— ¡No, no! Yo no rehúso de mi intento — dice agitado—, pero escogí una mala hora. Para subir a las montañas lunares, es necesario hacerlo al final del día lunar o de noche. Por ahora ya basta. Volemos hacia el Océano de las Tormentas, y desde allí, recto hacia el este, al otro lado de la Luna, el que no ha visto aún ningún ser humano.
— Me gustaría saber quién ha dado estos extraños nombres — dije cuando ya nos pusimos en camino—. Copérnico, Platón, Aristóteles…, no lo comprendo aún. Por ejemplo: ¿Qué océano de las Tormentas puede haber en la Luna, si no las hay en absoluto? ¿Un mar de la Abundancia, donde no hay nada, excepto piedras muertas, un mar de las Crisis…, qué crisis? ¿Y qué clase de mares son éstos, en los que no hay ni una gota de agua?
— Sí, los nombres no son del todo acertados — convino Tiurin—. Claro que las cavidades en la superficie de la Luna, son el lecho de mares y océanos que existieron alguna vez. Pero esos nombres… ¡Hacía falta llamarlos de alguna manera! Cuando se fueron descubriendo los pequeños planetas, al principio se les llamaba, según una tradición ya establecida, por los nombres de los antiguos dioses griegos. Muy pronto se agotaron todos los nombres y había más y más planetas. Entonces se recurrió a los nombres de hombres célebres: Flammarión, Gauss, Pickering e incluso conocidos filántropos como el norteamericano Eduardo Tuck. Así el capitalista Tuck pudo adquirir propiedades en el cielo. Yo creo que para los pequeños planetas el mejor sistema sería el numeral… Los Cárpatos, Alpes, Apeninos en la Luna es por falta de fantasía. Yo, por ejemplo, he imaginado una denominación completamente nueva para las montañas, volcanes, mares y circos, que descubramos en el otro lado de la Luna…
— ¿No se olvidará usted del cráter de Tiurin, verdad? — preguntó, sonriendo, Sokolovsky.
— Habrá para todos — contestó Tiurin—. El cráter de Tiurin, el mar de Sokolovsky y el circo de Artiomov, si así lo quieren.
No había pasado media hora cuando Sokolovsky «aumentando el ardor» de nuestro cohete nos llevó al Océano de las Tormentas. El cohete bajó hasta el «fondo» del océano. Este «fondo» era muy desigual. En algunos lugares se elevaban altas montañas. Es posible que sus cimas en algún tiempo sobresalieran de las aguas formando islas. Algunas veces descendíamos a profundos valles que se hallaban en la sombra. Pero la oscuridad no era completa: la luz reflejada por los picos de las montañas iluminadas nos alumbraba.
Miré a mi alrededor con atención. Las piedras daban sombras largas y compactas. De improviso vi a lo lejos una sombra extraña en forma de rejilla, como de una gran cesta medio deshecha. Mostré la sombra a Sokolovsky. Paró inmediatamente el cohete y corrí hacia ella. Parecía una piedra, pero una piedra de forma rara: como parte de una espina dorsal con sus costillas. ¿Es posible que hayamos encontrado los restos de algún monstruo extinguido? ¿O sea, que en la Luna existieron incluso animales vertebrados? Por lo tanto, no hace tanto que perdió su atmósfera. Mirando atentamente vi que las «vértebras» y las «costillas» eran demasiado finas para un animal de tales dimensiones. Pero claro, en la Luna la gravedad es seis veces menor que en la Tierra, y los animales podían tener aquí esqueletos más delgados. Además, esto seguramente fue un animal marino.
El geólogo recogió una «costilla» caída cerca del esqueleto y la partió. Por fuera era negra, en el interior tenía un color grisáceo y de aspecto poroso. Sokolovsky movió la cabeza y dijo:
— Creo que esto no es hueso, más bien son corales.
— Pero su aspecto, sus contornos… — traté de objetar.
