Nos miramos en silencio. Tiurin se rascó con la mano la escafandra; quería rascarse la nuca, como hacen las personas completamente desconcertadas. Juntamos nuestras escafandras: todos queríamos comunicarnos nuestras impresiones.
— Pues bien, he aquí lo que sucede — dijo finalmente Tiurin—. Esto ya no es una grieta vulgar, como existen infinidad en la Luna. Esta depresión va de un extremo a otro de la superficie posterior de la Luna. Y su profundidad es probable que no sea menor de una décima parte del diámetro del planeta. Nuestro querido satélite está enfermo, y seriamente además, y nosotros no lo sabíamos. ¡Ay! La Luna resulta ser un globo roto, medio rajado.
Recordé diferentes hipótesis sobre la destrucción, el final de la Luna. Unos afirmaban que la Luna, al girar alrededor de la Tierra, se aleja más y más de ella. Y por esto las generaciones futuras verán la Luna cada vez más pequeña. Primero se verá igual que Venus, luego como una sencilla estrella pequeña y, finalmente, nuestro fiel satélite huirá para siempre al espacio universal. Otros, por el contrario, afirman que la Luna será atraída por la Tierra y caerá en ella. Algo singular parece que ya sucedió con un segundo satélite terrestre: una pequeña luna que en tiempos remotos cayó en la Tierra. Esta caída, según ellos, provocó la cavidad del Océano Pacífico.
— ¿Qué va a pasar con la Luna? — pregunté alarmado—. ¿Caerá a la Tierra o se irá al espacio interplanetario cuando se desintegre en pedazos?
— Ni lo uno, ni lo otro. Lo más seguro es que girará alrededor de la Tierra infinidad de tiempo, pero en otro aspecto. Si se rompe sólo en dos pedazos, entonces la Tierra tendrá dos satélites en vez de uno. Dos «medias lunas». Pero lo más fácil es que se desintegre en pequeñas partes y entonces se formará alrededor de la Tierra un anillo luminoso, como el de Saturno. Un anillo de pequeños trozos. Yo había ya predicho esto pero, francamente, no creía que este peligro estuviera tan cerca… Sí, da lástima nuestra vieja Luna — continuó, mirando hacia las tinieblas de la grieta—. Mal… Mal… ¿Y si no se esperara hasta el inevitable final y se precipitara? Si en esta grieta se colocara una tonelada de nuestro «potental», seguramente sería suficiente para partirla en partes. Si está ya condenada a morir, al menos que esto suceda por nuestra voluntad y en la hora que nosotros decidamos.
— Es interesante. ¿Cuán profunda penetra la grieta en la corteza lunar? — dijo Sokolovsky. A él, como geólogo, no le interesaba la suerte de la Luna, sino las posibilidades de penetrar casi hasta el centro del planeta.
Tiurin aprobó efectuar esta expedición.
Empezamos a discutir el plan de acción. Tiurin propuso descender lentamente con el cohete-vagón por la inclinada pendiente de la grieta, frenando el descenso por medio de explosiones.
— Se pueden hacer paradas y mediciones de la temperatura — dijo.
Pero Sokolovsky consideró que este descenso sería difícil e incluso peligroso. Además, al hacerlo despacio, se gastaría demasiado carburante.
— Mejor será descender directamente hasta el fondo. En la vuelta se pueden hacer dos o tres paradas, en caso de hallar lugar adecuado para ello.
Sokolovsky era nuestro capitán y Tiurin, por esta vez, tuvo que conformarse. Sólo pidió que no descendiera demasiado aprisa y que lo hiciera acercándose todo lo posible al borde de la grieta para poder examinar la composición geológica del declive.
Y así empezamos el descenso.
El cohete se elevó sobre el negro abismo de la hendidura y, describiendo un semicírculo, empezó a descender. El sol, que estaba ya bastante alto, iluminaba parte del declive hasta una profundidad considerable. Pero la pendiente contraria de la grieta aún no se veía. El cohete iba perdiendo altura, inclinándose más y más. Nos teníamos que echar hacia atrás, apoyando los pies. Tiurin fotografiaba.
Vimos unas rocas negras, casi lisas. Algunas veces parecían azuladas. Luego aparecían rojizas, amarillas, con matices verdosos. Yo interpreté esto como una señal del hecho que aquí la atmósfera tardó más en desaparecer y los metales, sobre todo el hierro, sufrieron una mayor influencia del oxígeno y, como en la Tierra, se oxidaron. Más tarde Tiurin y Sokolovsky confirmaron mi suposición.
