Catarella, a quien Fazio había encomendado el mantenimiento del orden público, tuvo la desdichada idea de gritar:
– ¡Ha llegado personalmente el señor comisario en persona!
En un abrir y cerrar de ojos, el jardín de infancia se transformó inexplicablemente en un campo de batalla. Entre empujones y zancadillas, agarrándose los unos a los otros por el brazo o la chaqueta, todos asaltaron al comisario en su afán de llegar los primeros. Y, en el transcurso de la refriega, hablaban y vociferaban, ensordeciendo a Montalbano con una algarabía totalmente incomprensible.
– Pero ¿qué ocurre? -preguntó en tono marcial.
Se produjo una relativa calma.
– ¡Por favor, nada de favoritismos! -dijo uno de los presentes, un medio enano, situándose bajo su nariz-. ¡Que las llamadas se hagan por orden estrictamente alfabético!
– ¡De eso nada! ¡Las llamadas tienen que hacerse por orden de ancianidad! -proclamó, enojado, un segundo.
– ¿Cómo se llama usted? -le preguntó el comisario al medio enano que había conseguido hablar en primer lugar.
– Me llamo Luigi Abate -contestó, mirando a su alrededor, como desafiando a que alguien lo negara.
Montalbano se felicitó a sí mismo por haber ganado la apuesta. Había pensado que el medio enano, defensor de la llamada por orden alfabético, debía de apellidarse Abate o Abete, dado que en Sicilia no abundaban los apellidos como el de Alvar Aalto.
– ¿Y usted?
– Arturo Zotta. ¡Y soy el más viejo de todos los presentes!
Tampoco se había equivocado acerca del segundo.
Tras haber superado venturosamente la marea de aquellas diez personas que parecían cien, el comisario se encerró en su despacho con Fazio y Galluzzo, y dejó a Catarella de guardia para reprimir ulteriores tumultos seniles.
– Pero ¿cómo es posible que estén ya todos aquí?
– Señor comisario, si de veras lo quiere saber, a las ocho de la mañana ya se habían presentado cuatro de los convocados, dos maridos con sus mujeres. ¿Qué quiere usted?, son viejos, padecen insomnio y la curiosidad los está devorando vivos. Piense que allí hay un matrimonio que hubiera tenido que venir a las diez -explicó Fazio.
– Bueno, vamos a ponernos de acuerdo. Sois libres de hacer las preguntas que consideréis más oportunas. Pero hay algunas que son indispensables. Tomad nota. Primera pregunta: ¿conocía a los señores Griffo antes de aquella excursión? Si contestan que sí, dónde, cómo y cuándo. Si alguien dice que conocía a los Griffo de antes, no dejéis que se vaya porque quiero hablar con él. Segunda pregunta: ¿dónde estaban sentados los Griffo en el interior del autocar, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta? Tercera pregunta: durante la excursión, ¿los Griffo hablaron con alguien? En caso afirmativo, ¿de qué? Cuarta pregunta: ¿puede decirme qué hicieron los Griffo en el transcurso del día que pasaron en Tindari? ¿Se reunieron con alguna persona? ¿Fueron a alguna casa particular? Cualquier noticia a este respecto es fundamental. Quinta pregunta: ¿sabe si los Griffo bajaron del autocar en una de las tres paradas extra que se efectuaron durante el viaje de vuelta a petición de los pasajeros? En caso afirmativo, ¿en cuál de las tres? ¿Los vio volver a subir? Sexta y última pregunta: ¿los vio cuando el autocar llegó a Vigàta?
Fazio y Galluzzo se miraron.
– Creo comprender que usted piensa que a los Griffo les ocurrió algo durante el viaje de vuelta -dijo Fazio.
– Es sólo una hipótesis sobre la cual tenemos que trabajar. Si alguien nos dice que los vio bajar tranquilamente en Vigàta y regresar a su casa, tendremos que irnos con la hipótesis al carajo y empezar otra vez por el principio. Os pido encarecidamente otra cosa: procurad no cometer ningún error; si les damos cancha a estos viejecitos, estamos jodidos, son capaces de contarnos toda la historia de su vida. Otra recomendación: interrogad a los matrimonios por separado, el uno al marido y el otro a la mujer.