Estuvo a punto de entablarse una discusión científica, pero en aquel momento se inmiscuyó Tiurin. Alegando sus poderes exigió la marcha inmediata. Tenía prisa para examinar la parte opuesta de la Luna mientras estaba casi toda iluminada por la luz del sol. No tuvimos más remedio que obedecer. Recogí algunos «huesos» para analizarlos detenidamente de vuelta a Ketz y emprendimos el vuelo. Este hallazgo me emocionó fuertemente. Si se excavara en el suelo del fondo marino se podrían hacer muchos descubrimientos inesperados. Se podría reconstruir el cuadro de la breve vida en la Luna. Breve, claro está, a escala astronómica…
Nuestro cohete corría hacia el este. Yo miraba hacia el sol y me asombraba: se elevaba bastante de prisa hacia el cenit. Súbitamente, Tiurin se echó la mano al costado.
— Creo que he perdido mi máquina fotográfica… El estuche está aquí pero el aparato no… ¡Atrás! ¡No puedo quedarme sin aparato fotográfico! ¡Seguramente se me cayó cuando lo puse en el estuche, después de fotografiar aquel nefasto esqueleto! Aquí los objetos tienen tan poco peso que no es difícil que caigan sin notarlo…
El geólogo movió la cabeza con disgusto pero dio la vuelta al cohete. Y entonces me di cuenta de un fenómeno inverosímiclass="underline" el sol se fue hacia atrás, hacia el este, bajando gradualmente hacia el horizonte. Me dio la sensación que estaba delirando. ¿Me habrán calentado la cabeza los rayos solares? ¡El sol se mueve en el cielo hacia un lado, y después hacia otro! No me atrevía a decirlo a mis compañeros y continuaba, callado, mi observación. Cuando llegábamos al lugar, disminuyó la velocidad de nuestro cohete hasta unos quince kilómetros a la hora y el sol se paró. ¡No puedo comprenderlo!
Tiurin, por lo visto, se dio cuenta que yo miraba a menudo el cielo. Sonrió y, acercando su escafandra a la mía, dijo:
— Veo que le inquieta el comportamiento del sol. Y, sin embargo, la razón es sencilla. La Luna es un cuerpo celeste pequeño y, por lo tanto, el movimiento de sus puntos ecuatoriales es muy lento: cruzan menos de cuatro metros por segundo. Por esto, si se va por el ecuador a una velocidad cercana a los quince kilómetros por hora hacia el oeste, el sol estará parado en el cielo y si se aumenta esta velocidad, el sol empezará a «ponerse» hacia el este. Y al contrario: cuando nosotros íbamos hacia el este, hacia el sol, entonces, al trasladarnos por la superficie lunar, obligábamos al mismo a aumentar su ascensión. En una palabra, aquí podemos dirigir el movimiento del sol. Quince kilómetros por hora es fácil hacerlos en la Luna, aunque sea a pie. Entonces el expedicionario que por el ecuador hacia el oeste vaya a tal velocidad, tendrá el sol siempre encima… Esto es muy cómodo. Por ejemplo, es muy conveniente ir siguiendo al sol cuando está cerca de la puesta. El suelo está aún caliente, hay luz suficiente y no existe ya el calor sofocante. A pesar que nuestros trajes nos preservan de los cambios de temperaturas, la diferencia entre la luz y la sombra se siente bastante.
Llegamos al lugar. Tiurin empezó la búsqueda de su aparato y yo aprovechando la oportunidad, empecé de nuevo la inspección del fondo del Océano de las Tempestades. Puede ser que algún día, en efecto, hubieran en la superficie de este océano espantosas tempestades. Que sus olas fueran cinco o seis veces más altas que en los mares terrestres. Que verdaderas montañas de agua se desplazaran alguna vez por este mar. Que centellearan relámpagos, iluminando sus aguas bulliciosas, que retumbara el trueno, que el mar estuviera lleno de monstruos de gigantesca estatura, mayores que los más grandes existentes alguna vez en la Tierra…
Llegué hasta el borde de una grieta. Tenía una anchura no menor de un kilómetro. ¿Por qué no mirar lo que hay en la profundidad? Encendí la lámpara eléctrica y empecé a descender por el lado de pendiente más suave. Era fácil el descenso. Empecé con precaución, luego, dando saltos y bajando más y más profundo. Encima brillaban las estrellas. A mi alrededor una oscuridad impenetrable. Me pareció que a medida que iba descendiendo aumentaba la temperatura. Quizás me calentara con mis rápidos movimientos. Lástima que no tomé el termómetro del geólogo. Habría podido comprobar la hipótesis de Tiurin, según la cual el suelo de la Luna tiene más calor de lo que los científicos suponen.