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Pese a sus prisas, Tiurin tuvo que obedecer. Comimos frugalmente y salimos al exterior. Sokolovsky movió la cabeza: la rueda estaba deshecha. Fue necesario poner una nueva.

— Bueno, mientras ustedes lo hacen, yo me voy — dijo Tiurin.

Y él, en efecto, empezó a correr. ¡Vaya con la gelatina! ¡Lo que puede la curiosidad! Sokolovsky admirado, abrió los brazos con gesto de sorpresa. Tiurin saltaba con facilidad grietas de más de dos metros y sólo las más anchas le obligaban a dar un rodeo. La mitad de su traje brillaba al sol y la otra casi se perdía en la sombra. Parecía como si en la superficie lunar se moviera un extraño monstruo, saltando sobre la pierna derecha y agitando el brazo también derecho. La pierna y brazo izquierdos centelleaban periódicamente con una estrecha franja luminosa. La «cuarta» parte de la figura de Tiurin iluminada se alejó rápidamente.

Estuvimos ocupados con la rueda algunos minutos. Cuando todo estuvo reparado, Sokolovsky me propuso ir a la plataforma superior abierta del cohete, donde había un segundo mando de dirección del mismo. Renovamos nuestro camino siguiendo las huellas de Tiurin. Cabalgar en la plataforma superior era más interesante aún. Desde allí podía verse todo a nuestro alrededor. A nuestra derecha cuatro sombras de montañas proyectaban en el valle vivamente iluminado por el Sol sus siluetas. A la izquierda «ardían» sólo las cimas de las montañas y sus bases estaban sumergidas en el crepúsculo lunar. Desde la Tierra esta parte de la Luna parece de color ceniza. Las cordilleras eran de declives más suaves de lo que yo esperaba, íbamos por el mismo borde del «cuarto creciente», o sea por la línea «terminal», como dijo Tiurin, el límite de la luz y la sombra.

Súbitamente Sokolovsky me dio un suave golpe con el codo y con la cabeza me señaló hacia delante. Ante nosotros había una enorme grieta. Más de una vez habíamos pasado de corrida grietas de esas dimensiones, y si era demasiado ancha, volábamos sobre ella. Seguramente, Sokolovsky me había avisado antes del salto, para que yo no me cayera. Yo le miré interrogante. El geólogo acercó su escafandra a la mía y dijo:

— Mire, nuestro profesor…

Eché una mirada y vi a Tiurin que acababa de salir de la franja de sombra. Corría agitando los brazos, a lo largo de una extensa grieta, en dirección a nosotros. Por lo visto no podía saltarla.

— Tiene miedo a que pasemos delante de él y seamos los primeros en llegar al centro del circo — dijo el geólogo—. Tendremos que parar.

En cuanto paramos, Tiurin subió a la plataforma de un salto. Verdaderamente la Luna lo había rejuvenecido.

Sin embargo, exageró un poco. Tiurin cayó sobre mí con todo su cuerpo y se veía cómo su vestido se levantaba convulsivamente en el pecho. El viejo estaba extraordinariamente cansado.

Sokolovsky «pisó el pedal» ante la grieta. Se oyó una explosión y al mismo tiempo el cohete dio un tirón hacia arriba. En este instante vi ante mis ojos los pies de Tiurin. El cansancio se hizo sentir: no tuvo tiempo de aferrarse fuerte de la barandilla y fue derribado. Vi cómo su cuerpo describía un arco y empezaba a caer. Caía despacio, pero desde una altura considerable. Mi corazón dejó de latir ¡Se ha matado…!

Y nosotros ya volábamos encima de la ancha grieta. Sokolovsky giró bruscamente el cohete, con lo cual por poco no salto también yo, y rápidamente descendimos a la superficie, no lejos de donde yacía Tiurin. Estaba tendido y no se movía. Sokolovsky, como persona entendida, revisó ante todo, el estado del traje. El más pequeño agujero podría ser mortaclass="underline" el frío convertiría en un momento el cuerpo del profesor en un pedazo de hielo. Por fortuna el vestido estaba entero, sólo manchado en algunos sitios por el negro polvo, y tenía algunos rasguños sin importancia, que no había llegado a agujerearlo. Tiurin levantó una mano, movió el pie… ¡Vivo! Inesperadamente se levantó y sin ayuda de nadie se dirigió al cohete. Yo quedé admirado. Sólo en la Luna se puede caer con tanta suerte. Tiurin subió a su sitio y sin decir palabra señaló con el brazo adelante. Miré a través del cristal de su escafandra. ¡Estaba sonriendo!

