— ¿Tiene hambre y sed, verdad?
— Sí.
— Desgraciadamente, tendrá que esperar. Tenemos una avería. El alud de piedras causó algunos desperfectos en el cohete. Están rotos los vidrios de las ventanillas.
Recordé los golpes «de lado», que había sentido cuando salíamos del «Cañón de la Muerte». Entonces no les había prestado atención.
— Tenemos cristales de repuesto — prosiguió Sokolovsky—, pero para colocarlos y soldarlos es necesario no poco tiempo. En una palabra, vamos a ir rápidamente hasta nuestro cohete grande. Habrá que terminar la expedición lunar.
— ¿Y por qué me llevaron al interior del cohete?
— Pues debido — contestó Sokolovsky—, a que tendré que desarrollar una gran velocidad cósmica para ir hasta el cohete en dos o tres horas. Las explosiones serán fuertes, el aumento de la gravedad del cuerpo será extraordinario. Y usted está aún demasiado débil para poderlo resistir arriba. Además, el profesor Tiurin también estará aquí.
— ¡No sabe lo contento que estoy porque esté usted vivo! — oí la voz de Tiurin—. Ya habíamos perdido las esperanzas de encontrarle…
En su voz había un calor insospechado.
— Ahora échese mejor en el suelo. Yo también lo voy a hacer, y el camarada Sokolovsky se sentará en el mando.
Después de un minuto nuestro cohete, con los vidrios rotos, se había ya elevado sobre las cimas de las montañas. Viraje hacia el oeste. Por un momento, el cohete casi se puso de lado. Debajo vi el abismo de la gran grieta lunar, que por poco nos pierde, con la plazoleta y el cañón. El cohete vibraba por las explosiones. Mi cuerpo se hacía pesado como el plomo. La sangre afluía tan pronto a la cabeza como a los pies. Sentí que, otra vez, perdía el conocimiento… Caí en un leve desvanecimiento, que esta vez superé yo mismo. El oxígeno es un magnífico medio vivificante. Se notaba que Sokolovsky se había preocupado porque a mi escafandra llegara en fuertes dosis. Pero la presión no debía sobrepasar una atmósfera, pues de lo contrario, podría fallar el vestido. Y tanto se había hinchado que daba la impresión que me había engordado.
Al final de este viaje, me había recobrado hasta el punto en que pude ya salir por mi mismo del pequeño cohete y trasladarme a la gran nave interplanetaria.
¡Con qué gusto me deshice de la ropa de «buzo»! ¡Y comí y bebí por cinco!
Pronto volvió a nosotros el buen humor. Yo contaba ya riendo mis aventuras, mis descubrimientos científicos, y no podía perdonarme el haber dejado escapar la «tortuga lunar» que había tomado por una piedra. Por otra parte ya empezaba a dudar de su existencia. Puede ser que esto fuera tan sólo una broma de mi trastornada imaginación. Pero los «musgos» estaban en mi bolsa, como un trofeo traído del «País de los Sueños».
Nuestra expedición a la Luna, a pesar de su breve duración, dio inmensos resultados científicos. Estos darían, sin duda, mucho que hablar a los científicos terrestres.
El viaje de retorno se hizo sin dificultades. No existía ya la depresión natural que siempre sobrecoge al hombre ante lo desconocido. Volábamos hacia la Estrella Ketz, como si volviéramos «a casa». Pero, ¿dónde está? Miré al cielo. En lo alto pendía sobre nosotros la hoz de la «tierra nueva». Debajo, la Luna ocupaba la mitad del horizonte. A pesar del hecho que por poco muero en ella, su vista no me causaba miedo.
Había caminado por esta Luna y huellas de nuestros pies habían quedado en su superficie. Llevábamos a Ketz, a la Tierra, «pedazos» de Luna… Este sentimiento nos acercaba a ella.
XV — Días de trabajo en la estrella
— ¡A ver, muéstrense, muéstrense! — nos decía Meller mirando sobre todo a Tiurin por todos lados—. Se ha curtido, ha vuelto más joven «la araña». ¡Si parece un novio! ¿Y los músculos? Bueno, no salte, no presuma. Déjeme palpar sus músculos. Los bíceps son debiluchos. Pero las piernas se han reforzado bien. ¿Por cuántos años va a encerrarse de nuevo en su telaraña?
— ¡No, ahora no voy a atarme! — respondió Tiurin—. Voy a volver a la Luna. Hay mucho trabajo allí. Y también a Marte y a Venus quiero ir.
