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— ¿Por qué has puesto el ventilador con tanta fuerza? ¿Quieres armar un huracán? — clamaba—. ¿Quieres destrozar las plantas…? ¡Disminuye su fuerza si no quieres que te lance a la Tierra!

El ruido y movimiento de las hojas cesó. Se oyó una voz fina que decía:

— Ayer tú mismo ordenaste que pusiera los ventiladores a veintiséis…

— ¡Esto lo has soñado!

Yo me acercaba poco a poco a la esfera de vidrio, entreteniéndome en las plantas que ofrecían mayor interés. En los finos troncos ardían como llama viva las flores de la amapola. Sus «cajitas» eran del tamaño de la cabeza de un bebé.

— ¿Ves? ¿Ves cómo se balancean y caen las semillas de amapola? — gritaba él.

Estas semillas eran como guisantes.

Unos guisantes auténticos de muchos metros de altura subían en la mitad del embudo. Una flor de girasol de medio metro de diámetro casi no subía del suelo. Pepinos, zanahorias, patatas, fresas, frambuesas, uvas, grosellas, ciruelas, avena, trigo, remolacha, cáñamo… A duras penas los reconocía, tanto habían cambiado en sus medidas y formas.

Más de una vez me paré completamente desorientado. ¿Qué era esto?

Los terrestres enanos se habían convertido en gigantes y por el contrario, los grandes árboles leñosos de la Tierra se habían convertido en enanos. En lugares especiales, oscuros, crecían setas: unas setas enormes…

He aquí los subtrópicos y trópicos. Higueras enanas con frutos gigantes, árboles de café, de cacao, palmas y cocoteros del tamaño de una sombrilla, pero con frutos el doble de grandes que los terrestres.

En un armario vidriado vi un auténtico bosque tropical de enanos. Palmas, bananos, helechos, lianas… Sólo faltaban elefantes del tamaño de un ratón, para poderme imaginar que era Gulliver en el país de los liliputienses…

¡Que insignificantes me parecían todos mis éxitos «terrestres»!

¡Cuán fácilmente se resuelven aquí los problemas con los que yo tantos años me había partido la cabeza! Hay aquí frutas y verduras frescas durante todo el año y las fábricas que las elaboran pueden trabajar sin interrupción…

¿Es que las experiencias de la Estrella Ketz no pueden ser llevadas a la Tierra? Por ejemplo en el Pamir. En las alturas del Pamir hay menos rayos ultravioleta que en la Estrella, pero mucho más que en los lugares situados a nivel del mar. La meseta del Pamir se puede transformar en invernadero. Todos los gastos de inversión serían cubiertos plenamente. En los invernaderos podrían crearse las condiciones necesarias de atmósfera, aumentar la cantidad de anhídrido carbónico…

¿Y en los despejados cielos de los trópicos con su caluroso clima y abundancia de rayos solares…? Cuando se venza a la jungla por completo, millones de personas hallarán allí casa y alimentos.

¿Y los desiertos terrestres? Ya se lucha allí con éxito contra los arenales y la falta de agua. ¡Pero cuántos desiertos hay aún en la Tierra! Obligaremos a que nos ayude el sol, al igual que en la Estrella Ketz. El sol, que se ha tragado el agua, que ha matado con su calor a la vegetación, hará renacer la vida en los desiertos. Se convertirán en verdes jardines…

¡No, en el globo terráqueo nunca existirá el peligro de superpoblación! ¡La Humanidad puede mirar con valentía el futuro…!

— ¿Qué le pasa Artiomov, se ha quedado pasmado? — oí la exclamación de Kramer.

— Perdone, estaba soñando — respondí, estremeciéndome por la sorpresa.

Miré a mi alrededor: el cono del invernadero había cambiado de aspecto. Por las estrechas pasarelas volaban jóvenes muchachas con cestas. Sus vestidos de colores vivos y variados destacaban del fondo verde, como flores. Las jóvenes recogían los frutos. Una suave música acompañaba su trabajo.

— ¡Un cuadro mitológico! — prorrumpió en carcajadas Kramer—. ¡Muchachas estelares! ¡Un cuento de nuestros días! Muy pronto van a ser sustituidas por autómatas… Sin embargo, es hora de irnos. Aún no ha visto el laboratorio. No se encuentra en la Estrella Ketz. Allí hay ingravidez completa. Será necesario cambiar de traje y volar una larga distancia. Usted debe ya dominar el cohete portátil. ¡Sépalo: si esta vez se va, no iré detrás a buscarle!

