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Desde alguna parte se oyó el ladrido de un perro. Súbitamente vi a un monstruo que volaba hacia nosotros. Movía las patas como un perro en rápida carrera, pero se acercaba despacio. Entre los delgados dedos de su garra se notaban delgadas membranas. Estas membranas le ayudaban a empujar el cuerpo adelante, repeliendo el aire. El perro era un poco mayor que un bulldog, su cuerpo estaba cubierto por pelo ralo de color castaño, la cola era larga y gruesa, la cabeza completamente pelada, corta, con la mandíbula inferior poco desarrollada, casi plana. Era algo intermedio entre hocico de perro, mono y la cara del hombre. ¡Verdaderamente tenía un aspecto horrible! El perro llegó muy cerca y me miró directamente a los ojos. Sin querer me estremecí: «Dgipsi» tenía grandes ojos castaños, completamente humanos en su mirada triste y plena de inteligencia… Meneó la cola, giró su cuerpo y se aferró con los extremos de los dedos sin uñas del borde del tabique. Luego trasladó su mirada hacia Falieev. En sus ojos había interrogación.

Falieev de pronto se turbó, como si no se tratara de un perro, sino de una persona a la cual no conociera. Estos ojos humanos en la «cara» del perro eran espantosos. Yo mismo me sentí confundido.

— Bueno, «Dgipsi» — dijo Falieev sin mirar los ojos atentos del perro—. Te presento a nuestro nuevo camarada Artiomov.

Yo suponía que Falieev se dirigía al perro en broma, como muchos amantes de los perros. Y yo hice un movimiento con la mano para acariciar la cabeza del perro. Pero, ¡cuál no sería mi asombro, cuando el perro asintió con la cabeza y me tendió su pata! Me quedé tan sorprendido, que mi brazo tendido quedó un momento en el aire. Y en lugar de acariciar a «Dgipsi» como a un vulgar perro, yo, sobreponiéndome, apreté cortésmente su tibia y pelada pata, a pesar que los apretones de mano no estaban en boga en Ketz.

— ¿Los cachorros de «Diana» han comido ya? — preguntó Falieev.

El perro meneó la cabeza negativamente.

— ¿Por qué? ¿No han traído aún los biberones?

«Dgipsi» asintió con la cabeza.

— Entonces vuela «Dgipsi», aprieta el séptimo botón. Llama a «Olia» y dale prisa.

El perro, abarcándome con una mirada, se marchó. Sentí que mi corazón latía aceleradamente.

— ¿Ha visto? — dijo Falieev en voz baja—. Lo comprende todo. Sólo que no puede contestar. Debemos entendernos por el sistema de pregunta-respuesta. Sin embargo, en el desarrollo de su cerebro ha habido un gran salto. ¡Verdaderamente, me da miedo este perro! Yo procuro estar bien con él. Parece que me ama, sin embargo, a Kramer no lo puede ver. Al verlo, lo mira enojado y se va de su lado. Él mismo, por lo visto, sufre al no poder hablar. No tengo más remedio que estudiar su lengua canina.

En la profundidad del laboratorio se oyó un ladrido entrecortado.

— Lo ve, es él quien me llama. Algo no va bien allí. ¡Vamos!

Al ladrido de «Dgipsi» se unió el chillido de un cachorro. Con rapidez, fuimos allá.

Un cachorro de patas membranosas había metido un dedo en la red y no podía sacarlo. Chillaba desesperadamente mirándonos con ojos de criatura. «Dgipsi» se afanaba a su lado, sin lograr con sus largos dedos extraer la atrapada pata del cachorro. Llegamos allí y uniendo nuestros esfuerzos lo libramos de la trampa.

Decidí «hablar» con «Dgipsi».

— ¡Dgipsi! — ¡Qué difícil es sostener la mirada de estos ojos! — . ¿Tú no sabes hablar? ¿Quieres que te enseñe?

«Dgipsi», rápido, asintió con la cabeza y me pareció ver en sus ojos una chispa de alegría. El perro vino a mi lado y lamió mi mano.

