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Mis nuevos amigos me presentaron a toda la colonia celeste. El joven ingeniero Karibaev me invitó a visitar la fábrica donde trabajaba.

— Una obra notable — decía con un poco de acento—. Todo un planeta. Un globo. ¡Un gran globo! Sólo que nosotros vivimos no en la superficie, sino en el interior. Tiene dos kilómetros de diámetro. El globo gira despacio. De este giro recibe fuerza de gravedad, una centésima de la terrestre. La débil gravedad nos ha permitido emprender las más complicadas producciones. Las leyes de la palanca, de los cuerpos líquidos y gaseosos no se complican con el peso. Los sonidos y en general las diferentes vibraciones se transmiten como en la Tierra. El barómetro, es verdad, no trabaja, pero no nos hace falta. Los relojes y balanzas son de muelles. La masa se puede determinar en la máquina centrífuga. Las fuerzas magnéticas, eléctricas y otras, actúan con más nitidez que en la Tierra. Para los procesos de las máquinas de estampar, la fuerza de gravedad no es necesaria. Los combustibles líquidos y sólidos los evitamos. Para la obtención de la energía eléctrica utilizamos el Sol con ayuda de las más diversas máquinas.

«Imagínese dos cilindros. Uno de ellos en la sombra, el otro iluminado por el Sol. El calor solar convierte en vapor el líquido encerrado en su interior. El vapor va por un tubo y hace girar una turbina. Luego el vapor llega al cilindro frío que está a la sombra y se enfría. Cuando todo el líquido del cilindro caliente pasa en forma de vapor al frío, los cilindros cambian de lugar automáticamente. Aquel que servía de refrigerador, pasa a ser caldera de vapor y viceversa. La diferencia de temperaturas entre la parte iluminada por el Sol y la sombría es enorme. La máquina trabaja automáticamente y sin fallos. Es casi una máquina de «movimiento continuo», sin contar con el desgaste de las partes en fricción.

«Otra de las instalaciones solares tiene forma de una gran esfera con un pequeño orificio. La esfera en su interior es negra. A través del pequeño orificio pasan al interior de la esfera rayos solares concentrados por un espejo y calientan la superficie interior de la misma. Este calor podemos utilizarlo como fuerza motriz y para nuestros trabajos metalúrgicos. Fácilmente recibimos un calor de seis mil grados, o sea, tanto como en la superficie del Sol. ¿Vio usted cuando volaba hacia la Luna nuestro globo-fábrica?

— Lo vi — contesté—. Parece un pequeño planeta.

— Y detrás del globo, ¿no vio un enorme cuadrado que tapa parte del cielo?

— No presté atención.

— Quizás ustedes volaran desde otro ángulo y el «cuadrado» estuviera detrás. Cuando está iluminado por el Sol se ve desde lejos, como una extraña «luna» cuadrada. Es un fotoelemento. Es una delgadísima lámina de cobre de diez mil metros cuadrados cubierta por óxido cúprico. De ella salen delgadísimos cables conductores invisibles desde lejos. Encima de ella hay una construcción aún más grandiosa parecida a un radiador de calefacción a vapor. Es una instalación termoeléctrica. Tubos de diferentes metales soldados por la mitad. Al calentar el Sol los puntos de las soldaduras se origina corriente eléctrica.

«En una palabra, tenemos energía en cantidades ilimitadas. No fue difícil crear máquinas especiales para el trabajo de los metales. No podemos, claro está, utilizar la forja, ya que los martillos allí no pesan nada. Pero pueden sustituirse por el estampado en prensas. Y por eso en nuestras fábricas no existe en absoluto el humo, el hollín y la suciedad. Limpieza, silencio y aire limpio. El transporte de grandes pesos se efectúa con gran facilidad. Nuestros captadores de meteoros acumularon miles de toneladas de hierro, cobre, plomo, estaño, iridio, platino, cromo y volframio, que «flotan» al lado de la esfera. Cuando nos hace falta material lo arrastramos a la fábrica por medio de delgados cables. Así de sencillo es nuestro «transporte interior». Algunas veces utilizamos también pequeños cohetes. Preferentemente utilizamos la «soldadura solar». Si usted se interesa por la técnica, venga sin falta a visitar nuestra fábrica… A propósito, ¿dónde estaba usted hoy a las doce de la mañana según nuestro tiempo?