De pronto nos sumergimos en una profunda oscuridad. El cohete entró en la zona de sombra. El cambio fue tan brusco que al principio quedamos como ciegos. El cohete giró a la derecha. En la oscuridad era peligroso volar cerca de las rocas. Se encendieron las luces de los proyectores. Dos tentáculos de luz escudriñaban en la oscuridad sin encontrar dónde posarse. El descenso se hizo más lento. Pasaban los minutos y continuábamos volando en el vacío. Si no fuera por la ausencia de las estrellas, se podría decir que volábamos en el espacio interplanetario. Inesperadamente, la luz del proyector resbaló por una afilada peña. Sokolovsky disminuyó aún más la velocidad de vuelo. Los proyectores iluminaban las angulosas capas de estratos. A la derecha se presentó una pared. Giramos a la izquierda. Pero también allí nos encontramos con una pared. Ahora volábamos por un estrecho cañón. Montones de puntiagudas piedras se acumulaban por todos lados. No había dónde asentar la nave. Volábamos kilómetros y más kilómetros, pero el desfiladero no se ensanchaba.
— Me parece que tendremos que contentarnos con este examen y elevarnos de nuevo — dijo Sokolovsky.
En él recaía toda la responsabilidad de nuestras vidas y de la integridad del cohete: no quería arriesgarse. Pero Tiurin puso su mano en la suya, como si le prohibiera con este gesto actuar con la palanca de altura.
El vuelo se prolongó una hora, dos, tres…, no puedo decirlo con exactitud.
Al fin vimos una plazoleta, bastante inclinada por cierto, pero en la cual, a pesar de todo, pudimos posarnos. El cohete se paró en el espacio, luego, despacio, fue bajando. ¡Detención! La nave «alunizó» con una inclinación de unos treinta grados.
— Bien — dijo Sokolovsky—. Conseguimos llegar, pero no sé cómo vamos a salir de aquí.
— Lo importante, es que hemos alcanzado nuestro objetivo — respondió Tiurin.
Ahora no quería pensar en nada más y se ocupó en medir la temperatura del suelo. Con inmenso placer comprobó que el termómetro marcaba una temperatura de ciento cincuenta grados bajo cero. No era una temperatura demasiado alta, pero de todos modos parecía que sus hipótesis se justificaban.
Y el geólogo ya estaba picando con su martillo. De él salían chispas, pero ni un solo pedazo de roca se desprendía. Al final, cansado por su vano trabajo, se levantó y acercando su escafandra a la mía, dijo:
— Hematites puras. Lo que podía esperarse. Habrá que contentarse con fragmentos ya rotos. — Y se puso a buscar muestras por los alrededores.
Miré arriba y vi las estrellas, franjas de la Vía Láctea y los bordes radiantes de nuestra grieta vivamente iluminados con fulgores de diferentes colores. Luego dirigí la mirada hacia donde iluminaban los proyectores del cohete. Me pareció que cerca de una pequeña hendidura de la pared la luz oscilaba. Me acerqué al agujero. Verdaderamente, una corriente imperceptible casi de gas o vapor salía de las profundidades. Para comprobar si era verdad, recogí un puñado de cenizas y lo tiré al agujero. La ceniza saltó hacia un lado. Esto se ponía interesante. Encontré una piedra cerca del abismo y la tiré a él, para que el temblor del suelo llamara la atención de mis compañeros y vinieran hacia mí. La piedra cayó al abismo. Pasaron al menos diez segundos, antes que yo sintiera un leve temblor del suelo. Luego le siguió otro, un tercero, cuarto…, más y más fuertes. No podía comprender que estaba sucediendo. Algunas sacudidas eran tan fuertes que la vibración del suelo se transmitía a todo el cuerpo. De pronto vi cómo una enorme roca pasaba cerca de mí. Al pasar por una franja de luz, brilló como un meteorito y desapareció en el oscuro abismo. Las peñas temblaban. Comprendí que había cometido una fatal equivocación. Sucedió lo mismo que en las montañas, cuando la caída de un pequeño guijarro provoca inmensos desprendimientos de rocas. Y he aquí que ahora caían de todas partes piedras, rocas y trozos de peñas. Se precipitaban golpeando en las rocas, saltando, chocando unas con otras soltando chispas… Si nos hubiéramos encontrado en la Tierra, habríamos oído un tronido, un estruendo parecido a cañonazos repercutido interminablemente por el eco de las montañas. Pero aquí no había aire y por eso reinaba un silencio absoluto. El sonido, más exactamente, la vibración del suelo, se transmitía únicamente a través de los pies. Era imposible adivinar hacia dónde correr, de dónde vendría el peligro… Helado de espanto, seguramente habría muerto de miedo si no hubiera visto a Sokolovsky que frenéticamente agitaba sus brazos desde la plazoleta en la que estaba la nave para que fuera hacia allá. ¡Sí! ¡Claro! ¡Sólo el cohete podía salvarnos!