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Llegaron las lubinas y se hizo nuevamente el silencio.

– ¿Quiere fruta? ¿Un café? -preguntó Montalbano cuando, por desgracia, de las lubinas ya no quedaban más que las raspas y las cabezas.

– No, me gusta conservar el sabor del mar -contestó Beatrice.

No sólo gemela sino también hermana siamesa.

– En resumen, señor comisario, en el transcurso de toda la venta, estuve mirando de vez en cuando a los Griffo. Permanecían inmóviles como estatuas, sólo que él se volvía algunas veces a mirar hacia atrás a través de la luneta. Como si temiera que algún automóvil estuviera siguiendo el autocar.

– O lo contrario. Para cerciorarse de que un automóvil determinado aún estaba siguiéndolo -dijo el comisario.

– Puede ser. No comieron con nosotros en Tindari. Cuando bajamos, los dejamos todavía sentados. Cuando volvimos a subir, los encontramos allí. Durante el viaje de vuelta, no bajaron ni siquiera en la parada del café con leche. Pero de una cosa estoy segura: fue él, el señor Griffo, el que quiso que paráramos en el bar trattoria Paradiso. Faltaba muy poco para llegar y el conductor quería seguir adelante. Él protestó. Y entonces bajaron casi todos. Yo me quedé en el autocar. Después, el conductor hizo sonar el claxon, los pasajeros subieron y el autocar se puso nuevamente en marcha.

– ¿Está segura de que los Griffo también subieron?

– Eso nose lo puedo asegurar. Durante la parada, yo me puse a escuchar música con el walkman, llevaba los auriculares puestos. Mantenía los ojos cerrados. En resumen, me entró sueño. Y, cuando abrí los ojos en Vigàta, casi todos los pasajeros ya habían bajado.

– Por consiguiente, es posible que los Griffo ya estuvieran caminando hacia su casa.

Beatrice abrió la boca como para decir algo, pero la volvió a cerrar.

– Adelante, lo que sea; a veces, lo que a usted le puede parecer una tontería, a mí me puede ser útil -dijo el comisario.

– De acuerdo. Cuando subió el empleado de la empresa para recoger el muestrario, yo lo ayudé. Cuando tiraba de la primera caja hacia mí, apoyé la mano en el asiento en el que hasta hacía muy poco rato hubiera tenido que estar sentado el señor Griffo. Estaba frío. A mi juicio, aquellos dos no volvieron a subir al autocar después de la parada en el bar Paradiso.

Seis

Calogero les llevó la cuenta, Montalbano pagó, Beatrice se levantó y el comisario hizo lo propio con una pizca de tristeza: la chica era una auténtica maravilla de Dios, pero no había nada que hacer, todo tendría que terminar allí.

– La acompaño -dijo Montalbano.

– Tengo coche -contestó Beatrice.

Y, en aquel instante, hizo su aparición Mimì Augello. Vio a Montalbano, se encaminó hacia él y, de repente, se detuvo en seco con los ojos muy abiertos, como si hubiera pasado aquel ángel que, según la creencia popular, dice «amén» y todos se quedan paralizados tal como están. Evidentemente, había visto a Beatrice. Después dio súbitamente media vuelta para irse.

– ¿Me buscabas? -le preguntó el comisario, obligándolo a detenerse.

– Sí.

– Entonces ¿por qué te ibas?

– No quería molestar.

– Pero ¿qué molestia, Mimì? Ven. Señorita, le presento a mi subcomisario, el señor Augello. La señorita Beatrice Dileo, que el domingo pasado tuvo ocasión de viajar con los Griffo y me ha contado unas cosas muy interesantes.

Mimì sólo sabía que los Griffo habían desaparecido, no sabía nada de las investigaciones, pero mantenía los ojos clavados en la chica y no conseguía abrir la boca.

Fue entonces cuando el Demonio, el de la D mayúscula, se materializó al lado de Montalbano. Invisible para todos menos para el comisario, mostraba su aspecto tradicionaclass="underline" piel peluda, pezuñas de macho cabrío, rabo y cuernos cortos. El comisario notó que su ardiente y sulfuroso aliento le quemaba la oreja izquierda.

– Haz que se conozcan mejor -le ordenó el Demonio.

Y Montalbano se inclinó ante su voluntad.

– ¿Tiene cinco minutos? -le preguntó con una sonrisa a Beatrice.

– Sí. Tengo toda la tarde libre.

– Y tú, Mimì, ¿ya has comido?

– To… to… todavía no.

– Pues entonces siéntate en mi silla y pide algo mientras la señorita te cuenta lo de los Griffo. Por desgracia, yo tengo que atender un asunto urgente. Nos vemos más tarde en la comisaría, Mimì. Gracias una vez más, señorita Dileo.

Beatrice volvió a sentarse y Mimì se dejó caer rígidamente en la silla como si llevara puesta una armadura medieval. Todavía no lograba comprender cómo era posible que hubiera recibido aquella gracia divina, pero la guinda había sido la insólita amabilidad de Montalbano, que abandonó la trattoria canturreando. Había arrojado una semilla. Si el terreno era fértil (y él no dudaba de la fertilidad del terreno de Mimì), la semilla germinaría. Y entonces, adiós a Rebeca o como se llamara, adiós a la petición de traslado.

– Disculpe, comisario, pero ¿no le parece que ha sido usted un pelín canalla? -preguntó indignada la voz de la conciencia de Montalbano a su propietario.

– ¡Uf, menuda lata! -fue la respuesta.

Delante del café Caviglione, su propietario, Arturo, estaba tomando el sol, apoyado en la jamba de la puerta. Vestía como un pordiosero, chaqueta y pantalones raídos y llenos de manchas, a pesar de los cuatro o cinco mil millones de liras que había ganado prestando dinero a usura. Era un tacaño miembro de una familia de tacaños legendarios. Una vez le había mostrado al comisario un cartel amarillento y cubierto de cagadas de mosca que su abuelo, a principios de siglo, tenía puesto en el locaclass="underline" «Quien se siente a una mesita tiene que consumir forzosamente por lo menos un vaso de agua. Un vaso de agua cuesta dos céntimos.»

– Comisario, ¿se toma un café?

Entraron.

– ¡Un café para el comisario! -ordenó Arturo al camarero mientras introducía en la caja el dinero que Montalbano se había sacado del bolsillo. El día en que Arturo decidiera regalar una miga de pan, se produciría sin duda un cataclismo que habría hecho las delicias de Nostradamus.

– ¿Qué hay, Artù?

– Quería hablarle del asunto de los Griffo. Yo los conozco porque en verano cada domingo por la noche se sientan a una mesa, siempre solos, y piden dos buenas consumiciones: un helado de cassata para él y uno de avellana con nata para ella. Yo aquella mañana los vi.

– ¿Qué mañana?

– La mañana que se fueron a Tindari. Los autocares tienen la terminal un poco más adelante, en la plaza. Yo abro a las seis, minuto más, minuto menos. Pues bien, los Griffo ya estaban aquí afuera, delante de la persiana metálica. Y el autocar tenía que salir a las siete, ¡imagínese!

– ¿Bebieron o comieron algo?

– Un bollo caliente por barba, que me trajeron de la panadería diez minutos después. El autocar llegó a las seis y media. El conductor, que se llama Filippu, entró y pidió un café. Entonces, el señor Griffo se le acercó y le preguntó si podían sentarse en el autocar. Filippu les contestó que sí, y entonces ellos salieron sin darme siquiera los buenos días. A lo mejor tenían miedo de perder el autocar.

– ¿Eso es todo?

– Pues sí.