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La miró impotente.

– El auto… Albert… Los cincuenta metros… Por favor… Sácalo de aquí… El auto… Por favor…

Durante unos segundos se quedó helado; enseguida corrió escaleras abajo. El auto estaba en la playa de estacionamiento del hospital. Subió, puso en marcha el motor y miró la aguja del marcador de la energía. Estaba quieta. La playa de estacionamiento estaba a unos cien metros del edificio principal. La aguja seguía quieta. Viva. Está viva. Todavía hay tiempo… Apretó con tal furia el acelerador que el motor se ahogó. Lo intentó de nuevo. La aguja no se movió. Condujo el automóvil en medio del tráfico a una velocidad de locos; lo dejó junto al río y regresó corriendo al hospital.

May aún estaba viva y pudieron salvarla.

Todos aquellos que durante las semanas y los meses siguientes estuvieron ocupados escribiendo informes secretos, llenos de brillantes insinuaciones que analizaban el motivo por el que Mathieu había "desertado", y se había ido al país que menos se esperaba, fueron unánimes en atribuirlo al atentado criminal y al conocido odio que el joven científico abrigaba por todos los poderes políticos y por el gran poder del establishment. Como prueba señalaron los manifiestos que Mathieu había firmado contra el complejo industrial militar, contra el dominio de la fuerza, contra la ley del más fuerte, contra la acumulación de armas nucleares, contra el peso destructivo de las máquinas energéticas de los superestados, el despiadado camino hacia la extinción de todo lo que le saliera al paso y el rehusarse a obedecer. Creían que Mathieu no había elegido a Albania por sus convicciones políticas, sino simplemente porque era la nación más pequeña y estaba atrapada por la fuerza. Desparramaba venenosamente su rabia impotente entre las superpotencias. En consecuencia era débil, llena de odio frustrado y, por lo mismo, la que más probablemente lo ayudaría a fabricar la nueva bomba exha. Sin embargo, esto no explicaba en absoluto la razón que había llevado a Mathieu a fabricar la bomba exha. En el informe que Starr redactó seis semanas antes del alevoso atentado y tres días después de la "deserción" de Mathieu, se mencionaba un motivo que, irónicamente, él denominó una razón más "científica", aunque el sarcasmo de la palabra "científico" se le escapó a la superioridad por completo. "Cualquiera fuese el superficial pretexto", escribió Starr, la razón por la que Mathieu se fue a Albania de ninguna manera ha sido una actitud de la peste en todos lados. Además, políticamente, Albania es una gran aliada de China. En mi opinión, el móvil es una compulsión típicamente científica. Nunca se ha oído decir que un gran científico se detenga y deje de dar lo más que puede, impidiendo así su propia realización, es decir, que abandone la posibilidad de sentirse colmado por otras consideraciones de orden espiritual, éticas, religiosas y humanitarias. Simplemente, Mathieu deseaba fabricar la nueva arma porque, en términos de logro científico y tecnológico, era una meta admirable. En una palabra, una obra de arte. Ya no estaba más en condiciones de resistir su impulso como no lo habían estado Fermi y Oppenheimer cuando, por primera vez, consideraron la posibilidad de fabricar la bomba atómica. Tampoco lo había estado Beethoven cuando sin resignarse al silencio, había volcado sobre el papel toda la música que sonaba dentro de su cabeza. Mathieu fue a Albania en busca de un éxito rotundo. Si llega a conseguirlo, es indudable que experimentará el gozo triunfante que se adivina en las palabras del cable cifrado que Fermi y Oppenheimer enviaron después de la primera explosión atómica: El niño nació satisfactoriamente. Si en este momento se me permite hacer un comentario no militar pienso que si alguna vez el mundo es destruido lo será por un creador".

