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— Pero bueno. ¿Por qué no mandaste tus apuntes?

— Primero: era tan feliz, que me olvidé de todo el mundo. Segundo: me sentía culpable ante ti. Después de mi inesperada partida, estuve dos veces en Leningrado. Y una de las veces te vi con el camarada Artiomov. Oí cómo nombrabas su apellido. Pero en seguida comprendí vuestra relación. En aquel tiempo ya trabajaba en el sistema Ketz, el nuevo trabajo me tenía cautivado por completo. Vivía sólo para los «intereses celestes». Hacia nuestro trabajo contigo, sinceramente, había perdido todo el interés. Yo recordaba que nuestros apuntes comunes tenía que devolvértelos… Y he aquí que encuentro al camarada Artiomov. Y hay que decir que esto sucedió en momentos muy especiales. Una hora antes de partir de Leningrado recibimos un telegrama en el que nos comunicaban que debíamos comprar unos aparatos de nueva producción. Con mis camaradas nos repartimos las compras, acordando encontrarnos en la esquina de la calle Tres de Julio y la Avenida Veinticinco de Octubre. Por esto partí tan aprisa que no tuve tiempo de comunicar mi dirección. Sólo pude gritar: «¡Pamir, Ketz!» Y llegué al Pamir y empecé a dar vueltas. Luego volé a la Estrella Ketz, de aquí a un viaje interplanetario… He aquí todo el cuento. ¡Perdón, perdón por todo!

— Pero, ¿dónde están por fin estos apuntes? — exclamó Tonia.

— No me tires de la silla, por favor, no sea que me caiga y me parta en pedazos — reía Paley—. ¡Ay, ay! No era necesario que fueras al cielo para tenerlos. Quedaron en Leningrado, en una casa casi al lado de la tuya, en casa de mi hermana.

— ¡Y tú no pudiste escribirme eso! — dijo Tonia en tono de reproche.

— Culpable, mil veces culpable, toma… — dijo Paley-Evgenev, balando y acercando su cabeza de negro pelo hacia Tonia.

Ella puso los dedos en su espesa cabellera y, sonriendo, la agitó.

— ¡Habría que pegarte por esto, pillo, y no proponerte para un premio!

— Hay para castigarme, pero hay también de qué premiarme — replicó bromeando Paley.

Tonia de pronto se volvió hacia mí y exclamó:

— ¿Bien, volvemos a la Tierra, Lenia?

«¿Volvemos a la Tierra, Lenia?» ¡Cómo me habrían regocijado estas palabras algunos meses atrás! Ahora sólo me alegraba la palabra «Lenia». Por lo que se refiere a la vuelta a la Tierra, esto…

— Hablaremos de esto aún. No podemos así, tan de prisa. Tú y yo tenemos trabajos aún no terminados — contesté.

— ¿Cómo? — se extrañó ella—. ¿Ahora no quieres volar a la Tierra conmigo?

— Quiero, Tonia. Pero estoy en vísperas de un grandioso descubrimiento biológico. Y este trabajo sólo se puede terminar aquí. Además, lo primero es lo primero.

Tonia me miró, como si fuera la primera vez que me viera.

— Parece que has madurado en Ketz — dijo ella, no sé si en tono de burla o de aprobación—. Esta entereza de carácter aún no la había notado en ti. Bueno, así aún me gustas más. Haz lo que quieras. Pero yo no puedo quedarme. He terminado mis trabajos, como se dice, incluso he sobrepasado mi plan y no pienso empezar de nuevo. Me hace falta terminar aquel que empecé hace mucho con Paley.

— Sí. Nina — la alentó Paley—. A propósito, parece que tú eres Tonia, al igual que yo Evgenev. ¡Todo cambia! Tú debes terminar este trabajo. No se puede dejar este problema a la mitad…

— ¿Y quién lo dejó? — exclamó Tonia—. ¡Bien, basta de cuentos! Vamos a divertirnos. ¡Esta es mi última noche en la Estrella!

