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– ¿Y qué quieres que piense, Salvo? Más claro que eso… El profesor Ingrò descubre de alguna manera la aventura y manda asesinar al chaval.

– ¿Y por qué no también a ella?

– Porque se habría armado un tremendo escándalo de carácter internacional. Y él no puede tener en su vida privada ninguna sombra capaz de provocar una reducción de sus ingresos.

– Pero ¿acaso no es rico?

– Riquísimo. O, por lo menos, lo podría ser si no tuviera una manía que le cuesta un montón de dinero.

– ¿Juega?

– No, no juega. Quizá por Navidad o al siete y medio. No, tiene la manía de los cuadros. Dicen que en las cámaras acorazadas de muchos bancos hay depositados cuadros suyos de inmenso valor. Delante de un cuadro que le gusta, no resiste la tentación. Sería capaz de mandar robarlo. Una mala lengua me ha dicho que, si el propietario de un Degas le propusiera intercambiarlo por Vanja, su mujer, aceptaría sin dudar. ¿Qué te ocurre, Salvo? ¿No me escuchas?

Augello se había percatado de que su jefe tenía la cabeza en otro sitio. En efecto, el comisario se estaba preguntando por qué razón, en cuanto se mencionaba o se veía a Vanja Titulescu, siempre salía algo relacionado con la pintura.

– Entonces me parece haber comprendido -dijo Montalbano- que, a tu juicio, el instigador del homicidio de Sanfilippo es el médico.

– ¿Quién si no?

El pensamiento del comisario voló hacia la fotografía que aún se encontraba encima de la mesita de noche. Pero enseguida abandonó aquel pensamiento, pues primero tenía que escuchar la respuesta de Catarella, el nuevo oráculo.

– ¿Me dices de una vez qué es eso que tenemos que hacer esta noche? -preguntó Augello.

– ¿Esta noche? Nada, vamos a buscar al nietecito adorado de Balduccio Sinagra, Japichinu.

– ¿El prófugo de la justicia? -preguntó Mimì, levantándose de un salto.

– Sí, señor, el mismo.

– ¿Y tú sabes dónde está escondido?

– Todavía no, pero nos lo dirá un cura.

– ¿Un cura? Pero ¿qué coño es esta historia? Ahora me la vas a contar desde el principio sin omitir ningún detalle.

Montalbano se la contó desde el principio sin omitir ningún detalle.

– ¡Virgen santísima! -exclamó Augello al final, sosteniéndose la cabeza entre los puños.

Parecía la ilustración de un manual ochocentista de interpretación teatral correspondiente a la voz «Desasosiego».

Doce

Catarella contempló primero la fotografía tal como hacen los miopes, acercándosela a los ojos, y después, tal como hacen los présbitas, manteniéndola a la distancia de un brazo extendido. Al final, hizo una mueca.

– Dottori, con el «esconiador» que yo tengo de seguro seguramente que no se podrá. Se la he de llevar a mi amigo de confianza.

– ¿Cuánto tardarás?

– Menos de dos horas, dottori.

– Vuelve lo antes que puedas. ¿Quién se quedará en la centralita?

– Galluzzo. Ah, dottori, le quería decir que el señor huérfano le espera desde esta mañana a primera hora porque quiere hablar con usted.

– ¿De qué huérfano hablas?

– Se llama Griffo, ese que le han matado el padre y la madre. Ese que dice que no entiende cómo hablo.

Davide Griffo iba vestido de negro, de luto riguroso. Despeinado, con el traje arrugado y aspecto de persona agotada. Montalbano le tendió la mano y lo invitó a sentarse.

– ¿Lo han mandado llamar para el reconocimiento oficial?

– Sí, por desgracia. Llegué a Montelusa ayer a última hora de la tarde. Me han acompañado a verlos. Después… después regresé al hotel y me tumbé en la cama tal como estaba, no me encontraba bien.

– Lo comprendo.

– ¿Hay alguna novedad, comisario?

– Todavía ninguna.

Se miraron a los ojos, ambos desolados.

– ¿Sabe una cosa? -dijo Davide Griffo-. No es por deseo de venganza por lo que espero con ansia que atrapen a los asesinos. Sólo quisiera comprender por qué lo han hecho.

