Como no le parara enseguida los pies, aquél era capaz de contarle la vida y milagros de su amigo Cicco de Cicco.
– Oye, Catarè, la historia me la contarás después. ¿A qué hora suele ir al despacho?
– De Cicco llega al despacho allá a las nueve. Digamos dentro de un par de horas.
– Este De Cicco es el del departamento fotográfico, ¿verdad?
– Sí, dottori.
– Tendrías que hacerme un favor: telefonear a De Cicco y ponerte de acuerdo con él. Esta mañana le tienes que llevar una…
– No se la puedo llevar, dottori.
– ¿Por qué?
– Si usía quiere, yo la cosa se la llevo de todos modos, pero De Cicco de seguro segurísimo que esta mañana no estará. Me lo dijo De Cicco personalmente anoche cuando me llamó.
– ¿Dónde está?
– En Montelusa. En la Jefatura Superior. Pero están todos reunidos.
– ¿Qué tienen que hacer?
– El señor jefe superior ha hecho venir de Roma a un gran crimininilólogo que les tiene que dar una lección.
– ¿Una lección?
– Sí, dottori. De Cicco me ha dicho que la lección será sobre lo que tienen que hacer si por casualidad tienen que hacer un pipí.
Montalbano se quedó de una pieza.
– ¡Pero qué me dices, Catarè!
– Se lo juro, dottori.
En aquel momento, el comisario experimentó un repentino relámpago de comprensión.
– Catarè, no es un pipí sino, en todo caso, un pepea, PPA. Que significa «probable perfil del agresor». ¿Has entendido?
– No, dottori. Pero ¿qué tengo que llevarle a De Cicco?
– Una fotografía. Necesitaba que me hiciera unas ampliaciones.
En el otro extremo de la línea hubo una pausa.
– Oye, Catarè, ¿estás ahí?
– Sí, dottori, no me he movido. Sigo aquí. Estoy pensando.
Transcurrieron tres minutos largos.
– Mire, dottori, que, si usted me trae la foto, yo voy y la «esconio».
– ¿Y por qué quieres escoñarme la foto? ¿O es que quieres escoñarme a mí?
– No, dottori, no quiero «esconiarlo» a usted sino la fotografía.
– A ver si lo entiendo, Catarè. ¿Te refieres acaso al ordenador?
– Sí, dottori. Y si no la «esconio» yo, porque se necesita un «esconiador» auténticamente bueno, se la llevo a un amigo de confianza.
– De acuerdo, gracias. Nos vemos dentro de poco.
Colgó, e inmediatamente sonó el teléfono.
– ¡Eureka! ¡Eureka!
Era Mimì Augello, exultante.
– He acertado de lleno, Salvo. Espérame. Dentro de un cuarto de hora estoy contigo. ¿Funciona tu vídeo?
– Sí. Pero no hace falta que me lo enseñes, Mimì. Tú ya sabes que estas cosas porno me ponen de mal humor y me aburren.
– Pero es que esto no es material porno, Salvo.
Colgó, e inmediatamente sonó el teléfono.
– ¡Por fin!
Era Livia. Sin embargo, aquel «¡Por fin!» no se había pronunciado con alegría, sino con absoluta frialdad. La aguja del barómetro personal de Montalbano empezó a oscilar hacia la indicación de «temporal».
– ¡Livia! ¡Qué agradable sorpresa!
– ¿Estás seguro de que es tan agradable?
– ¿Y por qué no tendría que serlo?
– Porque hace un montón de días que no tengo noticias tuyas. ¡Que no te dignas hacerme una llamada! Yo te he telefoneado una y otra vez, pero nunca estás en casa.
– Me podías haber llamado al despacho.
– Salvo, ya sabes que no me gusta llamarte allí. Para tener noticias tuyas, ¿sabes qué he hecho?
– No. Dímelo.
– He comprado el Giornale di Sicilia. ¿Lo has leído?
– No. ¿Qué dice?
– Que estás bregando nada menos que con tres muertes: la de un anciano matrimonio y la de un veinteañero. El periodista dejaba entrever que no sabes por dónde vas. En resumen, que estás de capa caída.
