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— Tengo que ver Leningrado sin falta — exclamó la joven y moviendo la cabeza en señal de despedida «voló».

Abría la carta. Mi asistente me comunicaba que el laboratorio iba a terminar la reparación. Se instalaba un nuevo equipo. Que al terminar se marcharía a Armenia junto con el profesor Gabel, ya que habían perdido la esperanza a que yo volviera pronto.

Estaba agitado. ¿Podría dejarlo todo y volver a la Tierra…?

La aparición de Kramer cambió el rumbo de mis pensamientos. Y cuando vi el invernadero, me olvidé en seguida de todo. Éste me causó una fuerte impresión.

Pero no llegué allí tan pronto. Kramer me propuso vestirme con el traje de «buzo», un poco más ligero que el de salida al espacio interplanetario. Estaba además dotado de radioteléfono.

— En el invierno la presión es mucho menor que aquí — me explicó Kramer—. Y en su atmósfera hay mucho más anhídrido carbónico. En la atmósfera terrestre el gas anhídrido carbónico compone tan sólo una tres milésima parte; en el invernadero tres centésimas y en algunos departamentos aún más. Esto ya es dañino para el hombre. ¡Pero para las plantas…! ¡Crecen como en el período carbonífero!

De improviso, Kramer empezó a reír sin causas justificadas, una risa un poco extraña, según me pareció.

— En estas escafandras — dijo después de concluir su racha de risa—, hay teléfono, así que no será necesario acercarnos para hablar. Muy pronto las escafandras de los trajes interplanetarios también irán provistos de él. ¿Es muy cómodo, no le parece? Creo que lo construyó su amiga, la que vino con usted desde la Tierra.

Kramer me guiñó el ojo y de nuevo soltó la carcajada.

«No se sabe quién trajo a quién — pensé yo—. ¿Y por qué Kramer ríe hoy de esta manera…?»

Pasamos por la cámara atmosférica y sin prisa, nos dirigimos por un largo corredor que unía el cohete con el invernadero.

— Tenemos varios invernaderos — charlaba sin parar Kramer—. Uno largo que ya vio al llegar. ¡Ja, ja, ja! ¿Recuerda cómo por poco voló usted y yo le até como un perrito? Ahora vamos al nuevo invernadero, es cónico. En él, como en el cohete, existe peso, pero muy insignificante. Total, una milésima parte del terrestre. Una hoja que cae de un árbol desde la altura de un metro del suelo, cae durante veinte minutos. Esta fuerza de gravedad es suficiente para que el polvo y los residuos se sedimenten en el suelo y para que los frutos maduros no floten en el espacio… ¿Aún no se ha bañado en la ingravidez? ¡Estupendo! «Verley se fue a bañar»… — se puso de pronto a cantar, riendo de nuevo salvajemente—. Tenemos además algunos laboratorios experimentales, donde la fuerza de gravedad falta por completo. Allí está el baño… Ya hemos llegado. «El velo está corrido…» — declamó mientras abría la puerta.

Primero me cegó la luz. Luego, al mirar vi un túnel de colosales dimensiones, un embudo que se ensanchaba. La puerta de entrada estaba situada en la parte estrecha del embudo. En la parte opuesta se unía a una enorme esfera de cristal.

A través del cristal caían torrentes de luz. Su fuerza era incalculable. Como si miles de proyectores vertieran su luz en ella. Las paredes del túnel estaban llenas de verde, vegetación con matices desde vivo esmeralda hasta casi negro. Este verde tapiz estaba traspasado por estrechas pasarelas de aluminio. El espectáculo era extraordinario. Pero creció mi admiración cuando me enteré más a fondo de la clase de plantas que allí habían. Yo, biólogo, botánico, especialista en el estudio de la fisiología de los vegetales, no tenía la menor noción de hasta qué punto pueden ser maleables, «plásticas» estas materias, de cómo puede cambiar su aspecto exterior y estructura interior.