Era sincero, él también ignoraba cuál era la que Montalbano llamaba «la enfermedad secreta» de sus padres.

– ¿Por qué lo han hecho? -volvió a preguntar Davide Griffo-. ¿Para robar el billetero de papá o el bolso de mamá?

– ¿Eh? -dijo el comisario.

– ¿No lo sabía?

– ¿Que se llevaron el billetero y el bolso? No. Estaba seguro de que encontrarían el bolso bajo el cuerpo de la señora. Y no miré en los bolsillos de su padre. Por otra parte, ni el billetero ni el bolso hubieran tenido importancia.

– ¿Eso es lo que usted cree?

– Por supuesto que sí. Los que han matado a sus padres nos hubieran permitido encontrar posteriormente el billetero y el bolso debidamente aligerados de cualquier cosa que pudiera colocarnos tras sus huellas.

Davide Griffo se perdió en un recuerdo.

– Mi madre no se separaba jamás del bolso, a veces yo le tomaba el pelo por eso. Le preguntaba qué tesoros guardaba en su interior.

De repente, se sintió embargado por la emoción y desde lo más hondo de su pecho surgió una especie de sollozo.

– Discúlpeme. Como me han devuelto sus objetos personales, la ropa, la calderilla que mi padre tenía en el bolsillo, las alianzas matrimoniales, las llaves de la casa… Mire, he venido a verlo para pedirle permiso… en fin, quería preguntarle si puedo entrar en el piso y empezar a hacer el inventario…

– ¿Qué piensa usted hacer con el piso? Era de propiedad, ¿verdad?

– Sí, lo compraron haciendo grandes sacrificios. Lo venderé cuando llegue el momento. Ahora ya no tengo muchos motivos para regresar a Vigàta.

Otro sollozo reprimido.

– ¿Sus padres tenían otras propiedades?

– Nada de nada, que yo sepa. Vivían de sus pensiones. Mi padre tenía una libreta postal, donde le ingresaban su pensión y la de mi madre… Pero, a final de mes, les quedaba muy poco para ahorrar.

– No creo haber visto esa libreta.

– ¿No estaba? ¿Ha mirado bien en el sitio donde mi padre guardaba sus papeles?

– No estaba. Yo mismo lo examiné todo cuidadosamente. A lo mejor, se la llevaron junto con el billetero y el bolso.

– Pero ¿por qué? ¿Qué van a hacer con una libreta postal que no podrán utilizar? ¡Es un trozo de papel inútil!

El comisario se levantó. Davide Griffo imitó su ejemplo.

– No tengo ningún inconveniente en que vaya usted al apartamento de sus padres. Al contrario. Si usted encontrara entre los papeles algo que… -Interrumpió la frase de golpe. Davide Griffo lo miró con expresión inquisitiva-. Disculpe un momento -dijo el comisario.

Abandonó el despacho soltando mentalmente unas maldiciones, pues se había percatado de que los papeles de los Griffo se encontraban todavía en la comisaría, adonde él los había llevado desde su casa. En efecto, la bolsa de plástico aún estaba en el trastero. No le parecía correcto entregar al hijo los recuerdos familiares en aquel paquete. Buscó en el trastero, no encontró nada que pudiera utilizar, ni una caja de cartón ni una bolsa más aceptable. Se resignó.

Davide Griffo lo miró estupefacto mientras él depositaba a sus pies la bolsa de la basura.

– La cogí en casa de sus padres para guardar en ella los papeles. Si quiere, se los envío a través de uno de mis…

– No, gracias. Llevo el coche -dijo el otro en tono circunspecto.

No se lo había querido decir al huérfano, tal como lo llamaba Catarella (por cierto, ¿cuándo se había ido?), pero había un motivo para la desaparición de la libreta postal. Un motivo muy importante: que no se supiera a cuánto ascendía el saldo de la libreta. La suma contenida en la libreta podía ser el síntoma de aquella enfermedad secreta que posteriormente había obligado al médico concienzudo a intervenir. Sólo era una hipótesis, desde luego, pero se tenía que comprobar. Llamó al suplente Tommaseo y se pasó aproximadamente media hora venciendo las resistencias formales que éste oponía. Al final, Tommaseo prometió actuar de inmediato.