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Se dirigió automáticamente a la trattoria San Calogero. El propietario le colocó delante unos entremeses de marisco y, de repente, el comisario sintió una especie de tenazas que le cerraban la boca del estómago. Comer le resultaba imposible; es más, la contemplación de los chipirones, los pulpitos y las almejas le daba náuseas. Se levantó de golpe.

Calogero, el camarero y propietario, se le acercó, alarmado.

– Dottore, ¿qué ocurre?

– Nada, Calò, se me han pasado las ganas de comer.

– No les haga un desprecio a estos entremeses, ¡todo es fresquísimo!

– Lo sé. Y les pido perdón.

– ¿No se encuentra bien?

Se le ocurrió una excusa.

– Pues no sé qué decirte; siento escalofríos, a lo mejor estoy a punto de pillar la gripe.

Salió, esta vez sabiendo muy bien adónde tenía que ir: al pie del faro, a sentarse en aquella roca plana que se había convertido en algo así como la roca del llanto. Se había sentado en ella también la víspera, cuando se le había metido en la cabeza aquel compañero suyo del 68, ¿cómo se llamaba?, ya ni se acordaba. La roca del llanto. Y allí había llorado en serio, un llanto liberador, cuando se enteró de que su padre se estaba muriendo. Ahora regresaba a aquel lugar por culpa del anuncio de un final, por el que no derramaría lágrimas, pero que le dolía profundamente. Un final, sí, no exageraba. No importaba que Mimì hubiera retirado la solicitud de traslado, el caso era que la había presentado.

Bonetti-Alderighi era un imbécil notorio, y lo había confirmado con toda brillantez definiendo su comisaría como «una camarilla de mafiosos», cuando, en realidad, era un equipo unido y compacto, un mecanismo bien engrasado, en el que cada ruedecita tenía su función y su, ¿por qué no?, personalidad. Y la correa de transmisión que hacía funcionar el engranaje era precisamente Mimì Augello. La cuestión se tenía que ver como lo que era: una resquebrajadura, el principio de una ruptura. De un final, justamente. ¿Cuánto podría resistir Mimì? ¿Otros dos meses? ¿Tres? Después cedería a la insistencia, a las lágrimas de Rebeca, no, de Rachele, y si te he visto, no me acuerdo.

– ¿Y yo? ¿Yo qué hago? -se preguntó.

Una de las razones por las que temía el ascenso y el inevitable traslado era la certeza de que, en otro lugar, jamás podría volver a formar un equipo como el que había conseguido milagrosamente reunir en Vigàta. Pero, mientras lo pensaba, comprendió que ésta tampoco era la verdad acerca de lo que estaba ocurriendo, acerca del sufrimiento («qué caray, al final has conseguido decir la palabra apropiada, ¿qué pasa, te daba vergüenza?, repite la palabra, hombre»), del sufrimiento que estaba experimentando. Quería a Mimì, lo consideraba, más que un amigo, un hermano pequeño, de ahí que su abandono anunciado lo hubiera golpeado en medio del pecho con toda la fuerza de un disparo de revólver. Le había pasado un instante por la cabeza la palabra «traición». Y Mimì había tenido el valor de sincerarse con Livia, ¡en la absoluta seguridad de que ésta, a él, nada menos que su hombre, por Dios bendito, no le diría nada! Y también le había hablado de la posible solicitud de traslado, y ella ni siquiera eso le había comentado, ¡cómplice en todo de su amigo Mimì! ¡Menuda pareja!

Comprendió que el sufrimiento se estaba transformando en una furia insensata y estúpida. Se avergonzó: lo que en aquellos momentos estaba pensando no era propio de él.

Filippo Tortorici se presentó a las tres y cuarto, con la respiración ligeramente entrecortada. Era un escuchimizado hombrecillo de cincuenta y tantos años, con un mechoncito de cabello justo en el centro de la cabeza totalmente pelada. Igual que la de un pájaro que Montalbano había visto en un documental sobre la Amazonia.

– ¿De qué me quiere hablar usía? Mi jefe, el señor Malaspina, me ha ordenado venir a verlo enseguida, pero no me ha dado ninguna explicación.