— ¡Vaya, qué bríos! — bromeaba Meller—. Deje que le haga un análisis de sangre. ¿Cuántos glóbulos rojos le agregó el sol lunar…? Los habitantes lunares son pacientes raros.
Terminada la revisión médica me apresuré a ver a Tonia. Me daba la sensación que ella ya había vuelto a la Estrella. Sólo ahora sentía cuánto la añoraba.
Salí disparado por el ancho corredor. La gravedad de Ketz era menor que en la Luna y yo, casi sin tocar el suelo, revoloteaba como un pez volador. Los amigos de Ketz me paraban para preguntarme sobre la Luna.
— ¡Luego, luego, camaradas! — respondía, y volaba hacia ella.
He aquí su puerta. Llamé. Me abrió la puerta una joven desconocida. Unos cabellos castaños enmarcaban su cara de grandes ojos grises.
— Buenos días — pronuncie confuso—. Yo quería ver a la camarada Gerasimova. ¿Se ha trasladado de habitación?
— ¿El camarada Artiomov? — me preguntó la joven y sonrió como a un antiguo conocido—. Gerasimova aún no ha vuelto de su comisión de servicios y parece que no volverá pronto. Yo ocupo su habitación mientras tanto. Ella ahora trabaja en el Laboratorio Físico-Técnico.
Seguramente, notó mi cara de disgusto y añadió:
— Pero usted puede hablar con ella por teléfono. Vaya a la cabina de radio.
Di las gracias precipitadamente y corrí hacia la estación radiotelefónica. Entré como una bala en la habitación del operador de radio y grité:
— ¡Laboratorio Físico-Técnico!
— ¡Ahora mismo! — respondió y empezó a girar la manivela del aparato—. ¿La camarada Gerasimova? En seguida… ¡Aló! ¡Aló! Por favor…
— Yo soy Gerasimova. ¿Con quién hablo? ¿Artiomov?
Si el éter no miente, se nota alegría en su voz.
— ¡Buenos días! ¡Estoy tan contenta de volverle a oír! ¿Por poco no pereció? Ya supe esto antes que ustedes llegaran. Lo comunicaron desde el cohete lunar… Bien, es bueno lo que bien acaba. Y yo aquí hago un trabajo muy interesante en el laboratorio del frío absoluto. Está en el balcón de la parte sombría de nuestro cohete. Tengo que trabajar también con traje interplanetario. Es un poco incómodo. Pero en cambio tengo el frío absoluto, como diríamos, a mano. He hecho ya algunos descubrimientos en el dominio de la resistencia de los semiconductores a bajas temperaturas.
Y empezó a hablar sobre sus descubrimientos. ¿Cuándo dirá algo del de la barba negra y de Paley? Me es embarazoso preguntárselo yo mismo. Ella quería venir a Ketz pero no antes de un mes «terrestre».
— ¿Y cómo va la búsqueda? — dije sin poder contenerme.
Pero, ¡ay! precisamente en este momento el operador de radio dijo:
— Una llamada urgente desde el cohete «Ketz-ocho». Perdonen, tengo que cortar.
Salí de la estación de radio desconcertado. Tonia se había alegrado al oírme, eso estaba claro. O sea, que a ella no le era indiferente. Pero había hablado sobre todo de sus trabajos científicos. Y ni una palabra sobre Paley. Y no la veré pronto…
En el corredor me paró un joven.
— Camarada Artiomov, le estaba buscando. El director le llama.
No hubo más remedio que ir a ver a Parjomenko. Me preguntó con todo detalle sobre nuestra expedición a la Luna. Y yo le contesté bastante estúpidamente.
— Veo que está cansado — dijo el director—. Descanse y mañana empiece a trabajar. Nuestro biólogo, el camarada Shlikov, ya le espera con impaciencia.
Quería estar solo. Pero tenía hambre y me dirigí al comedor. Allí tuve que relatar mi expedición. Resultaba ser una celebridad. ¡Uno de los primeros hombres que habían estado en la Luna! Me escuchaban con gran atención, me envidiaban. En otra ocasión esto me hubiera halagado, pero ahora yo estaba disgustado por no poder haber visto a Tonia. Sin dilación relaté lo más interesante y excusándome por el cansancio me retiré a mi habitación. Durante mi ausencia habían traído una cama plegable muy ligera. No había necesidad de colchones. Me eché en ella y me sumergí en mis pensamientos… Así me dormí, entrelazando la Luna, la isla Vasilevskaia, el laboratorio, Tonia y el desconocido Paley…