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– Mi mujer y yojamás nos quedamos con el grupo cuando llegamos al sitio adonde vamos. ¿Que llegamos a Palermo? Pues allí tengo un cuñado. ¿Que bajamos en Erice? Allí tengo un primo. Me reciben con cariño, me invitan a comer. ¡Y en Tindari ya no digamos! Tengo un sobrino, Filippo, que fue a recibirnos al autocar y nos llevó a su casa; su mujer nos había preparado una torta de primero y de segundo una…

– Cuando el chófer pasó lista antes de emprender el viaje de vuelta, ¿los Griffo contestaron?

– Sí, señor, los oí contestar.

– ¿Observó si bajaron en alguna de las tres paradas extra que hizo el autocar durante el viaje de vuelta?

– Comisario, le estaba contando lo que mi sobrino Filippo nos dio para comer. ¡Ni siquiera nos podíamos levantar de la silla de lo mucho que nos pesaba la tripa! Durante el viaje de vuelta, en la parada prevista para el café con leche y las galletas, yo ni siquiera quería bajar. Pero mi mujer me recordó que estaba incluido en el precio y que, de todas maneras, ya no nos podíamos ahorrar ese dinero. Y entonces bajé y me tomé sólo un poquito de leche con dos galletas. Y enseguida me entró sueño. Me ocurre siempre después de comer. En resumen, que me amodorré. ¡Y menos mal que no había querido tomar café! Porque tiene usted que saber, señor mío, que el café…

– … no le deja pegar ojo. Cuando llegaron a Vigàta, ¿vio bajar a los Griffo?

– ¡Mi estimado señor, con la hora que era y lo oscuro que estaba, ni siquiera sabía si mi mujer había bajado!

– ¿Recuerda dónde estaban sentados?

– Recuerdo muy bien dónde estábamos sentados mi señora y yo: justo en el centro del autocar. Delante iban los Bufalotta; detrás, los Raccuglia, y al otro lado, los Persico. Todos, gente que conocíamos; era el quinto viaje que hacíamos juntos. Los Bufalotta, pobrecillos, necesitan distraerse. Su hijo mayor, Pippino, se les murió mientras…

– ¿Recuerda dónde estaban sentados los Griffo?

– Me parece que en la última fila.

– ¿La que tiene cinco asientos el uno al lado del otro y sin brazos?

– Me parece que sí.

– Muy bien, eso es todo, señor Zotta; ya puede irse.

– ¿Qué quiere decir?

– Quiere decir que ya hemos terminado y puede volver a su casa.

– Pero ¿cómo? ¿Qué maneras son ésas? ¿Por una bobada así molestan a un viejo de setenta y siete años y a su señora de setenta y cinco? ¡A las seis de la mañana nos hemos levantado! ¿Le parece que es manera?

Cuando se fue el último viejecito, casi a la una, la comisaría parecía el escenario de una multitudinaria merienda campestre. Cierto que en la comisaría no había hierba, pero hoy por hoy, ¿dónde se puede encontrar hierba? Y la que consigue resistir en los alrededores del pueblo, ¿qué clase de hierba es? Cuatro débiles briznas amarillentas donde, si uno mete la mano, tiene un noventa por ciento de posibilidades de pincharse con una jeringuilla escondida.

En medio de todas estas agradables reflexiones y del mal humor que se estaba apoderando de nuevo de él, el comisario se dio cuenta de que Catarella, encargado de la limpieza, se había quedado súbitamente petrificado con la escoba en una mano y algo que no se veía muy bien lo que era en la otra.

– ¡Mire! ¡Mire! ¡Mire! -murmuraba Catarella estupefacto, contemplando lo que había recogido del suelo.

– ¿Qué es?

De repente, el rostro de Catarella se convirtió en una llamarada.

– ¡Un preservativo, dottori!

– ¿Usado? -preguntó el comisario con asombro.

– No, señor, aún está envuelto en su papel.

En efecto, ésa era la única diferencia con los restos de una auténtica merienda campestre. Por lo demás, la misma desoladora suciedad: pañuelitos de papel, colillas, latas de Coca-Cola, de cerveza, de naranjada, botellas de agua mineral, trozos de pan y de galletas, y hasta un cucurucho de helado que se estaba derritiendo lentamente en un rincón.