XXI — Al fin yo afirmo mi carácter

Al día siguiente estaba yo en mi laboratorio y trabajaba junto a Zorina. Trabajábamos ya con trajes especiales que nos preservaban de los rayos cósmicos. Encima de nosotros había además una especie de techo aislante. Sólo en donde estaban los animales en experimentación se recibía la lluvia de radiaciones.

Zorina me comunicó que Falieev se reponía. Su cuerpo y cara tomaban el aspecto normal. El estado psíquico también mejoraba. Pero Kramer estaba aún mal, a pesar que Meller tenía fe en curarle.

La puerta del laboratorio se abrió. Inesperadamente se presentó Tonia.

— ¡Me voy, Lenia! — dijo ella—. He venido a despedirme y hablar contigo antes de partir.

Zorina, para no estorbar, se fue al otro extremo del laboratorio. Tonia miró en pos de ella y dijo en voz baja:

— ¡Lástima que no vengas conmigo!

— Bueno, nuestra separación no será larga — dije.

En ese momento se acercó a nosotros «Dgipsi».

— ¿Tonia, recuerdas lo que te conté sobre la acción de los rayos cósmicos? Pues mira lo que han hecho con «Dgipsi».

— ¡Qué fantástico monstruo…! — exclamó Tonia.

El perro sonrió y meneó la cola.

— Veo que es peligrosa tu estancia aquí — dijo Tonia—. No sea que vuelvas a mí convertido en un monstruo así.

— No te preocupes. Estoy bien protegido por estos vestidos y por las capas aislantes. Ellos protegen mi cuerpo, mi cerebro…, ¡y mi amor hacia ti!

Tonia me miró incrédula.

— ¡Procede como creas necesario! — dijo ella y, despidiéndose cordialmente de mí, se marchó.

— ¡Ah, «Dgipsi», quedamos los dos sin compañía! — exclamé.

Dgipsi lamió mi mano.

XXII — Tierra y estrellas

Primavera. Las ventanas abiertas. El viento vespertino huele a abedul tierno. Terminé la página del manuscrito y miré por la ventana. Como si estuviera enfilada en la aguja del edificio del Almirantazgo, se ve la Luna llena. Se oyen los sonidos de un violín a través del receptor de radio. Todo igual que entonces, muchos años atrás… Pero ahora yo miro a la Luna con otros ojos. Esto ya no es el lejano e inaccesible satélite de la Tierra. En su superficie quedaron huellas de mis pies. Ellas ahora serán tan frescas como si acabara de pasar por ellas, por aquel suelo cubierto de cenizas y polvo cósmico milenarios.

Algunas veces me parece todo un sueño…

Al lado de mi gabinete está el de Tonia. Ella, al igual que yo, tiene ya título académico.

Desde el comedor llega hasta mí el canturreo de nuestro hijo.

En la alfombra cerca de mi sillón está tumbado mi perro preferido, un negro perro de aguas llamado «Dgipsi». Lo llamé así en recuerdo de aquel otro «Dgipsi» que dejé en la Estrella. ¡Cuán conmovedora fue nuestra separación!

Yo no he roto los lazos con mis amigos de Ketz. Todos están vivos y con buena salud. Zorina se ha casado con el director Parjomenko. Kramer, que ya sanó, lo tomó tal como corresponde a una persona normal, no con mucha alegría, pero sin hacer de esto un drama. Paley-Evgenev trabaja como ingeniero jefe, constructor y «probador» de cohetes. Tiurin prepara un viaje fuera de los límites del Sistema Solar. Él se niega categóricamente a envejecer.

Hace un mes que terminé un voluminoso libro: «Experimentos biológicos en la Estrella Ketz». Como material para esta obra, utilicé los trabajos de Shlikov, Kramer y míos. Ha resultado un libro interesantísimo. Está ya preparada su edición. Terminado este libro, quise de nuevo revivir todas las aventuras relacionadas con mi singular matrimonio. Y he aquí que ya termino este libro.

…Mi hijo está cantando la «Marcha de la Estrella Ketz». ¡Cuántas veces le he contado mis extraordinarias aventuras! Ahora sólo sueña en cómo volará hacia la Estrella cuando sea un hombre. Y él, seguramente, será uno de los habitantes de las estrellas.

FIN