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Se sintió tan asustado que esto casi lo desembriagó. Pero May estaba muy tranquila. Sentada, quieta, las manos sobre el volante. La máquina vibraba suavemente. Miraba hacia adelante, totalmente distraída. El aire era frío y desde los jardines del viejo castillo llegaba un olor de mimosas.

– Continúa, Marc -le insinuó-. Estoy escuchando.

– ¿Volverás a sentirte trastornada?

– ¿Acaso parezco trastornada?

– No. Estás madurando.

– Sí, sí. Continúa.

– Fue una noche extraordinaria, May. Siempre llega un momento en que el científico sabe que ha alcanzado la cima: nunca otra vez, y nunca más arriba… Sucedió eso. En toda mi vida nunca me sentí tan creador… Por lo tanto… No sé… Un sentimiento de logro supremo, de maestría. Hace años que todos han estado buscando la manera de "descomponer" la exhalación, de subdividirla, la condición sine qua non para controlarla totalmente. Y yo la había encontrado. Pero entonces, mientras estaba allí, de pie, limpiándome la tiza de las manos, revisando los signos del pizarrón y escuchando la perfecta… armonía en mi cabeza… de improviso, hubo una nota más. Una nueva apertura, una nueva posibilidad. Lo que hasta ese momento había conseguido era el control… Pero lo que veía ahora era la posibilidad de llevar las cosas más allá, de ir hasta el final… La fisión… dividir la exhalación. Recuerdo a Fermi, a Oppenheimer… No puedo decir que seguí los pasos de ellos, pero el proceso de conquista fue el mismo: Puede lograrse; por lo tanto hay que hacerlo… Y lo hice. May, la fisión de la exhalación tiene un poder de destrucción aproximadamente un billón de veces más fuerte que el de la bomba más poderosa que jamás se haya fabricado. En realidad parece imposible ponerle límite a su destructividad. La exha es potencialmente la fuerza más peligrosa, la más devastadora de toda la creación, de acuerdo a lo que hasta ahora se conoce y que es accesible al hombre. Lo que constituye exactamente lo que han dicho los poetas más grandes del mundo; pero ahora ha dejado de ser mitología, o palabras, o brillanteces filosóficas. Ahora es una técnica.

Parecía que May lo escuchaba indiferente, mientras miraba el paisaje -viejos olivares, viejas piedras y la acostumbrada capilla barroca a lo lejos, ruinas italianas diseminadas al azar- como si fueran los restos de un picnic, abandonados entre las flores. Estaba asombrado, e incluso algo molesto, de que se lo escuchara con tanta frialdad. Ni sorpresa, ni sobresalto, ni entusiasmo. Los ojos de May seguían haciéndole el amor a la capilla iluminada por la luna.

– ¿Qué te sucede? -le preguntó enojado.

– ¿Por qué?

– No pareces interesarte. ¡Diablos! Podías mostrar un poco de entusiasmo. Contigo me estoy malgastando…

Nunca esperó que lo tomara con tanta calma; que lo recibiera tan bien. ¿Y en qué consistía su aire tan compuesto, tan determinado? Sí, por supuesto, May se lo había dicho, "Dios no permitiría que sucediese". La racionalización irracional.

Se quedó callado. Palabras como "manías religiosas" le salían con facilidad, pero durante los últimos meses había empezado a diferenciar el fanatismo de la fe profunda y natural. Era algo que estaba más allá de la ironía. Se relacionaba con alguna comunión muy profunda; con alguna unión fundamental con la naturaleza de las cosas.

– No demuestras ningún orgullo por mi trabajo -le espetó-. Ven: sigamos.

May apoyó el pie con fuerza sobre el viejo Albert y continuó la marcha. Los seguían los ángeles custodios. Mathieu odiaba su presencia, insistente y autoritaria. A cualquier lado que se dirigiese, zumbaban alrededor de él como moscas.

– Perros guardianes impúdicos. Si al menos conociese una nación pequeña, un país sin poderío energético y suficientemente chico e indecente como para que me ayudase, me iría para allí inmediatamente y les construiría mi lindo juguete. Sólo para ellos -murmuró-. ¿Albania? Es un país chico, simpático y despreciable, también lleno de veneno.