* * *

Tal como Montalbano suponía, y sin duda ésta era una de las causas, si no la principal, de su mal humor, después de una primera comparación entre las respuestas obtenidas por él, Fazio y Galluzzo, resultó que sabían exactamente lo mismo que antes acerca de los Griffo.

El autocar tenía, sin contar el del conductor, cincuenta y tres asientos. Cuarenta participantes en la excursión se habían agrupado en la parte delantera, veinte a un lado y veinte al otro, con el pasillo de por medio. En cambio, los Griffo se habían sentado, tanto a la ida como a la vuelta, en dos de los asientos de la fila del fondo, y a su espalda quedaba sólo la gran luneta trasera del vehículo. No le habían dirigido la palabra a nadie y nadie les había dirigido la palabra. Fazio comentó al comisario que uno de los pasajeros le había dicho: «¿Sabe una cosa? Al poco rato, nos olvidamos de ellos. Era como si no viajaran con nosotros en el mismo autocar.»

– En fin -dijo de repente el comisario-, falta todavía la declaración de aquel matrimonio cuya esposa está enferma. Scimè, creo que se llama.

Fazio esbozó una sonrisita.

– ¿Y usted cree que la señora Scimè hubiera permitido que el destino la excluyera? ¿Sus amigas sí y ella no? Se ha presentado en compañía del marido a pesar de que apenas se sostenía en pie. Tenía treinta y nueve de fiebre. Yo he hablado con ella y Galluzzo con el marido. Nada, la señora se hubiera podido ahorrar la paliza.

Se miraron desconsolados.

– «La noche perdida y una hembra» -comentó Galluzzo, citando la frase proverbial de un marido que, tras haberse pasado toda la noche atendiendo a su esposa parturienta, había visto nacer una niña en lugar del ansiado varón.

– ¿Vamos a comer? -preguntó Fazio, levantándose.

– Id vosotros. Yo me quedo un poco todavía. ¿Quién está de guardia?

– Gallo.

* * *

Una vez solo, empezó a examinar el dibujo que había hecho Fazio de la planta del autocar. Un pequeño rectángulo aislado en la parte superior enmarcaba la palabra «conductor». Seguían doce hileras de cuatro pequeños rectángulos con los nombres de los ocupantes escritos en el interior de los que habían sido usados.

Mientras estudiaba la planta, el comisario se dio cuenta de la tentación en la que Fazio se había negado a caer: la de dibujar grandes rectángulos con todos los detalles de los ocupantes: nombre, apellido, padre, madre… En los cinco asientos de la última fila, Fazio había escrito Griffo de tal manera que las letras del apellido ocuparan los cinco rectángulos: estaba claro que no había conseguido averiguar cuáles de los cinco asientos habían ocupado los desaparecidos.

Montalbano empezó a imaginarse el viaje. Después de los primeros saludos, unos cuantos minutos de inevitable silencio para acomodarse mejor, quitarse las bufandas, los gorros, los sombreros, cerciorarse de que en el bolso o el bolsillo estaban las gafas, las llaves de casa… Después, las primeras señales de alegría, las primeras conversaciones en voz alta, frases que se entremezclaban… Y el conductor que pregunta: «¿Quieren que encienda la radio?» Un coro de noes… Y quizá, de vez en cuando, un pasajero o una pasajera que miraba hacia el fondo, hacia la última fila, donde estaban los Griffo, el uno al lado del otro, inmóviles y aparentemente sordos, pues los ocho asientos vacíos que se interponían entre ellos y los demás pasajeros formaban una especie de barrera contra los sonidos, las palabras, los ruidos y las carcajadas.

Fue justo en aquel momento cuando Montalbano se dio un manotazo en la frente. ¡Se había olvidado! El conductor le había revelado un detalle muy concreto y a él se le había borrado totalmente de la memoria.

– ¡Gallo!

Más que un nombre le brotó de la garganta un grito ahogado. Se abrió la puerta de par en par y apareció Gallo, asustado.