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– Me retracto de la palabra "verde". Si ustedes, bastardos, no confían en mí, ¿por qué no me reemplazan? Sin embargo, veré lo que puedo hacer por ustedes…

Tomó la tiza y se volvió hacia el pizarrón. Luego les demostró. Les demostró que la ciencia estaba llegando a un punto culminante y que se hacía necesario el genio para controlar a otro genio. Era el final de la democracia.

Luego los llevó con él a volar mucho más alto, sobre cimas que ningún otro hombre había podido jamás escalar, y duró siete horas, e insistió para que estuviera presente el ideólogo más representativo del partido.

Los mellizos y otros once expertos estaban allí sentados bajo la mirada del partido y, entonces, hicieron lo que siempre habían hecho cuando el partido los vigilaba: presentaron un informe optimista.

Cuando Mathieu dejó la tiza y los miró, ambos asintieron.

¿Qué diablos podía significar la democracia, si solamente el genio podía controlar al genio?

Cuando hubo terminado y borró todos los números, tomaron una decisión ideológica, no una científica. Le dijeron que continuara.

Dentro de la casa hubo una irrupción de luz rosada que luego se puso azul, roja, y, antes de desvanecerse, brilló blanca.

– No lo hagas -gritó Marc.

Saltó de la silla y corrió hacia el interior. May estaba otra vez en lo mismo. De pie en la sala. Tenía el aspecto de estar muy orgullosa de sí misma. Sobre la mesa, uno de los tres envases que Marc había traído para el consumo de la casa brillaba con un hermoso color rosado, más suave que la tez de la Madonna de Rafael.

– No puedes hacerlo aquí. La luz puede verse desde una distancia de una milla. ¿Qué pasa si la policía se entera? ¿Te das cuenta de lo que significa dejar a la exhalación suelta? Sabotaje. Dan tres años de trabajos forzados. Es malgastar deliberadamente los "recursos naturales" del país; daño voluntario al patrimonio del gobierno. Es actuar en contra de los intereses del Estado, y Dios sabe cuántas cosas más. Estás destruyendo lo que es propiedad de todos.

– Sólo la estoy dejando en libertad -respondió May. Desde que Mathieu había ideado un modo fácil y simple para liberar la exhalación- cuando se la bombeaba y se la dejaba en libertad se producía un máximo de combustión, un empuje de energía, un impulso hacia adelante, una liberación, creando así las condiciones ideales para la desintegración, desde entonces, May había estado jugando a la Pimpinela Escarlata; soltaba la exhalación de todos los apresadores que le caían en las manos.

– ¿Por qué lo haces?

– Me gustan los colores. ¡Son tan bonitos cuando se escapan! Hay algo muy artístico, ¿no es así? ¿Te imaginas lo que hubiese hecho con esto el hombre que vimos en España?

– ¿Goya? Ya lo había hecho. May, quédate quieta. Es un derroche tremendo. Si la policía te ve haciéndolo…

Pero era inútil. Allí estaba, de pie, sonriente, convencida de haber liberado a un alma humana la que, ahora, volaba feliz hacia el cielo. Marc tenía que vérselas con algo que ni siquiera sabía que existía: una norteamericana primitiva. Una especie de Douanier Rousseau de la fe cristiana.

– En un país comunista no puedes hacerlo. Está contra la ley. Con lo que acabas de dejar escapar se puede hacer marchar para siempre una aplanadora. La gente está tratando de construir algo. Necesitan toda la energía que les es posible obtener. -Mándalos a la mierda, querido.

– Muy bien, si te sientes tan malditamente puritana, dime: ¿no sabes que el individuo que estaba ahí adentro lo único que deseaba era dar lo mejor de sí mismo para la implantación del socialismo? Acabas de destruirlo. Tal vez el sueño de toda una vida. Se supone que se siente complacido y orgulloso de estar dentro del exhalador, orgulloso y encantado de trabajar y sudar para siempre a fin de conseguir una sociedad sin distinción de clases. Y lo dejas volar. ¿Cómo crees que se siente? Como un pedo asqueroso; así es como se siente.

– No me importa cómo se siente, querido. Sé lo que le conviene.

– ¿No es algo cruel hacérselo a un obrero?

– Le ha de haber encantado poder salir y sentirse libre, si no no hubiese producido un color tan bonito. ¿Viste el color que produjo cuando salió? Rosa, naranja, azul, blanco… precioso. Casi se lo oía decir gracias.