May se dirigió al hotel; se detuvo y bajó del auto.

– Voy a caminar un rato, y sola -le dijo-. Creo que no estás sorprendido.

Veinte minutos después llamó por teléfono a Starr. Se encontró con él a la una de la madrugada, junto a la capilla. En las dos últimas semanas, Francia, Estados Unidos y Rusia habían estado intercambiando ideas no comprometedoras y prudentes sobre el "caso". Al principio sorprendió la ola de deserciones entre el Este y el Oeste. De esas relaciones había empezado a surgir un intercambio cultural. Durante las discretas conversaciones sobre Mathieu, nunca se mencionó a China…

Starr surgió de las sombras y llevaba los dos puños metidos dentro de los bolsillos del impermeable. El tercer puño, su cabeza, conservaba el usual aspecto pétreo. Escuchó. En el aire húmedo de los jardines de San Marino había luciérnagas; el cielo brillaba con fuerza.

– Emplear el alma humana, y el espíritu inmortal con el propósito de fabricar el arma más destructiva. Se trata de eso, Jack. Y lo cuenta como si se tratase de dividir al átomo… -Aléjate del campo de la metafísica, May. Es la división del átomo. Es fabricar una nueva bomba nuclear, una mejor. Nada más que ciencia pura. No seamos medievales. ¿Estás segura de que nadie sabe nada?

– Segura. Por eso toda esta fuga, tanto alcohol… Ha abandonado la investigación.

– Una decisión muy humanitaria; la contribución más generosa que un científico de sus proporciones le puede ofrecer a sus hermanos de la humanidad. Si fuese cierto, sería merecedor del premio Nobel de Física. Pero, por supuesto, no es cierto. Tarde o temprano, irá a algún lugar para ofrecer la fórmula. Espero que, sea a nuestro país.

– Puede lograrse; por lo tanto hay que hacerlo. Eso es la ciencia, dice. Starr rió.

Un ruiseñor le cantaba a la luna.

– Destrucción y ruiseñores -dijo Starr-. Es una suma de todo. Beethoven, Shakespeare, Oppenheimer, Teller, Kaptiza, Mathieu, Leonardo e Hiroshima. La vieja dicotomía. L'affaire de l'homme… No creo que esta vez debamos correr el riesgo. Parece muy decidido.

– ¿Qué quieres que haga?

– Pase lo que pase quédate junto a Mathieu. Ya sabes cómo comunicarte conmigo. Pediré instrucciones por cable. En estos momentos todos los agentes, rusos o chinos, deben de estar recibiendo las suyas. Pone nervioso a cualquiera. En la balanza del poder es un peso demasiado pesado. La puede inclinar en forma muy peligrosa hacia el Este o hacia el Oeste.

May regresó al hotel caminando. Al día siguiente por la tarde salieron para Asís. El 11 de agosto, a las 18, Mathieu dejó a May sola en la habitación y fue a comprar algunos diarios franceses. En el momento en que atravesaba la calle frente al hotel ocurrió la explosión: un breve estallido ensordecedor que fue seguido por la ruptura de vidrios que cayeron sobre el pavimento. Encontró a May tendida en el suelo, envuelta en la salida de baño, y durante las horas siguientes su mente se transformó en un animal salvaje, que enloquecido daba vueltas y vueltas, demasiado rápido para poder pensar. Recordó la desgarrante sirena de la ambulancia; caras desdibujadas, voces, y recordó haberse peleado, pateado, haber sido sujetado, gritos, y luego la sala del hospital; hombres y mujeres vestidos de blanco; voces suaves; profesionalmente suaves; guantes de goma, plasma, sangre y también una fila de sillas vacías en el corredor y alguien que le decía: -Lo está llamando. Venga por favor.

Entró. Se inclinó mirando la cara pálida mientras mantenía los dedos por encima de las mejillas sin atreverse a tocarla. Se dio cuenta del terror que denotaban los ojos abiertos y los labios se movieron:

– El auto… el auto…