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— ¡Camarada Artiomov! ¡Camarada Artiomov…!

Desperté de un salto. En la puerta de mi habitación había un joven con la cabeza afeitada.

— Perdone que le haya despertado. Pero parece que de todas maneras es ya hora de levantarse. Nos conocemos ya. ¿Recuerda en el comedor? Soy el aerólogo Kistenko. Yo fui quien le preguntó sobre los musgos lunares. Esta noticia ha llegado ya a la ciudad de Ketz. Allí piden que les transmitamos una muestra. Y yo precisamente ahora tengo que enviar un cohete aerológico a la ciudad.

— Tenga, por favor — respondí, sacando de la bolsa un pedazo de «fieltro» lunar.

— Estupendo. Es musgo más pesado que el terrestre, pero bueno, no creo que pese demasiado. ¿Se extraña que le hable del peso? Es que mi cohete volará a la Tierra. Cada día mandamos un cohete a la ciudad de Ketz. Durante el camino realiza además automáticamente apuntes aerológicos, composición de la atmósfera, intensidad de las radiaciones cósmicas, temperaturas, humedad, etc., a diferentes distancias de la Tierra. Aproximadamente durante tres cuartos de su camino está dirigido por radio desde la Estrella Ketz. Con un paracaídas automático, el cohete cae en un punto determinado de la ciudad, una plazoleta de un metro cuadrado. No está mal, ¿eh? Con este cohete se transporta el correo… Su peso debe ser exacto. Por esto es importante el peso del musgo. Muchas gracias.

Salió. Miré el reloj. Según la hora «terrestre», de Leningrado era ya de mañana. Desayuné y me dirigí al trabajo.

Al abrir la puerta del gabinete de trabajo del biólogo Andrey Pavlovich Shlikov, me quedé sorprendido. Era muy diferente este gabinete de «jefe» del de los terrestres. Si a Tiurin se le podía comparar con una araña, escondido en su oscura rendija y enredado en su telaraña, Shlikov parecía un gusano en un verde jardín. Todo el gabinete estaba lleno de enredaderas de diminutas hojas. Parecía una cueva verde iluminada por los vivos rayos del sol. Al fondo, en una especie de sillón trenzado, estaba Shlikov medio acostado: un hombre robusto, bronceado, de edad mediana. A primera vista me pareció algo indolente y como medio dormido. Tenía los párpados pesados, como hinchados. Cuando me presenté, levantó los párpados y vi unos ojos grises, muy vivos e inteligentes. Su viveza no armonizaba con la lentitud de sus movimientos.

Nos saludamos. Shlikov empezó a preguntarme sobre la Luna. Una muestra de musgo ya estaba allí, sobre una larga mesa de aluminio.

— No veo nada de extraordinario en el hecho que haya usted encontrado en la Luna este musgo — dijo pausadamente y en voz baja—. Hay esporas de bacterias y mohos conocidos en la Tierra que pueden soportar temperaturas muy bajas, hasta doscientos cincuenta grados bajo cero, conservando la viabilidad. ¿La respiración? Puede ser intramuscular y al mismo tiempo no es absolutamente necesario el oxígeno, ni aún en forma ligada. Recuerde nuestras azoebacterias. ¿La alimentación? Recuerde nuestras amebas. No tienen ni boca. Si encuentran algo «comestible», lo envuelven con su cuerpo y lo asimilan. Sin embargo, con vuestra «tortuga» la cosa ya es más complicada. Pero no niego la posibilidad de existencia en la Luna de animales aún más complejos. La adaptabilidad de los organismos es casi infinita… Muy bien, ya tenemos una base. Muy pronto vamos a saber sobre el pasado de la vida orgánica de la Luna no menos que sobre el pasado de nuestra Tierra.

Shlikov apuntó algo en su libreta de notas y continuó:

— Ahora, a nuestro trabajo. Nuestra primerísima tarea en la Estrella Ketz, habla de nosotros, los biólogos, consiste en la máxima utilización de las plantas para nuestras necesidades. ¿Qué pueden darnos los vegetales? Ante todo alimentos. Luego purificación del aire y del agua y, finalmente, el material de sus residuos, que tenemos que utilizar hasta la última molécula.