– Es un fenómeno totalmente natural, como el arco iris.

– Claro, claro que sí. También hice algo natural. La libertad es un fenómeno natural.

– Bueno, no lo vuelvas a hacer. Te arrastrarán hasta la corte del pueblo. Sabes que es una conducta antisocial. Te darán diez años.

– No me importa lo que aquí me den, querido. Más adelante recibiré bendiciones.

– Jesús, ahora una santa. Era todo lo que faltaba. Una nueva santa norteamericana, Santa May de Albania. Casi puedo ver al icono.

May sonreía frente al espejo mientras se sujetaba el pelo hacia atrás.

– ¿Qué aspecto crees que tendría como icono?

– Muy sexual.

– ¿Entre los iconos no hay rubias?

– Demasiado frívolas. Además, aquí la mayoría son musulmanes, o, por lo menos, lo fueron antes. De todos modos, no vuelvas a hacerlo. El otro día liberaste a un generador de treinta exha. Apresaron a una cantidad de chiquillos. Rufianismo, lo llamaron.

– ¡Pero fue tan hermoso! -contestó-. Estallaban en colores. ¿Y sabes algo? Estaban cantando.

– ¿Qué cantaban?

– El Ave María. Lo escuché clarito.

– Por supuesto. ¿Qué otra cosa? Es una obra musical que seguramente conoces.

– Fue una maravilla.

– Escucha, hembra artística, no tienes derecho a expresarte a espaldas de la gente.

– ¿Y tú?¿Qué tal? Tú lo haces. Te expresas científicamente a espaldas de la gente. Como los médicos de Auschwitz. Todos los pobres y cansados obreros allí sentados frente a las cañerías exhaladoras. Es bestial. Alguien debería decírselo.

Pensó que era una suerte que May no hablase albanés. Pero lo estaba aprendiendo. Se pasaba horas con los libros de texto albaneses, aprendiendo el idioma y la historia del país, que llevaba siglos de luchas contra los invasores turcos y la opresión.

– En cuanto pueda hablarles, se lo diré.

– Pensarán que eres un agente norteamericano más haciendo propaganda occidental.

May le dio la espalda.

– ¿Cuánto tiempo estaremos aquí, Marc?

– Todavía no lo sé. Unos pocos meses más. El miércoles que viene estará aquí Enver Hoxha y todo el gobierno albanés. Banderas. Discursos.

– Cuando esté terminado, ¿quién va a apretar el botón? ¿Enver?

– Es sólo una prueba en pequeña escala, May. Se quedará en el espacio. Por favor, no te preocupes.

Marc le tomó la mano y se la besó. Cuando levantó los ojos otra vez, notó una imperceptible marca blanca en el cielo. Los aviones de reconocimiento norteamericanos sobrevolaban el valle dos veces al día.

– Mira -dijo-. La sombra de las cinco de la tarde.

May no miró.

– Prométeme que nunca me odiarás -le dijo con una voz extraña, grave, casi quebrada.

25

El campo de entrenamiento estaba situado en la República Soviética de Latvia, a unas pocas millas del mar Báltico. Era típico de la burocracia rusa haberlo ubicado allí. El cuerpo de comando necesitaba escalar montañas y allí no había montañas; en cambio estaba entrenado para nadar en el helado Báltico y caminar entre los pinos y los abetos sobre arenas blandas.

A Starr le encantaba el lugar. El aire de mar, el murmullo de los pinos, el silbido del pasto sobre las dunas, el paisaje suavemente ondulante de arena, bosque y olas, las nubes de lluvia grises y salvajes que acudían presurosas a reunirse con alguna tormenta… Repentinamente aparecía algún perro errante a la carrera, husmeando el piso, buscando las libélulas del estanque de agua verde y de los lirios, y aparecía la primera estrella en el primer instante del crepúsculo, y sonaba un silbido distante y nostálgico de alguna vieja máquina de vapor rusa que se abría camino hacia el Norte. El viento tenía un efecto extrañamente promisorio y calmante, como si una amante mano le acariciase a uno la frente. Y sin embargo, no era nada más que poesía y, tal vez, Dios fuese el mejor poema escrito por el hombre. Pero Starr tenía confianza en el resultado, como si en la misma naturaleza de la exhalación hubiese algo que contenía una certidumbre regocijante de victoria.