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– Oye, Artù, ¿tú conocías al chico al que pegaron un tiro?

– ¿A Nenè Sanfilippo? Hasta hace dos años venía habitualmente a jugar al billar. Después lo hacía muy raras veces. Y sólo de noche.

– ¿Cómo que de noche?

– Comisario, yo cierro a la una. Él venía de vez en cuando y compraba algunas botellas de whisky, ginebra o cosas así. Venía en coche y casi siempre llevaba dentro a una chica.

– ¿Tuviste ocasión de conocer a alguna de ellas?

– No, señor. A lo mejor las traía desde Palermo o desde Montelusa, sabría él de dónde coño las traía.

Al llegar a la puerta de la comisaría, no se sintió con ánimos para entrar. En el escritorio lo esperaba un montón de papeles para firmar y, sólo de pensarlo, le empezó a doler el brazo derecho. Comprobó que tenía en el bolsillo suficientes cigarrillos, subió de nuevo al coche y se dirigió hacia Montelusa. A medio camino entre los dos pueblos, había un sendero campestre escondido detrás de un cartel publicitario que conducía a una ruinosa casita rústica, junto a la cual crecía un enorme acebuche, un olivo silvestre que debía de tener doscientos años. Parecía un árbol falso, de teatro, nacido de la fantasía de un Gustavo Doré, una posible ilustración del Infierno dantesco. Las ramas más bajas estaban retorcidas y se arrastraban por el suelo; por mucho que lo intentaban, no conseguían elevarse hacia el cielo y, en determinado momento de su avance, lo pensaban mejor y decidían volver atrás, hacia el tronco, describiendo una especie de codo o, en algunos casos, un auténtico nudo. Pero, poco después, cambiaban de idea y regresaban atrás, como asustadas ante la contemplación del poderoso tronco, agujereado, requemado y arrugado por los años. Y, al volver atrás, las ramas seguían una dirección distinta de la anterior. Eran en todo y por todo semejantes a serpientes venenosas, pitones, boas, anacondas, repentinamente metamorfoseadas en ramas de olivo. Parecían desesperarse y angustiarse por aquel hechizo que las había congelado, «confitado» hubiera dicho el poeta Eugenio Montale, en una eternidad de trágica fuga imposible. A las ramas de en medio, tras haber recorrido un metro escaso de distancia, enseguida les entraba la duda y no sabían si dirigirse hacia arriba o bien inclinarse hacia la tierra para reunirse con las raíces.

Cuando no le apetecía el aire del mar, Montalbano sustituía el paseo por el muelle de levante por una visita al olivo silvestre. Sentado a horcajadas en una de las ramas bajas, encendía un cigarrillo y empezaba a reflexionar acerca de cuestiones sin resolver.

Había descubierto que, de manera misteriosa, el enmarañamiento, el retorcimiento, la contorsión, la superposición, en resumen, el laberinto de las ramas reflejaba de forma casi mimética lo que ocurría en el interior de su cabeza, el entrelazamiento de las hipótesis, la superposición de los razonamientos. Y cuando alguna suposición le parecía a primera vista excesivamente arriesgada y precipitada, la contemplación de una rama que seguía un trazado todavía más arriesgado que su pensamiento lo tranquilizaba y lo ayudaba a seguir adelante.

Rodeado de hojas verdes y plateadas, era capaz de permanecer varias horas estático, con una inmovilidad sólo interrumpida de vez en cuando por los movimientos indispensables para encender un cigarrillo, que se fumaba sin quitárselo de la boca, o para apagar cuidadosamente la colilla, restregándola contra el tacón del zapato. Permanecía tan inmóvil que las hormigas se le subían encima sin que él las molestara, se le introducían entre el cabello y le recorrían las manos y la frente. En cuanto bajaba de la rama, se tenía que sacudir concienzudamente el traje y, entonces, junto con las hormigas, caía a veces alguna arañita o una mariquita de la buena suerte.

* * *

Sentado en la rama, se planteó una pregunta fundamental para el camino que deberían seguir las investigaciones: ¿existía algún nexo entre la desaparición de los dos viejecitos y el asesinato del muchacho?

