Выбрать главу

– ¿Aunque sea una cosa muy gorda?

El comisario se hartó del juego; Mimì ni siquiera se había dado cuenta de que estaba manteniendo un diálogo absurdo.

– Mira, Mimì, respondo de la discreción de Ingrid. En cuanto a eso de tomarte por loco, lo he hecho ya tantas veces, que una más una menos no importa.

– Esta noche no me ha dejado pegar ojo.

¡Iba a por todas la tal Beba!

– ¿Quién?

– Una carta, una de las que escribió Nenè Sanfilippo a su amante. ¡Tú no sabes, Salvo, cómo las he estudiado! Casi las sé de memoria.

«¡Pero qué cabrón eres, Salvo! -se reprendió a sí mismo Montalbano-. No haces más que pensar mal de Mimì y, en cambio, el pobrecillo trabaja incluso de noche.»

Tras haberse echado el debido rapapolvo, el comisario superó ágilmente aquel breve momento de autocrítica.

– Bueno, bueno. Pero ¿qué decía la carta?

Mimì esperó un momento antes de contestar.

– Bien, en un primer momento, él se enfada mucho porque ella se ha depilado.

– ¿Y por qué se tenía que enfadar? Todas las mujeres se depilan las axilas.

– No se refería a las axilas.

– Ah -dijo Montalbano.

– Depilación total, ¿comprendes?

– Sí.

– Después, en las cartas siguientes, él le va cogiendo gusto a la novedad.

– Pero bueno, ¿qué importancia tiene todo eso?

– ¡Es importante! Porque yo, perdiendo el sueño y también la vista, creo haber descubierto quién era la amante de Nenè Sanfilippo. Ciertas descripciones que él hace de su cuerpo, unos mínimos detalles, son mejores que una fotografía. Como tú ya sabes, a mí me gusta mirar a las mujeres.

– No sólo mirarlas.

– De acuerdo. Y he llegado al convencimiento de que puedo identificar a esa señora. Porque estoy seguro de haberla visto. Basta muy poco para identificarla con toda seguridad.

– ¡Muy poco! Pero, Mimì, ¿cómo se te ocurre? Tú quieres que yo vaya a esa señora y le diga: «Soy el comisario Montalbano. Señora, por favor, bájese un momento las bragas.» ¡Ésa como mínimo me manda al manicomio!

– Por eso he pensado en Ingrid. Si la mujer es la que yo creo, la he visto algunas veces en Montelusa en compañía de la sueca. Deben de ser amigas.

Montalbano hizo una mueca.

– ¿No te convence? -preguntó Mimì.

– Me convence. Pero toda esta cuestión plantea un gran problema.

– ¿Por qué?

– Porque yo no veo a Ingrid capaz de traicionar a una amiga.

– ¿Traicionar? ¿Quién ha hablado de traición? Se puede buscar alguna manera, colocarla en una situación en que se le escape alguna palabra…

– ¿Como qué, por ejemplo?

– Pues, qué sé yo, tú invitas a Ingrid a cenar, después te la llevas a casa, le haces beber un poco de aquel vino tinto nuestro que las vuelve locas y…

– ¿… me pongo a hablarle de vello? ¡A ésa le da un ataque si empiezo a hablar de ciertas cosas con ella! ¡De mí no se lo espera!

A Mimì se le aflojó la boca de puro asombro.

– ¿Que no se lo espera? Pero dime una cosa, ¿tú e Ingrid…? ¿Nunca?

– ¿Qué estás insinuando? -replicó, irritado, Montalbano-. ¡Yo no soy como tú, Mimì!

Augello lo miró un instante y después juntó las manos en actitud de oración y elevó los ojos al cielo.

– ¿Qué haces?

– Mañana envío una carta a Su Santidad -contestó, compungido, Mimì.

– ¿Qué le quieres decir?

– Que te canonice en vida.

– No me gustan tus tonterías -dijo bruscamente el comisario.

Mimì volvió a ponerse repentinamente muy serio. A veces, con su jefe, en ciertas cuestiones tenía que ir con pies de plomo.

– De todos modos, con respecto a Ingrid, dame un poco de tiempo para pensarlo.