Eso podía ser su salvación. Decir que era un desgraciado superado por los tiempos, sin pleno uso de sus facultades mentales. De esa manera, Livia se calmaría y hasta quizá lo compadecería.
– ¡Ay, Livia querida, cuánta verdad hay en eso! Creo que estoy envejeciendo, que mi cerebro ya no es el mismo de antes…
– No, Salvo, tranquilízate. Tu cerebro es el de siempre. Y ahora mismo me lo estás demostrando con esta interpretación de pésimo actor. ¿Quieres que te hagan mimitos? No voy a caer en la trampa, ¿sabes? Te conozco demasiado bien. Llámame. Cuando te sobre tiempo, claro.
Y colgó. ¿Cómo era posible que todas sus conversaciones telefónicas con Livia terminaran en una discusión? No podían seguir así, tendrían que encontrar una solución sin falta.
Se fue a la cocina, llenó la cafetera y la puso sobre el fuego. Mientras esperaba, abrió la cristalera y salió a la galería. Un día que reconfortaba el corazón. Colores claros y cálidos, mar perezoso. Aspiró una profunda bocanada de aire, y en aquel momento sonó de nuevo el teléfono.
– ¿Diga? ¿Diga?
No hubo respuesta, pero el teléfono volvió a sonar. ¿Cómo era posible si lo tenía descolgado? Entonces lo comprendió: no era el teléfono sino el timbre de la puerta.
Era Mimì Augello, más rápido que un piloto de fórmula 1. Estaba en la puerta sin decidirse a entrar, sonriendo de oreja a oreja. Sostenía en la mano un videocasete y lo agitaba bajo las narices del comisario.
– ¿Tú viste La huida, aquella película que…?
– Sí, la vi.
– ¿Y te gustó?
– Bastante.
– Esta versión es mejor.
– Mimì, ¿entras de una vez? Acompáñame a la cocina que el café ya está listo.
Llenó una taza para él y otra para Mimì, que lo había seguido.
– Vamos allá -dijo Augello.
Había apurado el contenido de la taza de un solo trago, quemándose seguramente la garganta, pero tenía demasiada prisa, estaba deseando mostrarle a Montalbano lo que había descubierto y, sobre todo, ufanarse de su intuición. Introdujo la cinta tan emocionado que no se dio cuenta de que la estaba colocando al revés. Después de unos veinte minutos de La huida, que Mimì hizo pasar con avance rápido, había otros cinco borrados, sólo se veían unos puntitos blancos que saltaban y se oía el sonido, que chirriaba. Mimì lo quitó del todo.
– Me parece que no hablan.
– ¿Qué significa que te parece?
– Es que la cinta no la he visto seguida. He ido saltando.
De pronto, apareció una imagen. Una cama de matrimonio con una sábana blanca y dos almohadas colocadas a modo de cabezal, una de ellas apoyada directamente contra la pared de color verde claro. Se veían también dos mesitas de noche muy elegantes, de madera clara. No era el dormitorio de Sanfilippo. A lo largo de otro minuto no ocurrió nada, pero era evidente que el que manejaba la cámara estaba buscando el enfoque apropiado, todo aquel blanco deslumbraba. La pantalla se quedó a oscuras. Después apareció de nuevo el mismo encuadre, pero más de cerca, las mesitas de noche no se veían. Esta vez en la cama había una treintañera completamente desnuda, espléndidamente bronceada y filmada de cuerpo entero. La depilación destacaba porque allí la piel parecía de marfil, evidentemente protegida de los rayos del sol por un tanga. En cuanto la vio, el comisario experimentó una sacudida. ¡La conocía, seguro! ¿Dónde se habían visto? Un segundo después rectificó: no, no la conocía, pero, en cierto modo, ya la había visto. En las páginas de un libro, en una reproducción. Porque la mujer, con sus larguísimas piernas y la pelvis sobre la cama, el resto del cuerpo levantado sobre las almohadas, ligeramente inclinada hacia la izquierda y con las manos cruzadas detrás de la cabeza, era la viva imagen de La maja desnuda de Goya. Pero no era sólo la postura la causa de la impresión errónea de Montalbano: la desconocida iba peinada como la maja, pero aquí la mujer esbozaba una leve sonrisa.