– ¿Y a mí me lo preguntas? -Mentalmente, mientras contestaba a Fazio simulando irritación, experimentó una sensación de alegría. ¿A que la semilla germinaba?-. Mira, Fazio, no te preocupes por el subcomisario Augello. Ya verás como, antes o después, aparece. Iba a decirte que me voy.
– ¿A Marinella?
– Fazio, yono estoy obligado a informarte de adónde voy o dejo de ir.
– Pero bueno, ¿qué le he preguntado? ¿Se ha molestado? Le he hecho una simple pregunta inocente. Perdone que me haya tomado la libertad.
– Mejor perdóname tú a mí, estoy un poco nervioso.
– Ya lo veo.
– No le cuentes a nadie lo que te voy a decir: voy a una cita con Balduccio Sinagra.
Fazio palideció y lo miró con unos ojos como platos.
– ¿Es una broma?
– No.
– ¡Dottore, ese hombre es una bestia feroz!
– Lo sé.
– Dottore, por mucho que se enfade, se lo tengo que decir: en mi opinión, no tiene que acudir a esa cita.
– Escúchame bien: el señor Balduccio Sinagra es en estos momentos un ciudadano libre.
– ¡Viva la libertad! ¡Ése se ha pasado veinte años en la cárcel y tiene como mínimo unos treinta asesinatos sobre su conciencia!
– Que todavía no hemos conseguido demostrar.
– Con pruebas o sin ellas, es una mierda de hombre.
– Estoy de acuerdo, pero ¿acaso has olvidado que nuestro oficio consiste precisamente en tratar con la mierda?
– Señor comisario, si de veras se empeña en ir, yo voy con usted.
– Tú no te mueves de aquí. Y no me obligues a decir que es una orden porque me cabreo a más no poder cuando me obligáis a decir esas cosas.
Siete
Don Balduccio Sinagra vivía, junto con toda su numerosa familia, en una casa de campo enorme en lo alto de una colina llamada desde tiempo inmemorial Ciuccàfa, a medio camino entre Vigàta y Montereale. La colina Ciuccàfa se caracterizaba por dos detalles: el primero era su absoluta calvicie, sin la menor brizna de hierba verde. Jamás un árbol había conseguido crecer en ella, y tampoco había logrado echar raíces una ramita de sorgo, un matojo de centinodia, un chaparral de ciruelos silvestres. Había, eso sí, un cerco de árboles que rodeaba la casa, pero los había mandado trasplantar adultos don Balduccio para disfrutar de un poco de frescor. Y, para evitar que se secaran y murieran, había mandado llevar hasta allí camionadas y más camionadas de tierra especial. El segundo detalle era que, exceptuando la casa de los Sinagra, no se veía ningún edificio, casucha o mansión en ninguna de las laderas de la colina. Se distinguía tan sólo la tortuosa subida de la ancha carretera asfaltada de tres kilómetros que don Balduccio había construido de su bolsillo. No había otras casas, no porque los Sinagra hubieran adquirido toda la colina, sino por otro motivo más sutil.
Y, a pesar de que los terrenos habían sido declarados edificables hacía mucho tiempo por el nuevo plan general de ordenación urbana, sus propietarios, el abogado Sidoti y el marqués de Lauricella, que no nadaban precisamente en la abundancia, no se atrevían a parcelarlos y venderlos para no ofender gravemente a don Balduccio, el cual, tras haberlos convocado, les había dado a entender, por medio de metáforas, proverbios y anécdotas, lo insoportable que le resultaría la cercanía de extraños. Para evitar peligrosos malentendidos, el abogado Sidoti, propietario de los terrenos en los que se había construido la carretera, había rechazado categóricamente la indemnización de la no deseada expropiación. Es más, en el pueblo corrían maliciosos rumores, según los cuales los dos propietarios se habían puesto de acuerdo para repartirse los daños: el abogado había cedido los terrenos y el marqués había ofrecido gratuitamente la carretera a don Balduccio, corriendo con todos los gastos de las obras. Las malas lenguas decían también que, en caso de que las inclemencias meteorológicas provocaran socavones o corrimientos de tierras, don Balduccio se quejaba ante el marqués y éste se encargaba, en un abrir y cerrar de ojos y pagando de su bolsillo, de dejarla de nuevo tan lisa como una mesa de billar.
