– ¿Tú conoces aun cura que se llama Sciaverio Crucillà?
– Lo he oído nombrar, pero no lo conozco personalmente. Sé que no es de aquí; si no me equivoco es de Montereale.
– Trata de averiguar todo lo que puedas acerca de él; dónde vive, qué costumbres tiene, cuáles son sus horarios en la iglesia, con quién se relaciona, qué se dice de él. Infórmate bien. Y, después de haber hecho todo eso, y lo tienes que hacer en un solo día…
– … vengo aquí y se lo digo.
– Te equivocas. No me dices nada. Empiezas a seguirlo discretamente.
– Señor comisario, déjelo de mi cuenta. No me verá aunque se ponga los ojos en la parte de atrás de la cabeza.
– Otra vez te equivocas.
Fazio lo miró, asombrado.
– Señor comisario, cuando se sigue a una persona la norma es que esa persona no se tiene que dar cuenta. De lo contrario, ¿qué clase de vigilancia sería?
– En este caso, la situación es distinta. El cura tiene que darse cuenta de que tú lo sigues. Es más, tienes que ingeniártelas para que se entere de que eres uno de mis hombres. Vamos, que es muy importante que sepa que eres un policía.
– Esto jamás me había ocurrido.
– En cambio, los demás no se tienen que dar cuenta en absoluto de la vigilancia.
– Señor comisario, ¿puedo ser sincero? No entiendo nada de nada.
– No te preocupes. No entiendas nada, pero haz lo que te he dicho.
Fazio puso cara de ofendido.
– Señor comisario, las cosas que hago sin entender siempre me salen mal. Aténgase a las consecuencias.
– Fazio, el padre Crucillà espera que lo sigan.
– Pero, por la Virgen santísima, ¿por qué?
– Porque nos tiene que conducir a un lugar determinado. Pero se ve obligado a hacerlo como si él no se diera cuenta de lo que ocurre. Es puro teatro, ¿me explico?
– Empiezo a comprender. ¿Y qué hay en ese lugar adonde nos quiere conducir el cura?
– Japichinu Sinagra.
– ¡Coño!
– Este exquisito eufemismo tuyo me induce a suponer que finalmente has comprendido la importancia del asunto -dijo el comisario hablando como un libro.
Entre tanto, Fazio había empezado a mirarlo con recelo.
– ¿Y usted qué ha hecho para descubrir que el tal padre Crucillà conoce el lugar donde está escondido Japichinu? A Japichinu lo está buscando medio mundo: la Antimafia, la Móvil, la Reagrupación Operativa Especial del Cuerpo de Carabineros, la sección de Busca y Captura, y nadie consigue encontrarlo.
– Yo no he descubierto nada. Me lo ha dicho. O mejor, me lo ha dado a entender.
– ¿El padre Crucillà?
– No. Balduccio Sinagra.
Fue como si se hubiera producido un ligero terremoto. Fazio, con el rostro encendido, se levantó y se tambaleó, dando un paso adelante y dos atrás.
– ¿Su abuelo? -preguntó, respirando entrecortadamente.
– Cálmate, pareces un personaje de una función de marionetas. Su abuelo, sí, señor. Quiere que el nieto vaya a la cárcel. Pero, a lo mejor, Japichinu no está enteramente convencido. Las relaciones entre el abuelo y el nieto tienen lugar a través del cura, a quien Balduccio ha querido presentarme en su casa. Si no hubiera tenido interés en presentármelo, le habría dicho que se fuera antes de mi llegada.
– Señor comisario, no consigo entenderlo. Pero ¿qué saca con eso? ¡A Japichinu la cadena perpetua no se la quita ni Dios!
– Dios puede que no, pero otro sí.
– ¿Cómo?
– Liquidándolo, Fazio. En la cárcel tiene muchas probabilidades de salvar el pellejo. Los muchachos de la nueva mafia están tratando de hacérselo comprender tanto a los Sinagra como a los Cuffaro. Y por eso la cárcel de máxima seguridad significa seguridad no sólo para los que están fuera sino también para los que están dentro.
