– Ahora, mi amigo, será mejor que regrese a su casa. Sabremos volver solos.
Por un momento, el señor Valli arrastró los pies. Quería preguntar dónde se encontraba el cadáver, ya que la valija que monseñor Domani llevaba era demasiado pequeña para contener un muerto. Por supuesto, a menos que se tratase de alguna clase de animal, un perro, por ejemplo, pero aquél era el lugar de descanso de seres humanos, por lo que no podía haber confusión. Miró la valija una vez más y se dio cuenta de que respiraba. Por supuesto, era imposible, y lo atribuyó a la botella de Chianti que había bebido durante la cena. La miró mejor y vio que no sólo respiraba, sino que suspiraba, jadeaba y latía y, de pronto, tuvo la espantosa sospecha de que contenía un ser viviente. Por la médula le corrió frío hasta los muslos que se estremecieron, cosa que siempre le sucedía cuando tenía miedo, incluso durante la guerra. Trató de razonar. Era obvio que dos personajes tan distinguidos no podían tener encerrado, dentro de una valija, un corazón que siguiese vivo y latiendo. Los protestantes no serían capaces de una cosa semejante.
– ¿Qué está esperando? ¡Váyase! -le gritó monseñor Domani, muy nervioso.
El señor Valli consiguió levantar los pies del suelo, y se alejó al trote. Había algo a lo que nunca había podido resistir: la curiosidad. En estos días sucedían muchas cosas extrañas: platos voladores, etc. Era bastante probable que estuviesen enterrando a algún hombrecito espacial, color verde, muerto del susto sufrido al llegar a la tierra. Posiblemente se tratase de algo científico. Algún ser que vivía al revés y moría al revés, respirando cuando estaba muerto. Por lo tanto era completamente normal y no había nada de qué preocuparse. En cuanto estuvo fuera de vista, regresó y se escondió detrás de un arbusto.
Lo que vio, sobrepasó en forma absoluta a cualquier razonamiento y explicación posible, y se sintió aun más perturbado que cuando dos años atrás encontró a su hija en la cama con un negro norteamericano. Y por querer satisfacer la curiosidad, sólo consiguió un interrogante tan punzante que durante meses permaneció melancólico e irritable. Se despertaba en la mitad de la noche, pronunciando palabras de indignación y de protesta.
Monseñor Domani seguía de pie sosteniendo la valija hasta que se la alcanzó al padre Busch haciendo un gesto casi suplicante.
– Por favor, no puedo.
El padre Busch tomó la valija y la abrió. Apenas había terminado de hacerlo, cuando del interior salió rebotando una pelotita blanca perlada ligeramente fosforescente, que continuó saltando arriba y abajo al borde de la tumba.
Luego el padre Busch extrajo otros objetos. Eran cosas comunes salvo que tenían un color blanco perlado; toda clase de gadgeti, del tipo de los que los norteamericanos llevan consigo a todas partes, una afeitadora eléctrica, un cepillo de dientes eléctrico, algo que parecía ser un encendedor. El padre Busch extendió la mano y se apoderó de la pelotita. La sostuvo firmemente, pero su brazo empezó a moverse de arriba a abajo en forma regular, como si todo fuera provocado por los efectos de alguna fuerza especial. Y en cuanto a lo que sucedió después… Fue bastante simple: el señor Valli tuvo la convicción calma, casi serena, de que se estaba volviendo loco, y de que no era posible que estuviera viendo lo que creía estar viendo.
El padre Busch se inclinó sobre la tierra abierta y arrojó allí dentro todos los gadgeti. Luego el padre Busch y monseñor Domani tomaron las palas y llenaron de tierra la tumba. Fue suficiente para que el señor Valli saliera corriendo a buscar una botella de Chianti. Luego ambos sacerdotes se arrodillaron y comenzaron a orar, con un fervor tan profundo e implorante, que parecía que estaban rezando por todas las almas del mundo entero, y por las de la tierra también. El señor Valli abrió la boca, emitió un sonido breve y agudo, totalmente desproporcionado para la medida de su orificio bucal, y luego, dándole la espalda a algo de lo que nunca volvió a estar seguro de haber visto, mientras apoyaba una mano sobre el corazón y otra sobre la frente, se alejó tambaleándose; las rodillas le temblaban y tenía una idea fija en la cabeza: regresar junto a su mujer y sus hijos y llamar al médico.