De unos tres años a esta parte, las cosas ya no eran como antes ni para los Sinagra ni para los Cuffaro, las dos familias que se disputaban el control de la provincia. Masino Sinagra, el sexagenario primogénito de don Balduccio, había sido finalmente detenido y enviado a la cárcel con tal cúmulo de acusaciones que, aunque durante la instrucción de los casos en Roma hubieran decidido, pongamos por caso, la abolición de la condena a cadena perpetua, el legislador hubiera tenido que hacer una excepción para él y restablecerla sólo para su caso. Japichinu, hijo de Masino y nietecito adorado del abuelo don Balduccio, un treintañero dotado por la naturaleza de un rostro tan simpático y honrado que los jubilados le hubieran confiado sus ahorros, había tenido que pasar a la clandestinidad, perseguido por una impresionante serie de órdenes de captura. Trastornado e inquieto por esta ofensiva absolutamente insólita de la justicia, después de varios decenios de lánguido sueño, don Balduccio, que se había sentido rejuvenecer treinta años al enterarse de la noticia del asesinato de dos de los más valerosos magistrados de la isla, había vuelto a caer de golpe en los achaques de la edad ante la noticia de que al frente de la Fiscalía se encontraba alguien que era lo peor de lo peor: un piamontés de tendencias comunistas. Un día había visto en un telediario a ese magistrado arrodillado en la iglesia.
– Pero ¿qué hace ése, va a misa? -preguntó, asombrado.
– Sí, señor, es muy religioso -le explicó alguien.
– Pero ¿cómo? ¿Y los curas no le han enseñado nada?
Ngilino, el hijo menor de don Balduccio, se había vuelto completamente loco, y un buen día empezó a hablar una lengua incomprensible que él sostenía que era el árabe. Y, a partir de aquel momento, le había dado por vestirse como tal, hasta el punto de que en el pueblo lo llamaban «el Jeque». Los dos hijos varones del Jeque vivían más en el extranjero que en Vigàta: Pino, llamado «el Conciliador» por la habilidad diplomática de que hacía gala en los momentos difíciles, viajaba constantemente entre Canadá y Estados Unidos; en cambio, Caluzzo se pasaba ocho meses al año en Bogotá. El peso de los negocios de la familia había vuelto a caer, por tanto, sobre los hombros del patriarca, el cual se hacía echar una mano por su primo Saro Magistro. De éste se comentaba en susurros que, tras haber liquidado a uno de los Cuffaro, se le había comido el hígado asado en un espetón. Por otra parte, no se podía decir que a los Cuffaro les fueran mejor las cosas. Un domingo por la mañana de dos años atrás, el más que octogenario jefe de la familia de los Cuffaro, don Sisìno, había subido a su coche para asistir a la santa misa, tal como indefectible y devotamente tenía por costumbre hacer. El automóvil lo conducía su hijo menor, Birtino. Nada más ponerlo en marcha, se produjo una terrible explosión que había roto los cristales a quinientos metros a la redonda. El contable Arturo Spampinato, que no tenía absolutamente nada que ver con el asunto, en la creencia de que se estaba produciendo un espantoso terremoto, se arrojó desde un sexto piso y la palmó. De don Sisìno encontraron el brazo derecho y el pie izquierdo, y de Birtino, sólo cuatro huesos requemados.
Los Cuffaro no la tomaron con los Sinagra tal como todo el pueblo esperaba. Tanto una familia como la otra sabían que aquella bomba asesina la habían colocado en el coche otras personas, los miembros de una mafia emergente, unos jovenzuelos arribistas, sin el menor respeto y dispuestos a todo, que se habían metido en la cabeza la idea de joder a las dos familias históricas y ocupar su lugar. Y todo tenía una explicación. Si antaño el camino de la droga era bastante ancho, en la actualidad se había convertido en una autopista de seis carriles. Por consiguiente, se necesitaban fuerzas jóvenes, decididas y con las manos adecuadas para utilizar tanto el kalashnikov como el ordenador.