la parte invisible desde la Tierra, aún no está iluminada por el sol y aquí empieza a «amanecer».

— Se equivoca usted — replicó Tiurin—. O sea, no es muy exacto. En la Tierra ahora ven la Luna en cuarto creciente. Nosotros podemos recorrer este «cuarto» — el extremo oriental de la Luna— en cuarenta y cinco horas, si ponemos nuestro bólido a doscientos kilómetros por hora. Vamos a parar únicamente en Clavius y Copérnico. ¿Además, quién es el jefe de la expedición, usted o yo? — terminó acalorándose.

El paseo por el «cuarto» me interesó.

— Verdaderamente, ¿por qué no admirar los más grandiosos circos y cráteres de la Luna? — dije—. Su estructura geológica tiene también un gran interés.

El geólogo se encogió de hombros. Sokolovsky ya había estado en la parte de la Luna que se ve desde la Tierra. Pero si la mayoría quería…

— Pero, ¿usted no subió al cráter, verdad? — preguntó Tiurin con temor.

— No, no — sonrió Sokolovsky—. El pie del hombre no ha pisado aún aquellos lugares. Usted será el primero. Yo estuve en el «fondo» del Mar de la Abundancia. Y puedo confirmar que este nombre es justificado, hablando de materiales geológicos. Yo recogí allí una colección extraordinaria… Bien, no perdamos tiempo. ¡Vamos entonces, vamos! Pero permítanme ir a gran velocidad. En nuestro coche podemos hacer más de mil kilómetros por hora. Sea, voy a llevarles a Clavius.

— Y a Copérnico — añadió Tiurin—. Por el camino veremos los Cárpatos. Se hallan un poco más al norte de Copérnico.

— ¡De acuerdo! — respondió Sokolovsky, tirando de la palanca.

Nuestro cohete se estremeció, recorrió un trecho sobre sus ruedas y, dejando la superficie, fue tomando altura. Vi nuestro gran cohete posado en el valle, luego un vivo rayo de luz me cegó: ¡El Sol!

Estaba aún muy bajo en el horizonte. ¡Era un sol de madrugada, pero no se parecía en nada al que nosotros vemos desde la Tierra! La atmósfera no lo enrojecía. Tenía un color azulado, como siempre en este cielo negro. A pesar de esto su luz era deslumbrante. A través del cristal de la ventanilla sentí en seguida su calor.

El cohete se había elevado y volaba por encima de los altos picachos. Tiurin observaba con atención el contorno de las montañas. Se había olvidado de los embates que acompañaban los cambios de velocidades y también de su filosofía. Ahora era tan sólo un astrónomo.

— ¡Clavius! ¡Es él! Ya veo en su interior tres cráteres no muy grandes.

— ¿Lo llevo al mismo circo? — preguntó Sokolovsky sonriendo.

— Sí, al circo. ¡Bien cerca del cráter! — exclamó Tiurin, y empezó a cantar de alegría.

Eso fue para mí tan inesperado como oír cantar una araña. Creo que ya había dicho que Tiurin tenía una voz extremadamente fina, lo que desgraciadamente no se podía decir de su oído. En su canto no había ni ritmo, ni melodía. Sokolovsky me miró malicioso y sonrió.

— ¿Qué? ¿Qué pasa? — le preguntó de pronto Tiurin.

— Estoy buscando un lugar para bajar — respondió el geólogo.

— ¡Un lugar para posarse! — exclamó Tiurin—. Creo que hay sitios de sobra. El diámetro de Clavius tiene doscientos kilómetros. ¡Una tercera parte de la distancia que separa Moscú de Leningrado!

El circo de Clavius era una especie de valle rodeado por un alto terraplén. Tiurin dijo que la altura de este terraplén era de siete kilómetros. Más alto que los Alpes. Juzgando por la sombra dentada que proyecta en el valle, el terraplén tiene una cresta muy desigual. Las tres sombras de los cráteres se alargaban ocupando casi todo el circo.

— Es el mejor tiempo para hacer excursiones por el circo — dijo Tiurin—. Cuando el Sol se encuentre encima, el calor será insoportable. El suelo se pondrá candente. Ahora sólo empieza a calentarse.

— Es igual. Aguantaremos también el día lunar. Nuestros trajes resguardan tan bien del calor como del frío — respondió Sokolovsky—. Bajamos. ¡Sujétese fuerte, profesor!

Yo también me agarré a la butaca. Pero el cohete casi sin sacudida cayó sobre sus ruedas, dio un salto, voló unos veinte metros, cayó de nuevo, otra vez dio un salto ya más pequeño y finalmente corrió por una superficie bastante lisa.

Tiurin pidió ir hasta el centro del triángulo formado por los tres cráteres.

Rápidamente nos dirigimos hacia ellos. El suelo se hacía cada vez más irregular, más escabroso y empezamos a dar saltos en nuestros asientos.

— Será mejor que lo pasemos de un salto — dijo el geólogo—. O vamos a dejar las ruedas en esta «pista».

En ese mismo instante, sentimos un fuerte golpe. Algo se había roto debajo y nuestro bólido, tumbado hacia un lado fue dando brincos lentamente por los terrones.

— ¡Vaya, ya lo decía! — exclamó Sokolovsky con disgusto—. Una avería. Tendremos que salir fuera y repararla.

— Tenemos ruedas de recambio. Lo arreglaremos — dijo Tiurin—. En caso contrario iremos a pie. Hasta los cráteres sólo hay unos diez kilómetros. ¡Vistámonos!

Sacó con prisa la pipa y empezó a fumar.

— Yo propongo comer un poco — dijo Sokolovsky—. Ya es hora de desayunar.