– ¿Por qué? -preguntó Galluzzo.
– Porque se condicionarían el uno al otro, incluso de buena fe. Cada uno de vosotros se encargará de tres; y yo, de los demás. Si lo hacéis como os he dicho y la Virgen nos acompaña, conseguiremos quitarnos rápidamente el problema de encima.
Ya desde el primer interrogatorio el comisario comprendió que casi con toda certeza se había equivocado en sus previsiones y cada diálogo podía deslizarse muy fácilmente hacia el absurdo.
– Nos hemos conocido hace poco. Usted me parece que se llama Arturo Zotta, ¿verdad?
– Por supuesto que es verdad. Arturo Zotta, hijo del difunto Giovanni. Mi padre tenía un primo que era estañador. Y a menudo lo confundían con él. En cambio, mi padre…
– Señor Zotta, yo…
– Le quería decir también que estoy muy satisfecho.
– ¿Por qué?
– Porque ha hecho usted lo que yole he dicho que hiciera.
– ¿Qué quiere decir?
– Que empezara por orden de ancianidad. El más viejo de todos soy yo. Cumplo setenta y siete años dentro de dos meses y cinco días. Hay que respetar a los mayores. Eso se lo digo y repito a mis nietos, que son unos descastados. La falta de respeto está jodiendo todo el universo creado. Usted ni siquiera había nacido en tiempos de Mussolini. ¡En tiempos de Mussolini sí que había respeto! Y si tú faltabas al respeto, zas, te cortaban la cabeza. Recuerdo que…
– Señor Zotta, la verdad es que hemos decidido no seguir ningún orden ni alfabético ni…
El viejo soltó una risita toda en íes.
– ¿Cómo podías dudarlo? ¡Hubieras podido poner la mano en el fuego! Aquí dentro, en lo que debería ser la casa madre del orden, ¡les importa una mierda! ¡Todo se hace a la buena de Dios! ¡A lo que salga! ¡Van a su aire! Pero digo yo: ¿es que no hay manera? Y después nos quejamos de que los chavales se drogan, roban, matan…
Montalbano se maldijo en su fuero interno. ¿Cómo era posible que hubiera caído en la trampa de aquel viejo verborreico? Tenía que detener el alud inmediatamente. De lo contrario, sería inevitablemente arrollado.
– Señor Zotta, por favor, no nos desviemos de la cuestión.
– ¿Cómo?
– ¡No divaguemos!
– ¿Quién está divagando? ¿Usted cree que yo me levanto a las seis de la mañana para venir aquí a divagar? ¿Usted cree que no tengo otra cosa mejor que hacer? Es cierto que estoy jubilado, pero…
– ¿Usted conocíaa los Griffo?
– ¿A los Griffo? Antes de la excursión, no los había visto en mi vida. Y después de la excursión, tampoco puedo decir que los conocí. El nombre, eso sí. Lo oí cuando el conductor pasó lista antes de salir y ellos contestaron «presente». No nos saludamos ni nos hablamos. Ni pío. Se mantenían distantes y apartados. Y mire, señor comisario, estos viajes son bonitos cuando reina el compañerismo. Bromeamos, nos reímos, cantamos canciones. En cambio, cuando…
– ¿Está seguro de que no conocía a los Griffo?
– ¿De dónde?
– Qué sé yo, del mercado, del estanco.
– La compra la hace mi mujer y yo no fumo. Pero…
– Pero ¿qué?
– Conocía a uno que se llamaba Pietro Giffo. Igual era un pariente suyo, le faltaba sólo la erre. Este Giffo era viajante de comercio, era un tipo muy divertido. Una vez…
– ¿Tuvo, por casualidad, ocasión de conocer a los Griffo durante el día que pasaron en Tindari?