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– ¿Qué ocurre, señor comisario?

– Llama urgentemente a la empresa del autocar, que no recuerdo cómo se llama. Si hay alguien, pásamelo enseguida.

Tuvo suerte. Contestó el contable.

– Necesito una información. En el viaje a Tindari del domingo pasado, aparte el conductor y los pasajeros, ¿había alguien más a bordo del vehículo?

– Desde luego. Verá, señor comisario, nuestra empresa concede a los representantes de fábricas de artículos para el hogar, detergentes, objetos de decoración…

Lo había dicho con el tono de un rey que otorga una gracia…

– ¿Cuánto les pagan a ustedes por eso? -preguntó Montalbano, comportándose como un súbdito irreverente.

El regio tono de su interlocutor se transformó en una especie de penoso tartamudeo.

– Tie… tie… ne que c… comprender que el por… porcentaje…

– No me interesa. Quiero el nombre del representante que había en aquel viaje y su número de teléfono.

– ¿Oiga? ¿Casa Dileo? Soy el comisario Montalbano. Quisiera hablar con la señora o señorita Beatrice.

– Soy yo, señor comisario. Señorita. Y ya me estaba preguntando cuándo se decidiría a interrogarme. Si no lo hubiera hecho hoy mismo, habría ido yoa la comisaría.

– ¿Ha terminado de comer?

– Aún no he empezado. Acabo de regresar de Palermo; he hecho un examen en la universidad y, puesto que vivo sola, ahora me tendría que poner a guisar. Pero la verdad es que no me apetece demasiado.

– ¿Quiere almorzar conmigo?

– ¿Por qué no?

– Nos vemos dentro de media hora en la trattoria San Calogero.

Los ocho hombres y las cuatro mujeres que en aquel momento estaban comiendo en la trattoria se quedaron en suspenso, algunos antes y otros después, con el tenedor en la mano mientras contemplaban a la muchacha que acababa de entrar. Una auténtica belleza, alta, rubia, esbelta, de larga melena suelta y ojos azules. Una de esas que se ven en las portadas de las revistas, sólo que ésta tenía pinta de buena chica de su casa. ¿Qué estaba haciendo en la trattoria San Calogero? El comisario apenas tuvo tiempo de preguntárselo, pues la criatura se encaminó directamente hacia su mesa.

– Usted es el comisario Montalbano, ¿verdad? Soy Beatrice Dileo.

Se sentó, pero Montalbano, perplejo, aún permaneció un instante de pie. Beatrice Dileo no llevaba la menor sombra de maquillaje, era así por naturaleza. Tal vez ésa fuera la razón de que las mujeres presentes la siguieran mirando sin envidia. ¿Cómo puede alguien sentir celos de un jazmín de Arabia?

– ¿Qué van a tomar? -preguntó Calogero, acercándose-. Hoy tengo un risotto a la tinta de jibia verdaderamente especial.

– Para mí, muy bien. ¿Y usted, Beatrice?

– También.

Montalbano observó con satisfacción que no había añadido una frase típicamente femenina: «No me traiga mucho, por favor. Un par de cucharadas. Una cucharada. Trece granos de arroz contados.» ¡Señor, qué aburrimiento!

– De segundo, les podría servir unas lubinas pescadas esta noche o, de lo contrario…

– Para mí, va bien. ¿Y usted, Beatrice?

– Las lubinas.

– Para usted, señor comisario, el agua mineral y el Corvo de siempre. ¿Y para usted, señorita?

– Lo mismo.

Pero bueno, ¿es que estaban casados?

– Mire, señor comisario -dijo Beatrice con una sonrisa en los labios-, le tengo que confesar una cosa. Yo, cuando como, no consigo hablar, por eso le pido que me interrogue antes de que sirvan el risotto o entre plato y plato.

¡Jesús! ¿O sea que era cierto que, en la vida, a veces ocurre el milagro de encontrar el alma gemela? Lástima que, así, a primera vista, la chica tuviera unos veinticinco años menos que él.

– ¡Nada de interrogar! Mejor hábleme de usted.

