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Por el camino empecé a encontrar restos extraños de piedras de forma cilíndrica. ¿Serían troncos de árboles petrificados? ¿Pero, cómo podrían haber ido a parar al fondo del mar, en esta profunda hendidura?

Me enganché en algo agudo y faltó poco para que desgarrara mi traje. Un sudor frío de angustia me invadió: esto hubiera sido mortal. Me encogí rápidamente y palpé con la mano el objeto: unos extraños dientes. Giré la lámpara. De la roca salía una larga y negra sierra de dos filos exactamente igual a la de nuestros peces sierra. No, «esto» no podía ser coral. Dirigí la luz a diferentes lados y todo a mi alrededor estaba lleno de sierras, colmillos rectos en espiral como los de los narvales, láminas cartilaginosas, costillas… Todo un cementerio de animales desaparecidos… Era muy peligroso pasear entre todas estas armas de ataque petrificadas. A pesar de esto yo vagaba entre ellas como encantado. ¡Un descubrimiento extraordinario! Sólo por eso valía la pena efectuar un viaje interplanetario. Ya me imaginaba cómo descendería a esta hendidura una expedición especial y los huesos de estos animales que perecieron millones de millones de años atrás, serían recogidos y llevados a Ketz, a la Tierra, a los Museos y Academias de Ciencias, donde los científicos restaurarían los animales lunares…

¡Esto sí que son corales! Y no sólo seis, sino diez veces más grandes que los mayores terrestres. Todo un bosque de «cuernos ramificados». Algunos de ellos conservaban aún su colorido. Unos eran de color marfil, otros rosa, pero la mayoría eran rojos.

Sí, se puede afirmar que en la Luna existió la vida. Puede ser que Tiurin tenga razón y podamos descubrir restos de esta vida. No sólo los despojos mortales, sino los restos vivos de los últimos representantes del mundo animal y vegetal…

Una pequeña piedra me pasó rozando y fue a caer en una mata de coral cercana.

Esto me volvió a la realidad. Levanté la cabeza y vi en el borde superior de la hendidura unas lucecitas que centelleaban. Mis compañeros hacía tiempo que me estaban dando señales. Era necesario volver. Les hice señales con mi linterna, de prisa recogí las muestras más interesantes y llené mi bolsa de campaña. En la Tierra este tesoro pesaría seguramente no menos de sesenta kilos. O sea que aquí no pesa más de diez. Este lastre no me molestó mucho y rápido subí a la superficie.

Tuve que escuchar una reprimenda por parte del astrónomo por haberme separado de la expedición, pero cuando le conté mi hallazgo, se ablandó un poco.

— ¡Usted ha hecho un gran descubrimiento! ¡Le felicito! — dijo—. Naturalmente, organizaremos una expedición. Pero ahora no vamos a detenernos más. ¡Adelante, sin demora de ninguna clase!

Pero sobrevino a pesar de esto una demora. Estábamos ya en el extremo del océano. Ante nosotros se levantaban las peñas «costeras» iluminadas por el sol. ¡Un espectáculo encantador! Sokolovsky paró la máquina sin querer.

Debajo, las rocas eran de pórfidos rojizos y basaltos de los más variados coloridos y matices: verde esmeralda, rosa, gris, azul, pajizo y amarillo… Parecía una alfombra mágica oriental tornasolada por todos los colores del arco iris. En algunos sitios se veían contrafuertes de blanco níveo y obeliscos rosáceos. Sobresalían en las rocas enormes cristales que resplandecían con luz cegadora. Como gotas de sangre colgaban los anaranjados rubines. Cual flores transparente lucían su hermosura los jacintos, los rojo-sangre pirones, los oscuros zafiros melanitas, los almandinos violetas. Nidos enteros de zafiros, esmeraldas, amatistas… De uno de los lados, en un borde agudo del peñascal, brotó un haz de vivos rayos irisados. Así, sólo podían brillar los diamantes. Seguramente eran rupturas recientes de la roca y por esto su brillo no había sido empañado aún por el polvo cósmico.