Después de unos minutos llegamos al lugar. El profesor, con aire solemne, bajó primero del cohete. Realizaba un rito. Este cuadro se grabó en mi memoria. El cielo negro sembrado de estrellas. El Sol, azulado. Por un lado, las montañas de un brillo cegador; por el otro, picos montañosos «encendidos» hasta el blanco, «pendientes en el vacío». El amplio valle del circo, casi la mitad cubierto por sombras de bordes dentados; las huellas de nuestro automóvil-cohete en el suelo rocoso cubierto de cenizas y polvo. Estas huellas en la superficie lunar producían un efecto singular. En el mismo límite de la sombra pisa con solemnidad una figura, parecida a un buzo dejando tras de sí huellas… ¡Huellas del pie del hombre! Pero he aquí que esta figura se para. Mira el cráter, hacia nosotros, el cielo. Recoge algunas piedras y forma una pequeña pirámide. Luego se agacha y dibuja con el dedo en la ceniza:

TIURIN

Esta inscripción, hecha en la frágil ceniza con un dedo de la mano, de hecho era más fuerte que las inscripciones rúnicas en las rocas terrestres: las lluvias no van a erosionarla, los vientos no van a taparla con polvo. Se conservará durante millones de años, suponiendo que no caiga en este lugar algún meteorito casual.

Tiurin está satisfecho. De nuevo subimos a nuestro coche y volamos hacia el norte. El sol, poco a poco, se eleva en el horizonte e ilumina aislados peñascos de las montañas situadas al este. ¡Sin embargo, qué lento se desliza por el firmamento!

De nuevo un salto sobre una grieta. Esta vez Tiurin está preparado. Se agarra fuerte a la barandilla. Miro hacia abajo. ¡Pavorosa grieta! No es fácil que en la Tierra existan tales grietas. No se ve el fondo, está oscuro. Tiene una anchura de varios kilómetros. ¡Pobre viejecita, la Luna! ¡Qué profundas arrugas tiene tu cara…!

— Alfonso… Ptolomeo… Ya los vimos cuando volábamos hacia la Luna — dice Tiurin.

A lo lejos veo la cúspide de un cráter.

Tiurin acerca su escafandra a la mía (de otra manera no podemos conversar) y me comunica:

— ¡Helo aquí…! ¡Copérnico! Uno de los más grandes cráteres de la Luna. Su diámetro pasa de los ochenta y cinco kilómetros. El mayor de la Tierra, en la isla de Ceilán, tiene menos de setenta kilómetros de anchura.

— ¡Al cráter! ¡Al mismo cráter! — ordena Tiurin.

Sokolovsky pone el cohete vertical. Subimos para volar sobre el borde del cráter. Desde la altura se ve el círculo correcto, en el centro del cual se eleva un cono. El cohete desciende en la base del cono. Tiurin baja a la superficie y dando saltos se dirige hacia él. ¿No querrá subir hasta su cumbre? Así es. Ya empieza a escalar por las abruptas rocas casi verticales, y con tal rapidez que el mejor alpinista en la Tierra no le daría alcance. En la Luna es más fácil la escalada. Aquí Tiurin pesa entre diez y doce kilogramos. No es demasiado peso, incluso para sus debilitados músculos.

Alrededor del cono, a alguna distancia de él, hay un terraplén de piedras formando círculo. No comprendo su origen. Si esto son piedras arrojadas alguna vez por el volcán en erupción entonces estarían dispersas por todo el espacio y no formarían un círculo tan correcto.

La explicación vino inesperadamente. De pronto sentí cómo el suelo se estremecía. ¿No será que en la Luna hay aún «lunemotos»? Miré perplejo a Sokolovsky. Éste, en silencio, extendió el brazo en dirección a un pico: de su cumbre salían disparadas enormes rocas que se desmenuzaban por el camino. En su carrera estas rocas rodaban hasta el terraplén.

¡Ahora comprendo de qué se trata! En la Luna no hay vientos, ni lluvias que destruyan las montañas. Pero en cambio existe otro fenómeno destructor: la enorme diferencia de temperaturas entre el día y la noche lunares. Durante dos semanas se sostienen temperaturas de cerca de doscientos grados bajo cero, y en otras dos semanas, casi doscientos grados de calor. ¡Una diferencia de cuatrocientos grados! Las rocas no resisten y se agrietan rompiéndose a trozos, como un vaso de vidrio al que se vierte agua hirviendo. Tiurin debe saber esto mejor que yo. ¡Cómo ha podido cometer tal imprudencia…! Por lo visto, él mismo ha comprendido esto y ya está descendiendo rápidamente, saltando de roca en roca. A su izquierda hay otro derrumbamiento, a la derecha también, pero ya está cerca de nosotros.