– De acuerdo, pero no te tomes demasiado, Salvo. Tú sabes que una cosa es un asesinato por motivos de cuernos y otra es…

– Comprendo muy bien la diferencia, Mimì. Y no eres tú quien me la tiene que enseñar. En comparación conmigo, tú todavía estás en mantillas.

Augello encajó el comentario sin contestar. Antes se había equivocado de tecla, hablando de Ingrid. Convenía hacerle pasar el mal humor.

– Hay otra cosa de la que te quería hablar, Salvo. Ayer, después de comer, Beba me invitó a su casa.

A Montalbano se le pasó el mal humor de golpe. Contuvo la respiración. ¿Acaso entre Mimì y Beatrice ya había ocurrido lo que podía ocurrir, en un abrir y cerrar de ojos? En caso de que Beatrice se hubiera ido inmediatamente a la cama con Mimì, lo más probable era que todo terminara en agua de borrajas. Y entonces Mimì regresaría inevitablemente a su Rebeca.

– No, Salvo, no hemos hecho lo que estás pensando -dijo Augello, como si tuviera el poder de leerle el pensamiento-. Beba es una buena chica. Muy seria.

¿Qué decía Shakespeare? Ah, sí: «Tus palabras son mi alimento.» Por consiguiente, si Mimì hablaba de aquella manera, aún había esperanza.

– En determinado momento, ella fue a cambiarse de ropa. Yo me quedé solo y cogí una revista que había en la mesita. La abrí y cayó una fotografía que había entre las páginas. Mostraba el interior de un autocar con los pasajeros acomodados en sus asientos. En posición de guardia, y de espaldas, estaba Beba con una sartén en la mano.

– Cuando regresó, ¿le preguntaste en qué ocasión…?

– No. Me pareció, ¿cómo diría?, indiscreto. Volví a dejar la fotografía en su sitio, y ya está.

– ¿Por qué me lo cuentas?

– Se me ha ocurrido una idea. Si, en el transcurso de estos viajes, se hacen fotografías de recuerdo, es posible que haya alguna por ahí correspondiente a la excursión a Tindari, esa en la que participaron los Griffo. Si existen esas fotografías, puede que se consiguiera averiguar algo, aunque, en realidad, no sé qué podría ser.

No se podía negar que Augello había tenido una salida ingeniosa. Y no cabía duda de que esperaba una palabra de alabanza. Que no recibió. Fría y desvergonzadamente, el comisario no le quiso dar esa satisfacción. Muy al contrario.

– Mimì, ¿has leído la novela?

– ¿Qué novela?

– Si no me equivoco, junto con las cartas, te entregué una especie de novela que Sanfilippo…

– No, aún no la he leído.

– ¿Por qué?

– ¿Cómo que por qué? ¡Si me estoy quemando las pestañas con aquellas cartas! Antes de leer la novela, quiero saber si he acertado en la identificación de la amante de Sanfilippo.

Mimì se levantó.

– ¿Adónde vas?

– Tengo un compromiso.

– Mimì, esto no es un hotel en el que…

– Le prometí a Beba que la llevaría a…

– Bueno, bueno. Por esta vez, puedes ir -dijo Montalbano, concediéndole magnánimamente permiso.

– ¿Oiga? ¿La empresa Malaspina? Soy el comisario Montalbano. ¿Está el conductor Tortorici?

– Acaba de regresar ahora mismo. Está aquí, a mi lado. Se lo paso.

– Buenas tardes, señor comisario -dijo Tortorici.

– Perdone que lo moleste, pero necesito una información.

– A sus órdenes.

– ¿Podría decirme si, durante las excursiones, se toman fotografías?

– Bueno, sí… pero…

Parecía perplejo y hablaba con un leve tartamudeo.

– ¿Se hacen fotografías sí o no?

– Per… perdone, señor comisario. ¿Lo puedo llamar yo dentro de cinco minutos como máximo?

Llamó cuando aún no habían transcurrido ni cinco minutos.

– Comisario, le pido nuevamente perdón, pero no podía hablar delante del jefe.

– ¿Por qué?

– Verá usted, señor comisario, la paga es muy baja.

– ¿Y eso qué tiene que ver?