Выбрать главу

– ¡Abran! ¡Policía!

Se quedó definitivamente estupefacto. Pero ¿la policía no era él?

Abrió y se quedó horrorizado. Lo primero que vio fue a Mimì Augello en correcta posición de disparo (piernas flexionadas, trasero ligeramente proyectado hacia atrás, brazos extendidos, ambas manos en la culata de la pistola); a su espalda, a la señora Concetta Burgio, viuda de Lo Mascolo, y, detrás de ellos, una muchedumbre que se apretujaba no sólo en el rellano sino también en los tramos de escalera que conducían a los pisos superiores e inferiores. De un solo vistazo, reconoció a la familia Crucillà al completo (el padre, Stefano, jubilado, en camisa de dormir; su señora, con un albornoz de rizo; la hija, Samanta sin hache intercalada, con un provocador jersey largo; el señor Mistretta, en calzoncillos, camiseta e, inexplicablemente, con la deformada bolsa negra en una mano; Pasqualino de Dominicis, el chavalillo pirómano, entre su papaíto, Guido, en pijama, y su mamaíta, Gina, enfundada en un vaporoso y anticuado picardía.

Al ver al comisario, ocurrieron dos fenómenos: el tiempo se detuvo y todos se quedaron petrificados. De ello se aprovechó la señora Concetta Burgio, viuda de Lo Mascolo, para improvisar en tono dramático un monólogo didáctico-explicativo.

– ¡María, María, María, pero qué susto tan grande me he llevado! ¡Justo cuando me acababa de dormir, de repente, me pareció oír la sinfonía de cuando el difunto vivía! ¡La puta que decía «ah, ah, ah, ah» y él que gruñía como un puerco! ¡Exactamente igual que las otras veces! Pero ¿cómo, un fantasma vuelve a su casa con una puta? ¿Y se pone, con perdón, a follar como cuando estaba vivo? ¡Helada me quedé! ¡Muerta de miedo! Entonces llamé a los guardias. Cualquier cosa me habría podido imaginar menos que se tratara del señor comisario que había venido aquí a hacer lo que le daba la gana. ¡Todo me lo habría podido imaginar!

La conclusión a la que había llegado la señora Concetta Burgio, viuda de Lo Mascolo -que era la misma de todos los presentes-, se basaba en una lógica férrea. Montalbano, ya totalmente pasmado, no tuvo fuerzas para reaccionar. Se quedó en la puerta, paralizado. Quien reaccionó fue Mimì Augello, que, tras haberse guardado la pistola en el bolsillo, empujó violentamente al comisario hacia el interior del apartamento mientras empezaba a dar tales voces que todos los vecinos emprendieron una precipitada huida.

– ¡Basta! ¡Váyanse a dormir! ¡Circulen! ¡No hay nada que ver!

Después cerró la puerta a su espalda y, con la cara ensombrecida por la furia, avanzó hacia el comisario.

– ¡Pero cómo cono se te ha ocurrido venir aquí con una mujer! Hazla salir, a ver cómo la sacamos del edificio sin provocar otro alboroto.

Montalbano no contestó. Se dirigió al dormitorio seguido de Mimì.

– ¿Se ha escondido en el cuarto de baño? -preguntó Augello.

El comisario puso nuevamente en marcha el vídeo, pero bajó el volumen.

– Aquí tienes a la mujer -dijo.

Se sentó en el borde de la cama. Augello contempló la pantalla del televisor y después se dejó caer de golpe en una silla.

– ¿Cómo es posible que no se me haya ocurrido antes?

Montalbano paró la cinta.

– Mimì, la verdad es que tanto tú como yo nos hemos tomado las muertes de los viejecitos y la de Sanfilippo a la ligera, olvidando ciertas cosas que hubiéramos tenido que hacer. A lo mejor, es que tenemos la cabeza distraída con otros pensamientos. Estamos más ocupados en nuestros asuntos que en las investigaciones. Asunto cerrado. Vámonos. ¿Te has preguntado alguna vez por qué razón Sanfilippo había introducido en su ordenador el epistolario con su amante?