— Creo que en el laboratorio, o en el invernadero.

— ¿No oyó la alarma?

— No.

— Entonces, es que estaba en el laboratorio, alejado de Ketz. De otro modo la hubiera oído. La sirena silbaba furiosamente. Yo, en aquel momento, me encontraba con Parjomenko. ¡Si hubiera visto qué revuelo se armó en la Estrella!

— ¿Y qué había provocado la alarma?

— Un rarísimo acontecimiento, el primero en la historia de la Estrella. Un pequeño meteoro, quizás más pequeño que un grano de arena, traspasó de parte a parte nuestra Estrella, agujereando en su paso las hojas de las plantas y el hombro de una de las colaboradoras. El meteoro era insignificante. Esto es lo que parece, ya que la brecha que ha abierto en la envoltura de Ketz, se ha soldado ella misma después de fundirse primero por el impacto. Pero Goreva, que le ha traspasado el vestido y el hombro, dijo que vio como una chispa y un chasquido como de un relámpago. Inmediatamente se dio la alarma. Pues el meteoro podía haber perforado una gran brecha, el gas habría salido y el frío del Universo penetraría en la Estrella. He aquí por qué nuestro satélite está dividido en compartimientos cerrados. Las puertas se cierran instantáneamente y se evita el escape de la atmósfera. Al compartimiento donde existe la avería, son enviados especialistas que para estos casos van provistos de escafandras. Goreva tuvo tiempo de salir de su habitación antes que se cerraran las puertas automáticamente. En todo caso, también existen llaves para cuando no se ha tenido tiempo de salir y poder abrir las puertas. A pesar del sobresalto, todos han respondido con gran disciplina y serenidad. Meller examinó la lesión de Goreva, manifestando que nunca había visto una herida tan «esterilizada». Claro que no sé si se puede llamar herida a un agujero un poco mayor que el pinchazo de una aguja. No ha sido necesario ni vendarla. Pero le estoy cansando — dijo el ingeniero mirando su reloj—. ¡Sí que le espero!

Le prometí que sin falta iría a visitar la fábrica. Aunque esta promesa no había de poder cumplirla. Me ocuparon otros sucesos.

Casi se puede decir que me fui a vivir en el zoolaboratorio, pues muchas veces no iba a comer a Ketz: el tener que vestirme con la escafandra, y la cámara atmosférica, me quitaban demasiado tiempo y yo aprovechaba cada minuto. Pues un solo minuto en este laboratorio daba más que horas enteras en la Tierra: tan rápidos transcurrían aquí durante los experimentos los diferentes procesos biológicos. La mutación de las moscas drosófilas se operaba literalmente ante mis ojos. Yo me admiraba de la diversidad de nuevas y nuevas variedades. Estaba absorbido por completo en el estudio de las leyes que dirigían todas estas variaciones. El comprenderlas suponía tener una nueva arma para dirigir a voluntad el desarrollo de los animales. Estudié los núcleos de las células y los cromosomas en ellos encontrados — portadores de los signos de herencia— y también los conjuntos de cromosomas o completos. Después de esto ya podía recibir generaciones de moscas drosófilas de cualquier género y tamaño.

¡Qué perspectivas para el desarrollo de la ganadería en la Tierra! Claro, allí no hay rayos cósmicos de tal intensidad. Pero ya se han descubierto métodos artificiales para la obtención de rayos cósmicos. Allí resulta aún muy caro, pero los experimentos se pueden realizar aquí y los resultados transmitirlos. Y entonces en la Tierra van a someter a los animales a una radiación artificial en cámaras especiales, ya seguros de obtener los resultados apetecidos. En los rebaños se van a obtener tantos toros y vacas como nos sean necesarios, y no los que quiere la naturaleza. Podremos obtener animales gigantes. La vaca «elefante» dará cada día decenas de cubos de leche. ¿No es eso una tarea seductora?