Y, de esta manera, antes de que Calogero llegara con el risotto especial, que era algo más que simplemente especial, Montalbano averiguó que Beatrice tenía en efecto veinticinco años, que estudiaba Letras como oyente en Palermo y que trabajaba de representante de la empresa Sirio Casalinghi para ganarse la vida y pagarse los estudios. Siciliana a pesar de las apariencias, ciertamente de ascendencia normanda y nacida en Aidone, donde todavía vivían sus padres. Y ella, ¿por qué vivía y trabajaba en Vigàta? Muy fáciclass="underline" dos años atrás, en Aidone, había conocido a un muchacho de Vigàta que también estudiaba en Palermo, pero Derecho. Se habían enamorado, ella había tenido una pelotera con sus padres, que se oponían a la relación, y había seguido al chico a Vigàta. Habían alquilado un pequeño apartamento en el sexto piso de una colmena en Piano Lanterna. Pero desde el balcón del dormitorio se veía el mar. Al cabo de cuatro meses escasos de felicidad, Roberto, que así se llamaba su chico, le había dejado una amable notita, en la cual le comunicaba que se iba a Roma, donde lo esperaba su novia, una prima lejana suya. Y ella no había tenido valor para regresar a Aidone. Eso era todo.

Después, con la nariz, el paladar y la garganta invadidos por el maravilloso aroma del risotto, ambos enmudecieron según lo acordado.

Reanudaron la conversación mientras esperaban las lubinas. La que empezó a hablar de los Griffo fue precisamente Beatrice.

– Estos dos señores que han desaparecido…

– Perdone, si usted estaba en Palermo, ¿cómo ha podido enterarse de que…?

– Anoche me llamó el director de la Sirio. Me dijo que usted había convocado a todos los participantes en la excursión.

– Muy bien, siga.

– Yo tengo que llevar obligatoriamente un muestrario. Si el autocar está al completo, el muestrario, que es muy voluminoso, dos cajas muy grandes, lo guardo en el portamaletas. Si, por el contrario, el autocar no va lleno, lo dejo en la última fila, la de los cinco asientos. Coloco las cajas en los dos asientos más alejados de la portezuela, para no obstaculizar la subida o bajada de los pasajeros. Pues bien, los señores Griffo fueron a sentarse precisamente en la última fila.

– ¿Qué asientos, de los tres restantes, ocupaban?

– Él se sentó en el del centro, que está delante del pasillo. Su mujer se sentó a su lado. El asiento libre era el que estaba más cerca de la portezuela. Cuando yo llegué sobre las siete y media…

– ¿Con el muestrario?

– No, el muestrario ya lo había colocado la víspera en el autocar un empleado de la Sirio. El mismo empleado acude a recogerlo cuando regresamos a Vigàta.

– Siga.

– Cuando los vi sentados justo donde estaban las cajas, les señalé que podían elegir otros asientos mejores, puesto que el autocar aún estaba casi vacío y no se hacían reservas. Les expliqué que, para mostrar los artículos, tendría que ir arriba y abajo y los molestaría. Ella ni siquiera me miró, mantenía la mirada fija hacia delante, y pensé que estaba sorda. Él, en cambio, daba la impresión de estar preocupado, mejor dicho, no preocupado sino en tensión. Me contestó que yo podía hacer lo que quisiera, pero que ellos preferían quedarse allí. Hacia la mitad del viaje, tuve que empezar mi trabajo y lo obligué a levantarse. ¿Y sabe usted lo que hizo? Empujó con el trasero el de su mujer y ésta se pasó al asiento que quedaba libre junto a la portezuela. Y él se desplazó hacia ella. De esta manera, pude sacar mi sartén. Pero, en cuanto me situé de espaldas al conductor, con el micrófono en una mano y la sartén en la otra, los Griffo regresaron a sus asientos de antes.

Sonrió.

– Cuando adopto esa posición, me siento muy ridícula… Y, sin embargo, hay un pasajero habitual, el cavaliere Mistretta, que ha obligado a su mujer a comprar tres baterías de cocina completas. ¿Se da usted cuenta? ¡Está enamorado de mí, y no le digo qué miradas le lanza su mujer! A cada comprador le regalamos un reloj parlante, de esos que los inmigrantes ilegales que venden baratijas por las calles ofrecen por diez mil liras. Y a todos los viajeros les regalamos un bolígrafo con el nombre de la empresa grabado. Pues los Griffo no lo quisieron.