Pero esta vez yo «disparaba» ya con más destreza y no me separaba de Kramer. A pesar de esto, la travesía celeste me causó algunas emociones. Noté que mi pierna derecha se enfriaba. ¿No habrá algún deterioro en el traje por el que penetra el frío espacial? Pero resultó que la pierna estaba a la sombra. Giré la pierna a la luz y se calentó.

Llegamos al laboratorio. Tiene forma de cilindro. En el interior estaba dividido por tabiques de vidrio. De un compartimiento a otro había que pasar a través de una cámara de «aislamiento», debido a que la presión y composición del aire en cada compartimiento eran distintos. En uno de los lados del cilindro, en toda su longitud, había ventanas, en el opuesto, plantas. Algunas de ellas estaban plantadas en recipientes de vidrio para poder observar el desarrollo de las raíces. Esto me chocó: las raíces no aman la luz. Parte de las plantas estaban en bancales, otras, en macetas puestas en fila en el aire. Y crecían ellas de extraña manera. Las ramas y hojas crecían en forma de radiación desde la maceta hacia las ventanas. En algunas, las raíces se desarrollaban «hacia arriba», y otras «hacia abajo». Pero casi todas las raíces se encontraban en la parte sombría. La falta de fuerza de gravedad había anulado la fuerza de geotropismo y aquí, por lo visto, la «dirección» del crecimiento estaba regido sólo por el heliotropismo, o sea, la fuerza que dirige las plantas hacia la fuente de luz.

— ¡Déjame! ¡Vete! ¡Te digo que te vayas! — oigo una voz femenina y la risa de Kramer.

Miro al final del laboratorio y veo a través de los cristales una joven con un vestido color lila. Está volando allí cerca del «techo» y Kramer está tras ella empujándola. La joven va de un lado a otro, se golpea en «paredes» y «techo» sin poder parar. Por lo visto tiene que ir a una mata verde oscura, pero en el mundo de la ingravidez, no es tan fácil hallar la posición necesaria.

Me acerco a ellos. Parece que la he visto en alguna parte. ¡Sí, claro, es la que vive en la habitación de Tonia! O sea, que tendré que trabajar con ella. Yo la miro de lado y arriba, ella y Kramer se ríen al ver mis absurdos movimientos. Me siento como un pez fuera del agua. Pero la joven no lo hace mejor que yo. Sólo Kramer tiene la destreza suficiente, como un pez en el agua. Él continúa girando al lado de ella, poniéndola tan pronto cabeza abajo como arriba. Ella se enfada y ríe. Luego Kramer me mira y dice:

— Conózcanse. Es Zorina.

— Ya nos conocemos — contesta ella y me saluda con la cabeza.

— ¿Ah, ya se conocen? Mucho mejor — exclama con enojo Kramer—. Bueno, vamos Artiomov. El baño está al lado. Antes y después del trabajo nos bañamos aquí.

Por estrechos pasos llegamos a un nuevo cilindro — «antebaño»— de un diámetro de cerca de cuatro metros y casi igual longitud. Allí nos desnudamos, pasamos por un agujero redondo y llegamos al «baño». Esto es un cilindro del mismo diámetro pero mucho más largo. Paredes lisas de aluminio, iluminación lateral, y ni una gota de agua. Me paro en el mismo centro del cilindro y no puedo de ninguna manera llegar a sus paredes. Estoy flotando en el aire, en el vacío. Kramer está ocupado en la entrada. Pero he aquí que ha girado una palanca, se oye un ruido, y del grifo situado en el fondo del cilindro, empieza a salir agua. El chorro de agua a presión me golpeó transformándose en gotas y bolitas. Salí despedido a un lado. Las bolitas de agua saltaban a mi alrededor, chocaban unas con otras y aumentaban de volumen.

En este mismo instante el cilindro empezó a girar sobre su eje más y más rápido. Se originó una fuerza centrífuga. Las gotas y bolitas empezaron a juntarse y sedimentarse en las paredes. Y muy pronto éstas estaban cubiertas por un metro de agua. El agua estaba en todos lados, a la derecha, a la izquierda, arriba formando techo. Sólo la parte central del cilindro estaba vacío. Sentí que empezaba a «atraerme». Después de unos segundos puse mis pies en el «fondo». Kramer estaba en la pared contraria del cilindro de cara hacia mí. Los dos nos sentíamos plenamente estables: caminábamos por el fondo, nadábamos, nos sumergíamos. Me encantó este singular baño. El peso del cuerpo era mínimo y se nadaba con facilidad.