Hasta el momento de redactar el informe, Starr pensaba que May ignoraba los planes de Mathieu. Había pasado un mes de convalecencia en el lago de Como y Mathieu se le había reunido el 21 de noviembre. La primera información que se había conseguido por intermedio de la policía local indicaba que el 23 de ese mes habían alquilado un barco para hacer un crucero por la costa dálmata. Tres días después los asombrados pescadores habían informado a la policía que a setenta kilómetros de Trieste, los dos pasajeros habían sido recogidos por un remolcador albano.

Siete meses más tarde se vieron las instalaciones, en la primera serie de fotografías que tomaron los aviones de reconocimiento norteamericanos que sobrevolaban el valle de las Águilas.

Segunda Parte – EL CERDO

23

El Presidente estaba mirando al "Cerdo" -nombre en código del proyecto albanés-. Tenía una expresión de desagrado absoluto. Como granjero, pensaba que el nombre que los militares le habían puesto era un insulto a todos los cerdos decentes.

– Se tiene la sensación de que hay que contener el aliento, -dijo-. Tendría que apestar. Algunos de los mecanismos deberían de estar preparados para oler como lo que son. Tanto los nuestros como los de ellos.

Después de conversar con los rusos, salió de la cabina de control; en ese momento se detuvo en la sección seleccionadora de objetivos. En todos los países del mundo había por lo menos veinte modelos en pequeña escala de situaciones de máxima prioridad. En su mayor parte eran plantas experimentales y laboratorios químicos. El "Cerdo" albanés era una luz roja colocada en la parte superior del tablero electrónico color verde que cubría toda una pared y que aportaba los cálculos teóricamente más importantes de las situaciones estratégicas y políticas diarias. Las prioridades las determinaba la computadora CG -Cálculos Generales-, más conocida por "Joe", para luego ser transmitidas a todos los comandos operativos del mundo. El Presidente nunca se iba a la cama sin haber verificado antes el panorama general de las prioridades operativas, las que, a menudo, cambiaban brusca y sorpresivamente, según el "humor" de la computadora CG.

Hacía más de seis semanas que el "Cerdo" albanés estaba instalado irreverentemente en el lugar prioritario de los cálculos de objetivo. A menudo, en la mitad de la noche, insomne, el Presidente bajaba esperanzado a mirar el tablero. Pero el "Cerdo" estaba siempre allí.

Los profesores Skarbinski y Kaplan, el general Franker, y dos técnicos en detectación de objetivos, Russel Elcott y el nuevo jefe de CÍA, Dean Rexell, junto con el Presidente miraban al nuevo modelo en pequeña escala que estaba sobre una mesa de madera de forma cuadrada. El "Cerdo" tenía la apariencia de un museo de arte moderno: una estructura chata y baja, con una cúpula color blanco completamente circular apoyada sobre las cortas y gordas patas.

– Parece una especie de templo -dijo el Presidente. ¿Cómo andamos con la réplica?

– Más abrasados que los rusos -le contestó el profesor Kaplan-. Dios sólo sabe la cantidad de espías que tienen en Albania.

– ¿A quiénes tenemos?

– Una chica norteamericana -respondió Russel Elcott-. La muchacha de Mathieu.

– Bendito sea su trasero -agregó el Presidente.

– Y el reconocimiento diario -añadió el general Franker.

– Bendito también -subrayó el Presidente.

– Todavía faltan algunos elementos -comentó Kaplan-. Tenemos ocupados a los mejores cerebros y, por única vez, los franceses están ayudando mucho. Hay dos franceses que desde el principio del proyecto han estado trabajando con Mathieu. Pero falta el elemento principal, y sospecho que es el mismo Mathieu. Lo podemos hacer, pero Mathieu ha encontrado una especie de atajo para llegar. Y no podemos calcular el poder de explosión, una vez que se ha obtenido la desintegración. Estamos construyendo una computadora que estará en condiciones de hacer lo que Mathieu parece lograr con un pedazo de tiza en la mano. Pronto estaremos en condiciones de hacer un cálculo exacto.