– ¡No! ¡No! ¡Esto no!
Se sostenía el rostro entre las manos y la sangre que manaba de la nariz rota le resbalaba entre los dedos. Montalbano levantó el otro pie.
– Ya basta -dijo una voz a su espalda.
Se volvió de golpe. Vio en la puerta a Augello y Fazio, armados con sendas pistolas. Se miraron a los ojos, se entendieron y empezó el teatro.
– Policía -dijo Mimì.
– ¡Te hemos visto entrar, miserable! -dijo Fazio.
– Lo querías matar, ¿eh? -preguntó Mimì.
– Arroja la pistola -ordenó Fazio.
– ¡No! -gritó el comisario. Agarró por el cabello a Ingrò, lo obligó a levantarse y le apuntó a la sien con la pistola-. Si no os vais, lo mato.
Es cierto que la escena se había visto mil veces en algunas películas americanas, pero, bien mirado, daba gusto ver cómo la estaban improvisando. En aquel momento, como en un guión, le correspondía hablar a Ingrò.
– ¡No os vayáis! -suplicó éste-. ¡Os lo diré todo! ¡Confesaré! ¡Salvadme!
Fazio pegó un brinco y sujetó a Montalbano mientras Augello inmovilizaba a Ingrò. Fazio y el comisario fingieron forcejear y, al final, el primero ganó la partida. Augello se hizo cargo de la situación.
– ¡Colócale las esposas! -ordenó.
Pero el comisario aún tenía que dar otras órdenes, era absolutamente necesario que se pusieran de acuerdo y siguieran una línea de actuación común. Agarró por la muñeca a Fazio, el cual se dejó desarmar como si lo hubiera pillado por sorpresa. Montalbano efectuó un disparo ensordecedor y huyó. Augello se libró del profesor, que se había agarrado a sus hombros llorando, y salió en persecución del comisario. Montalbano ya había llegado al final de la escalera cuando tropezó con el último peldaño y cayó boca abajo. Se le escapó un disparo. Sin dejar de gritar «alto o disparo», Mimì lo ayudó a levantarse. Salieron de la casa.
– Se ha cagado de miedo. Está hecho polvo -dijo Mimì.
– Muy bien -dijo Montalbano-. Llevadlo a la Jefatura Superior de Montelusa. Por el camino, os detendréis para mirar a vuestro alrededor, como si temierais una emboscada. Cuando se encuentre en presencia del jefe superior, deberá confesarlo todo.
– ¿Y tú?
– Yo me he escapado -contestó el comisario, efectuando un disparo al aire de propina.
Iba otra vez hacia Marinella, pero se lo pensó mejor, dio media vuelta con el coche y se dirigió a Montelusa. Tomó el cinturón de ronda y se detuvo delante del número 38 de Via de Gasperi. Allí vivía su amigo, el periodista Nicolò Zito. Antes de apretar el timbre del portero electrónico, consultó el reloj. Eran casi las cinco de la madrugada. Tuvo que llamar tres veces y largo rato antes de oír la voz de Zito, medio enfurecida y medio adormilada.
– Soy Montalbano. Tengo que hablar contigo.
– Espera que bajo yo; si no, me vas a despertar a toda la casa.
Poco después, sentado en un peldaño, Montalbano se lo contó todo mientras Zito lo interrumpía de vez en cuando.
– Espera, por Dios -le decía.
Necesitaba alguna pausa, el relato le estaba cortando la respiración y lo asfixiaba.
– ¿Qué tengo que hacer? -preguntó cuando el comisario hubo terminado.
– Esta misma mañana harás una edición extraordinaria. No concretes demasiado. Dices que el profesor se ha entregado porque, al parecer, está implicado en un siniestro caso de tráfico de órganos… Tienes que magnificar la noticia para que ésta llegue a los periódicos, a las cadenas nacionales.
– ¿De qué tienes miedo?
– De que lo silencien todo. Ingrò tiene amigos muy importantes. Y otro favor: en la edición de la una, saca otra historia; di, manteniéndote también en el plano de la vaguedad, que corren rumores de que el prófugo de la justicia Jacopo Sinagra, llamado Japichinu, ha sido asesinado. Al parecer, formaba parte de la organización que tenía a sus órdenes al profesor Ingrò.
– Pero ¿es verdad?
– Creo que sí. Y estoy casi seguro de que éste es el motivo de que su abuelo Balduccio Sinagra lo haya hecho matar. No por escrúpulos morales, que conste, sino porque su nieto, gracias a su alianza con la nueva mafia, habría podido liquidarlo cuando quisiera.
Eran las siete de la mañana cuando finalmente se pudo ir a dormir. Había decidido pasarse toda la mañana durmiendo. Por la tarde iría a Palermo a recoger a Livia a su llegada de Génova. Consiguió dormir un par de horas, pero después lo despertó el teléfono. Era Mimì. Pero fue él quien habló primero.
– ¿Por qué me habéis seguido esta noche a pesar de que yo…?
– … ¿de que tú intentaste tomarnos el pelo? -replicó Augello, terminando la frase-. Pero Salvo, ¿cómo se te puede pasar por la cabeza que Fazio y yo no adivinemos lo que piensas? Le ordené a Fazio que no se alejara de las inmediaciones de la casa, a pesar de que era una contraorden. Más tarde o más temprano, tú aparecerías. Y, cuando saliste de casa, yo te seguí. Creo que hicimos bien.
Montalbano lo encajó y cambió de tema.
– ¿Qué tal ha ido?
– Un follón que no veas, Salvo. Han venido todos corriendo, el jefe superior, el fiscal jefe… Y el profesor que no paraba de hablar… No conseguían hacerlo callar… Nos vemos después en la comisaría y te lo cuento todo.
– Mi nombre no ha sido mencionado para nada, ¿verdad?
– No, quédate tranquilo. Hemos explicado que pasábamos casualmente por delante de la casa, vimos la verja y la puerta principal abiertas y sospechamos algo. Por desgracia, el criminal ha conseguido escapar. Nos vemos luego.
– Hoy no iré al despacho.
– El caso es -dijo azorado Mimì- que yo mañana no estaré.
– ¿Adónde vas?
– A Tindari. Puesto que Beba tiene que ir para su trabajo de costumbre…
Aquél era capaz de comprarse una batería de cocina durante el viaje.
De Tindari, Montalbano recordaba el pequeño y misterioso teatro griego y la playa en forma de mano con dedos de color rosa… Si Livia se quedara unos cuantos días, quizá pudieran hacer una excursión a Tindari.
Nota del autor
Todo el contenido de este libro, nombres, apellidos (sobre todo, apellidos), situaciones, es absolutamente inventado. Si hubiera alguna coincidencia, ello se debe a que mi fantasía es limitada.
Este libro está dedicado a Orazio Costa, mi maestro y amigo.
Andrea Camilleri