— Esto quiere decir que está muy satisfecho. Veo que serán amigos — dijo Falieev—. Bien pues, camarada Artiomov. ¿Dónde piensa trabajar? ¿En el laboratorio de fisiología de los vegetales o aquí?

— Que decida Shlikov — contesté—. Mientras, tendré que trabajar en el invernadero. ¡Adiós, camarada Falieev! ¡Adiós, «Dgipsi»!

El resto del día lo pasé en el invernadero. Kramer estaba de un humor sombrío y no hablaba conmigo. Estaba en silencio ocupado entre las matas de fresas. Cuando Zorina venía a mí con cualquier pregunta, Kramer acechaba cualquier movimiento nuestro. ¡No era fácil trabajar en aquel ambiente! Decidí pedir a Shlikov mi traslado al laboratorio de fisiología de animales.

Cuando le comuniqué mi petición, Shlikov se puso muy contento.

— He decidido aumentar la plantilla del zoolaboratorio — dijo él—. Al invernadero enviaré nuevos colaboradores que hoy llegarán de la Tierra. Y usted vaya con Falieev. No comprendo qué pasa con él. Cada día que pasa se hace más torpe y distraído. Algo le sucede.

— A mi modo de ver no es el único — repliqué.

— ¿Quién más? — preguntó Shlikov, levantándose.

— Kramer. Ésta fue la primera persona con quien trabé conocimiento en Ketz. Entonces era completamente diferente. Ahora no le reconozco. Se ha vuelto irascible, desconfiado, desequilibrado. Me parece que su psiquis no está en orden — dije.

— No lo sé… Yo le veo poco. Pero si a usted le parece así, hará falta que lo vea Meller. Para trabajar con Falieev trasladaré a la nueva colaboradora Zorina.

— ¿Zorina? — exclamé.

— ¿Y por qué no? ¿Tiene usted algo contra ella?

— Contra ella no, no tengo nada — respondí—. Pero parece que Kramer sintió hostilidad hacia mí precisamente debido a esta joven. Y si tiene que trabajar en un mismo laboratorio conmigo…

— ¡Ah, ya veo lo que pasa! — sonrió Shlikov—. En la Estrella Ketz empezaron los celos. Entonces comprendo por qué Kramer está desequilibrado. Pero a esto no hace falta darle importancia.

¿Qué podía hacer yo? Y tuve que contar a Shlikov que no era sólo lo de Zorina, que Kramer sospechaba que yo tenía la intención de robar y adjudicarme los descubrimientos del mismo Shlikov, y que sin causa se ríe… Pero Shlikov dijo que todo esto tenía su origen en los celos de Kramer. Yo decidí esperar y ver cómo se portaba Kramer en lo sucesivo.

XVIII — Un nuevo amigo

Empezó la vida de trabajo.

Trabajaba en los laboratorios con entusiasmo.

Las tardes y los días festivos nos recreábamos en el club, en el jardín, en el cine-teatro y en la sala de gimnasia. La juventud organizaba «charadas», hacía «camellos» con tres personas cubiertas con sábanas. Zorina subía al camello y paseaba en él por el corredor. En una palabra, se divertían como niños. Sin embargo, tampoco los «viejos» se quedaban atrás.

Tan sólo Kramer continuaba portándose de manera extraña. Tan pronto reía a carcajadas como un loco, como se sumergía en profundas meditaciones. No, esto no eran sólo celos. A mí me dejaba en paz, pero continuaba vigilando cada paso mío.

Trabé conocimiento con muchos e incluso gané nuevos amigos. Yo entraba más y más en el sabor de la vida «celeste» y añoraba tan sólo a Tonia.

De vez en cuando hablaba con ella por teléfono. Ella me comunicó que el de la barba negra aún flotaba en algún lugar entre Marte y Júpiter, en el aro de asteroides, pero que pronto volvería a Ketz y que ella había hecho otro «descubrimiento extraordinario».