Quería mirarlo todo despacio y detalladamente. Pero Kramer no me dejaba tranquilo y susurraba a mi oído:

— ¡Todo esto lo ha hecho Shlikov! Es un genio. Muy pronto va a lograr que las plantas bailen y que canten como los ruiseñores. ¡Las amaestrará! «Los cereales», dice él, «utilizan una sesentava parte de la energía solar y las bananas cien veces más. Y esto no depende del clima. Se puede obligar a que aumenten su consumo en cientos de veces».

— Ya me habló de esto — dije intentando poner fin a la efusión de Kramer, pero éste no se callaba.

— Y Shlikov logró esto. ¿Y los resultados? ¿No quiere mirar este ejemplar? ¿Qué me dice de él? ¡Ja, ja, ja!

Me paré admirado. Ante mí había una mata de la altura de una persona; las hojas como la palma de la mano y sus frutos, de dimensiones parecidas a una gran sandía, recordaban fresas. Eran en efecto fresas de tamaño monstruoso. El arbusto ya no se arrastraba por el suelo, sino que subían hacia arriba. De su débil tallo pendían estas enormes bayas. (¡Lo que significa la ausencia de la gravedad!) Algunas de ellas eran completamente rojas, otras aún no habían madurado.

— Cada día recogemos diez de estas «bayas» de esta sola mata — hablaba Kramer—. Sacamos unas y otras maduran. Salen sin interrupción. Nuestras plantas no tienen ni el descanso de dos semanas que tienen en la Tierra las plantas tropicales. ¡Dan y dan! Absorben los rayos del sol, los desechos y el agua del suelo, convirtiéndolos en estos sabrosos frutos. Y el sol aquí no penetra. La atmósfera del invernadero es siempre diáfana. Esto primero. Segundo: la atmósfera de aquí tiene gran cantidad de anhídrido carbónico, como en los tiempos del período carbonífero.

— Ya me ha hablado del anhídrido carbónico.

— Eche una mirada a estas hojas — continuó Kramer sin inmutarse lo más mínimo—. Son casi negras y por esto absorben casi por competo la energía solar, sin que tenga lugar el recalentamiento de la planta. Sólo disminuye la evaporación del agua. ¿Sabe usted cuánta energía gastan las plantas en la evaporación? Treinta o cuarenta veces más que en trabajo útil. Aquí esta energía va al fruto. Las hojas son gruesas, carnosas. Algunas de ellas ni tienen base. Y los frutos: ¡qué enormes! En cambio mire este ejemplar que no hace más que segregar agua — dijo mostrando una planta en cuyos extremos de las hojas goteaba agua—. No parece una planta, sino una fuente de Baichisaray. ¿Ha visto el «surtidor de las lágrimas»? ¡Gotea y gotea! Esto es nuestro filtro natural.

— Aquí hay también una planta original — continuó, avanzando por la estrecha pasarela—. El «Quiosco de agua de frutas», o mejor dicho, una herida de la que mana jugo. ¿Ve el corte en el tronco? Es un tubito por el que gotea. Pruebe. ¿Sabroso? ¿Dulce? ¡Limonada! Ponga atención en el terreno: el desmenuzamiento de las partículas es ideal. En cada millar de partículas duras hay algunas decenas de bacterias útiles. Y por esto, mire estos guisantes, habas y alubias. ¡Son como manzanas!

«Y estos departamentos vidriados — continuó diciendo— existen para crear en algunas plantas condiciones especiales: el ambiente gaseoso de composición más conveniente, la mejor temperatura. Los parásitos no existen. Las malas hierbas tampoco. Los filtros de luz dan una propicia composición de rayos… ¡«Ira»! ¡«Ira»! ¿Qué haces, loca? — chilló de improviso asustado, saltó y arrancó el vuelo por el invernadero—. ¡«Ira»! ¡«Ira»! — gritó desde no sé dónde, detrás de unas matas, como si lo despedazaran.

¿Que ha sucedido con este hombre? No hace mucho era un chico tranquilo, apacible. Y ahora tiene un elevado grado de irritabilidad. No podía comprender lo que le había hecho excitar. Oí un ruido, un chirrido y vi cómo las hojas caían y volaban desde el extremo ancho del embudo hacia el estrecho.