17
El 3 de mayo llovía. Mathieu había pasado un día lúgubre garabateando en el pizarrón. No estaba inspirado; se sentía vacío de esa clase de excitación casi premonitoria que invariablemente precede al nacimiento de una nueva idea: ninguna chispa anticipada. Sobre el pizarrón, las fórmulas tomaban cualquier dirección, pero eran el arte por el arte mismo; un deleite puramente estético. No conducían a ninguna parte, no irrumpían sobre nuevas tierras. Eran hábiles fuegos de artificio matemáticos, simples pinchazos que dejaban al universo tan firmemente atrincherado como antes. Un frustrante e inofensivo juego de lo desconocido. La lluvia azotaba a París. A las 17, Mathieu se cubrió la cabeza con el impermeable y atravesó la calle corriendo en busca de una taza de café. Le era más difícil interrumpir el trabajo cuando andaba mal, que cuando era verdaderamente creativo y compensatorio. El alejarse del pizarrón con las manos vacías, le deparaba un enojoso sentimiento de derrota. Bebió rápidamente el café humeante, ansioso por regresar para asestarle otro golpe al "obscuro bastardo", como llamaba al universo en los momentos de impotencia, cuando lo desconocido le tornaba la espalda desdeñoso al aventurero, y el osado conquistador se volvía un simple merodeador.
En el momento en que salió del café diluviaba. Llevaba el impermeable sobre la cabeza. Entonces lo agarraron de un brazo y lo empujaron hacia adelante, hasta que se encontró luchando con el maldito impermeable dentro de un automóvil, que corría velozmente.
– Nom de Dieu…
Se quedó en silencio.
Sentado junto a él estaba Starr que tenía un portafolio sobre las rodillas y miraba hacia adelante. Tenía la cara tan hundida que parecía una cobra.
– Lo siento, profesor, pero no tuve tiempo para delicadezas.
– ¿Adonde vamos?
– Es exactamente lo que nosotros queremos que usted nos diga.
Abrió el portafolio y tiró sobre las rodillas de Mathieu un fajo de fotografías.
– Mírelas bien. Son las últimas fotografías (datan de hace tres días) que nuestro satélite cosechó en China. En la provincia de Sinkiang. Debo también confesarle que el gobierno de los Estados Unidos está… bueno… "aterrorizado" sería una palabra indigna. Por lo tanto digamos… un poco preocupado.
Veía solamente el perfil de Starr, lo que no era mucho, de rasgos pequeños y hundidos. Pero en la misma falta de expresión había algo mortal.
– Allez vous faire foutre. Váyase a la mierda.
– Usted debe saber, señor Mathieu, que tiene mucha suerte. Tiene suerte de que yo no sea un idealista. Si lo fuera, hace tiempo que le hubiera metido una bala en su admirable cerebro. Por supuesto usted puede negarse a darnos su opinión, sin embargo es mejor que le advierta… Por primera vez en mi carrera, se me ha dado carta blanca.
Mathieu miró las fotografías. Mostraban miles de colmenas. Eran los exhaladores. Pero lo que atrajo su atención inmediatamente fue que estaban interconectados y que en el centro había una construcción escondida, no muy diferente del reactor "urraca" de Courcelles, actualmente en desuso. El automóvil se deslizaba bajo la lluvia torrencial, Mathieu continuó mirando durante un rato la construcción escondida, y sintió nauseas. Una sensación de "por supuesto, ¿qué es lo que esperabas?".
"Codiciosos idiotas", pensó. Era más que una locura de mega-energía: era un ciego salto de rana a lo desconocido. No había manera de manejar la acumulación de energía. Los chinos estaban ensayando la concentración y la manipulación de la energía, más allá de todo cálculo o control.
– ¿Qué es exactamente lo que quiere saber, coronel?
– Realmente, no mucho más. Su cara ha sido bastante expresiva.