«Tenemos que transformar, cambiar y mejorar las plantas a nuestro gusto, de manera que nos sean útiles. ¿Podemos hacer esto? Sin duda. Y más fácilmente que en la Tierra. Aquí no hay heladas, ni sequías, no hay quemaduras causadas por los rayos del sol, ni vientos. Nosotros podemos crear artificialmente cualquier clima para cualquier planta. La temperatura, humedad, composición del suelo y aire, la fuerza de los rayos solares: todo está en nuestras manos. En la Tierra, en los invernaderos, se puede crear algo tan sólo relativamente parecido a lo que tenemos en la Estrella Ketz. Aquí tenemos rayos cortos ultravioleta que nunca llegan a la superficie de la Tierra. Hablo de los rayos cósmicos. Y, finalmente, la falta de gravedad. Usted, claro, ya sabe cómo actúa la atracción terrestre en el crecimiento y desarrollo de los vegetales, cómo reaccionan contra esta atracción…

— Geotropismo — dije.

— Sí, geotropismo. Las raíces sienten la dirección de la fuerza de atracción terrestre, como la aguja de la brújula, el norte. Y si la raíz se desvía de esta dirección, es sólo en su «búsqueda» de humedad y alimento. ¿Y cómo se opera la división de las células, el crecimiento y formación de las plantas al faltar la fuerza de gravedad? Tenemos aquí laboratorios en los que está ausente por completo la fuerza de gravedad. Por eso nosotros podemos hacer experimentos que en la Tierra son imposibles. Resueltos los problemas aún no esclarecidos de la vida de las plantas, trasladamos nuestro experimento a las condiciones de la ponderabilidad terrestre. Yo querría que usted empezara su trabajo con el estudio del geotropismo. En el Gran Invernadero trabaja de asistente Kramer, en el laboratorio le ayudará la nueva colaboradora Zorina.

Shlikov calló. Yo quería volverme hacia la puerta, pero él me detuvo con un gesto de la mano.

— Los vegetales…, no es todo. Hacemos trabajos interesantísimos en los animales. Allí trabaja Falieev. No estoy muy contento de él. Al principio trabajaba bien, pero en los últimos tiempos parece como si lo hubieran cambiado. Si usted se interesara podría trasladarse allí. Visite, por si acaso, aquel laboratorio, vea lo que allí se hace. Ahora diríjase al Gran Invernadero. Kramer le pondrá al corriente de todo.

Los pesados párpados bajaron. Con un movimiento de cabeza se despidió y se enfrascó en sus apuntes.

XVI — A Kramer se le estropea el carácter

Salí al corredor.

— ¡Camarada Artiomov! ¡Tiene carta! — oí una voz detrás de mí. La joven cartero me tendía un sobre. Lo tomé con avidez. Era la primera carta que recibía en Ketz. El matasellos era de Leningrado. Mi corazón saltaba de emoción.

— Una carta de Leningrado — dijo la joven—. Yo nunca estuve en esta ciudad. Dígame, ¿es bonita?

— ¡Una ciudad extraordinaria! — contesté con vehemencia—. Es la mejor ciudad después de Moscú. Pero a mí me gusta incluso más que Moscú.

Y empecé a describirle con ardor los maravillosos nuevos barrios de Leningrado, cerca de Strellne y de los altos de Pullkovsky, sus admirables parques, pintorescos canales que le dan un parecido a Venecia, su metropolitano, el aire de Leningrado, limpio de todo polvo y del hollín de las fábricas, las cubiertas de vidrio que protegen al peatón del aire en sus innumerables puentes, los parques invernales para los niños, sus museos de primera categoría, sus teatros, bibliotecas…

— Incluso el clima ha mejorado — decía yo—. Se han secado los pantanos de turba de centenares de kilómetros alrededor, los pantanosos ríos y lagos han sido puestos en condiciones, algunos canales de los alrededores de la ciudad han sido tapados y convertidos en paseos, o cubiertos por puentes que sirven de autopista. La humedad del aire ha disminuido y su nitidez ha dado a los leningradenses la posibilidad de recibir más sol. A cada automóvil que llega a la ciudad, le son lavadas las ruedas antes de entrar, para que no lleve a ella barro y polvo. ¡Para qué hablar! ¡Leningrado… es Leningrado!