El geólogo frenó en seco. Tiurin por poco no volvió a caer. Paramos. Sokolovsky, sacando el martillo de geólogo de su bolsa, ya saltaba por las rocas fulgurantes. Tras él iba yo y Tiurin detrás de nosotros. Sokolovsky fue preso de la locura «geológica». No era la codicia del buscador de piedras preciosas. Era la codicia del científico que encuentra un yacimiento de minerales raros.

El geólogo golpeaba con el martillo en los bloques de diamantes, con el enfurecimiento del minero atrapado por un desmoronamiento al abrir camino hacia su salvación. Bajo sus golpes, los diamantes saltaban en todas direcciones con chispas iridiscentes. La locura es contagiosa. Tiurin y yo recogíamos trozos de piedras diamantinas y las tirábamos allí mismo para recoger otras mejores. Llenamos nuestras bolsas, les dábamos vueltas en nuestras manos exponiéndolas a los rayos del sol, las lanzábamos al aire. A nuestro alrededor todo centelleaba y brillaba.

¡Luna! ¡Luna! Desde la Tierra te vemos de color uniforme plateado. ¡Pero cuántos y variados colores descubre el que llega a pisar tu superficie…!

Muchas veces fuimos sorprendidos con tales descubrimientos. Las piedras preciosas, como rocío policromo, sobresalían en las rocas de montañas y picos. Los diamantes, esmeraldas, las piedras preciosas más caras en la Tierra, no son raras en la Luna… Ya casi nos acostumbramos a tales espectáculos. No les dábamos valor. Pero no olvidaré jamás la «fiebre de diamantes» de la que fuimos presa en las orillas del Océano de las Tempestades…

De nuevo volamos hacia el este saltando a través de montañas y grietas. El geólogo recupera el tiempo perdido.

Tiurin, aferrado con una mano en el respaldo de su asiento, levanta solemne su otro brazo. Este gesto significa nuestro paso por la frontera de la superficie lunar visible desde la Tierra. Hemos entrado en las regiones desconocidas. Ni un sólo hombre ha visto jamás lo que ahora vemos. Mi atención se esfuerza hasta el límite.

Pero los primeros kilómetros nos desilusionaron. Es la misma sensación que se apodera de nosotros la primera vez que salimos al extranjero. Siempre parece que al traspasar la frontera todo será diferente. Sin embargo, te das cuenta que ves el mismo paisaje, los mismos campos, la misma vegetación… Sólo la arquitectura en algunos casos cambia y los vestidos de las personas varían. Después poco a poco se van descubriendo las particularidades del nuevo país. Aquí la diferencia era aún menos manifiesta. Las mismas montañas, circos, cráteres, valles, cavidades de antiguos mares…

Tiurin estaba extraordinariamente inquieto. No sabía que hacer: encima del vagón-cohete se veía todo mejor, pero en el interior era más cómodo efectuar apuntes. Lo que ganaba en uno, lo perdía en lo otro. Por fin, decidió sacrificar los apuntes: de todas maneras, la superficie de la parte «trasera» de la Luna será en un futuro próximo estudiada y medida cuidadosamente para, al final, ser llevada a un mapa. Ahora tan sólo es necesario recibir una idea general de esta parte del relieve lunar aún desconocido por el hombre. Decidimos pasar por el ecuador. Tiurin anotaba sólo los circos de mayores proporciones, los más altos cráteres y les daba al mismo tiempo sus nombres. Este derecho de primer explorador era para él motivo de gran satisfacción. Sin embargo, era tan modesto que no tenía prisa en poner su nombre a los cráteres y mares que descubríamos. Seguramente ya tenía preparado todo un catálogo, y ahora lo rellenaba con nombres de científicos, héroes, escritores y exploradores célebres.

— ¿Qué le parece este mar? — me preguntó con el aire de un rey que se dispone a recompensar con títulos y tierras a su vasallo—. ¿Le gustaría bautizarlo con el nombre de «Mar de Artiomov»?