– ¿Fue usted quien hizo el viaje Vigàta-Tindari el domingo pasado?

– Sí, señor, yo fui. Cuando la empresa organiza estas excursiones, siempre me llama a mí. Los clientes me aprecian, y le piden al jefe que conduzca yo. Se fían de mí porque soy tranquilo y paciente por naturaleza. Hay que comprenderlos, son todos viejecitos con muchas necesidades.

– ¿Hace usted a menudo estos viajes?

– Cuando hace buen tiempo, por lo menos una vez cada quince días. A veces a Tindari, a veces a Erice, a veces a Siracusa, a veces…

– ¿Los pasajeros son siempre los mismos?

– Aproximadamente unos diez, sí. Los demás cambian.

– Que usted sepa, ¿los señores Alfonso y Margherita Griffo estaban en la excursión del domingo?

– ¡Desde luego que estaban! ¡Yo tengo muy buena memoria! Pero ¿por qué me hace esta pregunta?

– ¿No lo sabe? Han desaparecido.

– ¡Virgen santísima! ¿Qué quiere decir «desaparecido»?

– Pues que, después del viaje, ya no los han vuelto a ver. Hasta la televisión dijo que el hijo estaba desesperado.

– No lo sabía, se lo aseguro.

– Oiga, ¿usted conocía a los Griffo antes de la excursión?

– No, señor, jamás los había visto.

– Entonces ¿cómo puede decir que los Griffo estaban en el autocar?

– Porque el jefe, antes de salir, me entrega la lista, y yo, antes de salir, paso lista.

– ¿Y lo hace también a la vuelta?

– ¡Pues claro! Y los Griffo estaban.

– Cuénteme cómo se desarrollan estos viajes.

– En general, salimos a las siete de la mañana, pero depende de las horas que se tarde en llegar a destino. Los viajeros son todos personas de edad, jubilados, gente de este tipo. Hacen el viaje no para ir a ver, qué sé yo, la Virgen negra de Tindari, sino para pasar un día en compañía. ¿Me explico? Son ancianos, viejos que no tienen amigos, con hijos ya mayores que viven lejos… Durante el viaje siempre hay alguien que los entretiene vendiendo cosas, qué sé yo, artículos para el hogar, colchas… Siempre se llega a tiempo para la misa del mediodía. Van a comer a un restaurante con el que el jefe ha concertado un acuerdo. El almuerzo está incluido en el billete. ¿Y sabe qué ocurre al terminar de comer?

– No lo sé, dígamelo usted.

– Vuelven al autocar para echar una siesta. Cuando se despiertan, se van a pasear por el pueblo, compran regalitos, recuerdos. A las seis, es decir, a las dieciocho, paso lista y nos vamos. A las ocho está prevista una parada en un bar situado a medio camino para tomar un café con leche con galletas, todo eso también incluido en el precio. Tendríamos que llegar a Vigàta a las diez de la noche.

– ¿Por qué ha dicho que tendrían?

– Siempre acabamos llegando más tarde.

– ¿Y eso?

– Señor comisario, ya se lo he dicho: los pasajeros son todos viejecitos.

– ¿Y qué?

– Si un pasajero o una pasajera me pide que pare en el primer bar o la primera gasolinera porque se le está escapando una necesidad, ¿qué quiere que haga, que no me pare? Me paro.

– Comprendo. ¿Y usted recuerda si, durante el viaje de vuelta del domingo pasado, alguien le pidió que parara?

– ¡Comisario, me hicieron llegar casi a las once! ¡Tres veces! ¡Y la última vez, cuando faltaba menos de media hora para llegar a Vigàta! Tanto es así que les pregunté si se podían aguantar, pues ya estábamos a punto de llegar. Nada, no hubo manera. ¿Y sabe lo que ocurre? Que, si baja uno, bajan todos, a todos les entran ganas, y de esta manera se pierde un montón de tiempo.

– ¿Usted recuerda quién le pidió que hiciera la última parada?

– No, señor, sinceramente no lo recuerdo.

– ¿Ocurrió algo especial, algo curioso o insólito?

– ¿Qué quiere usted que ocurriera? Si ocurrió, no me di cuenta.