Fazio lo pensó un poco, pero ya lo había comprendido.
– ¿Tendré que dormir también en Montereale?
– No, no creo. De noche supongo que el cura no sale de casa.
– Y el padre Crucillà, ¿cómo lo hará para darme a entender que me está llevando al lugar donde se esconde Japichinu?
– No te preocupes, ya encontrará la manera. Cuando te haya indicado el lugar, sobre todo no te extralimites, no tomes ninguna iniciativa. Ponte inmediatamente en contacto conmigo.
– Muy bien.
Fazio volvió a levantarse y fue directamente hacia la puerta. A medio camino se detuvo y se volvió a mirar a Montalbano.
– ¿Qué hay?
– Señor comisario, lo conozco desde hace demasiado tiempo para no haber comprendido que usted me está contando de la misa la media.
– ¿O sea?
– Seguro que don Balduccio también le dijo alguna otra cosa.
– Es cierto.
– ¿La puedo saber?
– Por supuesto que sí. Me dijo que no han sido ellos. Y me aseguró que tampoco han sido los Cuffaro. Por consiguiente, los culpables son los nuevos.
– Pero ¿culpables de qué?
– No lo sé. Ahora mismo no sé a qué coño se refería. Pero ya me estoy haciendo una cierta idea.
– ¿Me la quiere decir?
– Es demasiado pronto.
Fazio apenas había tenido tiempo de hacer girar la llave en la cerradura cuando fue golpeado violentamente por la puerta, que Catarella había abierto de par en par.
– ¡Por poco me rompes la nariz! -dijo Fazio, acercándose una mano al rostro.
– Dottori, dottori!-dijo casi sin resuello Catarella-. ¡Siento haber entrado de esta manera, pero está el jefe superior en persona personalmente!
– ¿Dónde está?
– Al teléfono, dottori.
Catarella huyó como una liebre, Fazio esperó a que se fuera para salir él también.
La voz de Bonetti-Alderighi parecía proceder del interior de un congelador, de lo fría que sonaba.
– ¿Montalbano? Una información preliminar, si no le importa. ¿Es suyo un Tipo matrícula AG 334 JB?
– Sí.
Ahora la voz de Bonetti-Alderighi procedía directamente de la banquisa polar. En segundo plano, se oía el aullido de unos osos (pero ¿los osos aullaban?).
– Venga inmediatamente a mi despacho.
– Estaré allí dentro de una horita, justo el tiempo de…
– Pero ¿usted entiende nuestro idioma? He dicho inmediatamente.
– Entre ydeje la puerta abierta -le dijo el jefe superior en cuanto lo vio llegar.
Tenía que tratarse de un asunto muy serio, pues poco antes, en el pasillo, Lattes había fingido no verlo. Mientras se acercaba al escritorio, Bonetti-Alderighi se levantó de su sillón y fue a abrir la ventana.
«Me habré convertido en un virus -pensó Montalbano-. Este tiene miedo de que le infecte el aire.»
El jefe superior volvió a sentarse sin indicarle por señas que él hiciera lo propio. Como en la época del bachillerato, cuando el señor director lo mandaba llamar a su despacho para echarle un solemne rapapolvo.
– Bien -dijo Bonetti-Alderighi, mirándolo de arriba abajo-. Muy bien. Francamente bien.
Montalbano contuvo la respiración. Antes de decidir cómo comportarse tenía que averiguar los motivos de la furia de su superior.
– Esta mañana -añadió el jefe superior-, en cuanto he puesto los pies en este despacho, me he encontrado con una novedad que no dudo en calificar de desagradable. Mejor dicho, sumamente desagradable. Se trata de un informe que me ha sacado de mis casillas. Y ese informe se refiere a usted.
«¡Silencio!», se ordenó severamente a sí mismo el comisario.
– En el informe se dice que un Tipo con matrícula…
El jefe superior interrumpió sus palabras y se inclinó para echar un vistazo a la hoja que tenía en el escritorio.