Levantando los ojos y la cabeza para que le entrara mejor la primera calada de cigarrillo, el comisario se dio cuenta de que una rama del olivo seguía un camino imposible, con ángulos, curvas cerradas y saltos hacia delante y hacia atrás que, en determinado momento, le conferían el aspecto de un viejo radiador de calefacción de tres elementos.

– No, a mí no me vas a joder -le murmuró Montalbano, rechazando la invitación.

Aún no eran necesarias las acrobacias; de momento, bastaban los hechos, sólo los hechos.

Todos los inquilinos del número 44 de Via Cavour, incluida la portera, habían declarado unánimemente no haber visto jamás juntos al anciano matrimonio y al muchacho. Ni siquiera en un encuentro absolutamente casual, como el que puede producirse esperando el ascensor. Seguían horarios distintos, tenían ritmos de vida completamente diferentes. Por otra parte, y bien mirado, ¿qué clase de relación podía haber entre dos viejos cascarrabias, muy poco sociables, más aún, de mal carácter, que no daban confianzas a nadie, y un veinteañero con demasiado dinero para gastar en el bolsillo, que se llevaba mujeres a casa una noche sí y otra no?

Lo mejor que se podía hacer, por lomenos de momento, era mantener separadas ambas cosas. Considerar que el hecho de que los dos desaparecidos y el joven asesinado vivieran en el mismo edificio era pura y simple casualidad. De momento. Por otra parte, quizá sin decirlo explícitamente, ¿acaso no lo había decidido ya así? A Mimì Augello le había encomendado la tarea de examinar los papeles de Nenè Sanfilippo y, por consiguiente, le había encargado implícitamente la investigación del asesinato. A él le correspondía ocuparse de los señores Griffo.

Alfonso y Margherita Griffo eran capaces de permanecer encerrados en casa tres o cuatro días seguidos, como asediados por la soledad, sin dar la menor señal de su presencia en el piso, ni siquiera un estornudo o un acceso de tos, nada, como si estuvieran haciendo el ensayo general de su posterior desaparición. Alfonso y Margherita Griffo, que, por lo que recordaba su hijo, sólo una vez se habían movido de Vigàta, para ir a Messina, un buen día deciden repentinamente hacer una excursión a Tindari. ¿Son devotos de la Virgen? ¡Pero si ni siquiera tenían por costumbre ir a la iglesia!

]Y qué empeño tan grande en hacer aquella excursión!

Según lo que le había dicho Arturo Caviglione, se habían presentado cuando faltaba una hora para la salida y habían sido los primeros en subir al autocar todavía vacío. Y, a pesar de que eran los únicos pasajeros, con unos cincuenta asientos a su disposición, habían escogido precisamente los más incómodos, en los que ya se encontraban las dos cajas de gran tamaño de Beatrice Dileo. ¿Habían hecho aquella elección por falta de experiencia, porque no sabían que en la última fila se notaban más las sacudidas y éstas causaban más molestias? En cualquier caso, la hipótesis según la cual lo habían hecho para estar más aislados, para no estar obligados a conversar con sus compañeros de viaje, no se tenía en pie. Si alguien no quiere hablar, lo consigue aunque se encuentre rodeado de cien personas. Entonces ¿por qué precisamente aquella última fila?

Una respuesta podía estar en lo que le había dicho Beatrice. La joven había observado que Alfonso Griffo se volvía de vez en cuando para mirar a través de la gran luneta posterior. En la posición en que se encontraba, podía observar los vehículos que circulaban detrás. Pero también podía ser visto desde fuera, por ejemplo, desde un automóvil que siguiera al autocar. Ver y ser visto: eso no habría sido posible si se hubiera sentado en otro lugar.

Al llegar a Tindari, los Griffo no se movieron. Según Beatrice, no bajaron del autocar, no se reunieron con los demás y nadie los vio pasear por el pueblo. ¿Qué sentido tenía entonces la excursión? ¿Por qué les interesaba tanto?

Beatrice también había señalado un dato fundamental. A saber, que había sido Alfonso Griffo el que había obligado al conductor a efectuar la última parada extra cuando faltaba apenas media hora para llegar a Vigàta. Puede que se le estuviera escapando de verdad, pero podía haber otra explicación completamente distinta y mucho más inquietante.