– No, pero, puesto que él trabajaba con ordenadores…

– Mimì, ¿tú has recibido alguna vez cartas de amor?

– Por supuesto.

– ¿Y qué hiciste con ellas?

– Algunas las guardé y otras no.

– ¿Por qué?

– Porque algunas eran importantes y…

– Alto ahí. Has dicho «importantes». Por el contenido, naturalmente, pero quizá también por cómo estaban escritas, por la grafía, los errores, las tachaduras, las mayúsculas, los puntos y aparte, el color del papel, la dirección del sobre… En resumen, contemplando aquella carta, te era fácil evocar a la persona que la había escrito. ¿Es verdad, sí o no?

– Es verdad.

– Pero, si tú la introduces en un ordenador, la carta pierde valor, puede que no todo el valor, pero sí una buena parte. Pierde incluso el valor de prueba.

– ¿En qué sentido, y perdona que te lo pregunte?

– En el sentido de que ni siquiera puedes pedir a un perito un informe caligráfico. Pero, de todos modos, tener una copia de las cartas a través de la impresora del ordenador siempre es mejor que nada.

– Perdona, pero no te entiendo.

– Supongamos que la amistad de Sanfilippo fuera una amistad peligrosa, no a lo Laclos, naturalmente…

– ¿Quién es ese Laclos?

– Dejémoslo. Decía peligrosa en el sentido de que, de haberse descubierto, habría podido terminar fatal, con un asesinato. «Quizá -debió de pensar Sanfilippo-, si nos descubren, la entrega del epistolario original nos podrá salvar la vida.» Resumiendo, él introduce el texto de las cartas en el ordenador y deja el paquete de las originales bien a la vista, listo para el intercambio.

– Que, sin embargo, no se produjo, pues las cartas originales han desaparecido y a él lo han matado de todas maneras.

– Ya. Pero yoestoy seguro de una cosa: de que Sanfilippo infravaloró el peligro que corría manteniendo aquella relación, a pesar de saber que lo corría. Tengo la impresión, sólo la impresión, que conste, de que no se trata sólo de la posible venganza de un marido cornudo. Pero sigamos. He pensado: si Sanfilippo se priva de las posibilidades de evocación que ofrece una carta autógrafa, ¿cómo es posible que de su amante no haya conservado ni siquiera una fotografía, una imagen? Y entonces me acordé de los videocasetes que se guardaban aquí.

– Y viniste a verlos.

– Sí, pero olvidé que, en cuanto empiezo a mirar una película porno, me entra sueño. Estaba viendo las que él mismo había grabado aquí dentro con distintas mujeres. Pero no creo que fuera tan tonto.

– Y eso, ¿qué quiere decir?

– Quiere decir que habrá tomado precauciones para evitar que un extraño descubriera inmediatamente quién es ella.

– Salvo, puede que sea el cansancio, pero…

– Mimì, las cintas son treinta y hay que verlas todas.

– ¡¿Todas?!

– Sí, y te explico por qué. Las cintas son de tres tipos. Las grabadas por Sanfilippo, que dan fe de sus hazañas con cinco mujeres distintas. Quince son videocasetes porno adquiridos en algún sitio. Diez son de películas americanas, vídeos de videoclub. Tal como te he dicho, hay que verlas todas.

– Sigo sin comprender por qué tenemos que perder tanto tiempo. Sobre las cintas en venta en el mercado, tanto de películas normales como porno, no se puede volver a grabar.

– En eso te equivocas. Basta manipular el casete de una determinada manera, me lo explicó tiempo atrás Nicolò Zito. Mira, puede que Sanfilippo recurriera a este sistema: coge la cinta de una película, supongamos que Cleopatra, la pasa por espacio de un cuarto de hora, pulsa el «stop» y después empieza a grabarle encima lo que quiere. ¿Qué ocurre? Que un extraño introduce la cinta en el vídeo, cree que es la película Cleopatra, la para, la quita y pone otra. Pero allí es justamente donde se encuentra lo que busca. ¿Está claro?