Al llegar a su altura, se detuvo.
– ¿No se pone en marcha? -le preguntó.
– No -contestó el hombre, mirándolo con asombro.
– ¿Quiere que yo le eche un vistazo?
– No, gracias.
– Puedo llevarlo, si quiere.
– ¡No! -gritó el hombre, exasperado.
El comisario volvió a ponerse en marcha. En la casucha situada al final de la carretera vio al hombre del móvil asomado a la ventana: debía de estar comunicando que Montalbano estaba cruzando de nuevo los confines del palacio real de don Balduccio.
Ya estaba oscureciendo. Al llegar al pueblo, el comisario se dirigió a Via Cavour. Se detuvo delante del número 44, abrió la guantera, cogió el manojo de ganzúas y bajó. La portera no estaba y no se cruzó con nadie en su camino hacia el ascensor. Abrió la puerta del piso de los Griffo y la cerró inmediatamente después de haber entrado. El piso olía a cerrado. Encendió la luz y se puso a trabajar. Tardó una hora en recoger todos los papeles que encontró, y los introdujo en una bolsa de basura que cogió de la cocina. Había incluso una lata de galletas de los Hermanos Lazzaroni llena de resguardos fiscales. Examinar los papeles de los Griffo era algo que hubiera tenido que hacer desde el principio de la investigación y que, sin embargo, no había hecho. Había estado demasiado distraído por otros pensamientos. A lo mejor, en alguno de aquellos papeles estaba el secreto de la enfermedad de los Griffo, la que había obligado a un médico concienzudo a tomar cartas en el asunto.
Estaba apagando la luz del recibidor cuando se acordó de Fazio, de su preocupación por la reunión con don Balduccio. El teléfono estaba en el comedor.
– ¡Diga! ¡Diga! ¿Quién habla? ¡Aquí la comisaría!
– Catarè, soy Montalbano. ¿Está Fazio?
– Selo paso de inmediato inmediatamente.
– ¿Fazio? Sólo quería decirte que he vuelto sano y salvo.
– Ya lo sabía, señor comisario.
– ¿Quién te lo ha dicho?
– Nadie, señor comisario. En cuanto usted ha salido, yo lo he seguido. Lo he esperado en las inmediaciones de la casucha donde están los hombres de guardia. Cuando lo he visto regresar yo también he vuelto a la comisaría.
– ¿No hay ninguna novedad?
– No, señor, exceptuando la mujer que llama desde Pavía, preguntando por el subcomisario Augello.
– Más tarde o más temprano, lo encontrará. Oye,¿quieres saber lo que nos hemos dicho la persona que tú sabes y yo?
– Desde luego, señor comisario. Me muero de curiosidad.
– Pues no te lo voy a decir. Ya te puedes morir. ¿Y sabes por qué no te digo nada? Porque has desobedecido mis órdenes. Te dije que no te movieras de la comisaría y tú, en cambio, me has seguido. ¿Estás contento?
Apagó la luz y salió del apartamento de los Griffo con la bolsa al hombro.
Ocho
Abrió el frigorífico y emitió un relincho de pura alegría. Su asistenta, Adelina, le había dejado dos caballas encebolladas, una cena con la cual se pasaría sin duda toda la noche discutiendo, pero valdría la pena. Para curarse en salud, antes de empezar a comer quiso asegurarse de que en la cocina hubiera una bolsita de bicarbonato, mano de santo, mano bendita. Sentado en la galería, lo devoró todo a conciencia, y en el plato sólo quedaron las raspas y las cabezas de los pescados tan relimpias que parecían unos restos fósiles.
Después, tras haber despejado la mesita, le vació encima el contenido de la bolsa de basura llena de los papeles que había recogido en casa de los Griffo. A lo mejor, una frase, una línea, un comentario podrían revelarle en cierto modo el motivo de la desaparición de los dos viejecitos. Lo guardaban todo: cartas y postales de felicitación, fotografías, telegramas, recibos de la luz y del teléfono, declaraciones de la renta, facturas y resguardos, folletos publicitarios, billetes de autobús, certificados de nacimiento, de matrimonio, libretas de jubilación, tarjetas sanitarias y otras tarjetas caducadas. Había incluso una copia de una fe de vida, máxima cumbre de la imbecilidad burocrática. ¿Qué hubiera hecho Gogol con sus Almas muertas, en presencia de la tal fe de vida? Franz Kafka, de haberla tenido en sus manos, habría podido extraer de ella uno de sus inquietantes relatos. Y ahora que se había implantado la autocertificación de existencia en vida, ¿cómo se debería actuar? ¿Cuál era la praxis, para usar una palabra tan querida en los despachos? ¿Uno escribía en una hoja de papel una frase como «El abajo firmante, Salvo Montalbano, declaro que existo», firmaba y lo entregaba al funcionario de turno?
En cualquier caso, los papeles que contaban la historia de la existencia del matrimonio Griffo se reducían a muy poca cosa: un kilo escaso de hojas y hojitas. Montalbano terminó de examinarlas todas a las tres de la madrugada.
«La noche perdida y una hembra», como se solía decir. Guardó de nuevo los papeles en la bolsa de basura y se fue a dormir.
Contrariamente a lo que temía, las caballas se avinieron a dejarse digerir sin dar coletazos. Por eso el comisario se despertó a las siete después de un sueño sereno y reparador. Permaneció más rato que de costumbre bajo la ducha, a riesgo de gastar toda el agua del depósito. Allí repasó, palabra por palabra, silencio por silencio, todo el diálogo mantenido con don Balduccio. Quería estar seguro de haber comprendido los dos mensajes que el viejo le había transmitido antes de salir de allí. Al final, supo que su interpretación era correcta.
– Comisario, quería decirle que el subcomisario Augello ha llamado hace aproximadamente media hora, dice que pasará por aquí sobre las diez -dijo Fazio.
Y se puso en guardia, esperando, como era natural y como ya había ocurrido otras veces, una violenta explosión de furia por parte de Montalbano ante la noticia de que una vez más su subcomisario se tomaba las cosas con calma. Pero esta vez el comisario se quedó tan tranquilo, e incluso esbozó una sonrisa.
– Anoche, cuando regresaste aquí, ¿llamó la mujer de Pavía?
– ¡Cómo no! Otras tres veces antes de perder definitivamente las esperanzas.
Mientras hablaba, Fazio cambiaba el peso del cuerpo de uno a otro pie, tal como hace uno cuando se le escapa y está obligado a aguantarse. Pero a Fazio no se le escapaba, era la curiosidad que lo estaba devorando vivo. Sin embargo, no se atrevía a abrir la boca para preguntar qué le había dicho Sinagra a su jefe.
– Cierra la puerta.
Fazio pegó un brinco, cerró la puerta con llave y se sentó en el borde de una silla. Con el tronco inclinado hacia delante y los ojos relucientes, parecía un perro famélico a la espera de que su amo le arrojara un hueso. Por eso lo decepcionó un poco la primera pregunta que le hizo Montalbano.