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Eran siete. El francés Caulec era un hombre tenso de treinta y tantos años, de estatura mediana y de una resistencia física notable. De ojos obscuros y pensativos, de barba corta a lo gascón, era el experto francés más famoso en explosivos. Les mostró una cámara en miniatura, más pequeña que un dedo pulgar, la que, al mismo tiempo que fotografiaba, podía disparar una dosis mortal de perdigones de cianuro, a una distancia de veinte metros. Resultaba muy útil, tres commode, les explicó, para averiguar posteriormente si se había matado a la persona indicada.

Uno de los dos rusos, el mayor Grigoroff, tenía una cara bonita, rosada y abierta, el pelo rubio ondulado y los ojos celestes. Starr pensó que era la mejor cara que podía tener un agente saboteador. Era franco, abierto, alegre, e inspiraba simpatía y amistad.

Stanko, el yugoslavo, era un apuesto servio, alto y ancho de hombros, de manos enormes, de nariz aguileña, espeso pelo negro y ojos estrechos de tirador. Despreocupado, de voz muy fuerte, propenso a cantar canciones gitanas y a la risa fácil, este coronel había llegado a ellos con la mejor de las recomendaciones como asesino. Desde muy jovencito, a los catorce años, había sido guerrillero en las montañas de Bosnia, había ascendido hasta tener una posición de comando en el KOS en Yugoslavia. El otro ruso, Komaroff, era un siberiano de cara alargada que tenía rastros de sangre tártara; Starr conocía de memoria el legajo que incluía el asesinato de dos agentes norteamericanos en Berlín. Le contó a Caulec que uno de ellos había sido el mejor agente que hubiese trabajado jamás bajo sus órdenes y, mientras se lo decía, miraba a Komaroff con admiración como si se deleitase en saber que le había reemplazado uno que era mejor. Profesionalismo. Hablaban inglés y el acento norteamericano de Grigoroff era tan impecable que a Starr no le quedó ninguna duda de quién había sido el espía soviético en los Estados Unidos que nunca había conseguido ser identificado.

El hombre más extraño del grupo era el polaco. Su nombre era Mnisek que era el de una antigua y aristocrática familia polaca.

Después de nadar largamente en el Báltico, mientras salían de una ola envolvente, Starr golpeó con el hombro las costillas del francés.

– ¿Ve usted lo que estoy viendo?

Sentado en cuclillas sobre la arena, el capitán Mnisek se frotaba la cabeza con una toalla.

Alrededor del pescuezo, colgaba una cadena con una cruz de oro.

– ¿Qué tal para un comunista ferviente? -preguntó Starr.

Caulec miraba el crucifijo.

– Y, bueno, los polacos son seres conocidamente complicados -dijo.

Starr siguió pensando en ello.

– No lo comprendo -murmuró-. Si el partido lo ha elegido para nuestro operativo (y los rusos tienen que haberlo investigado) tiene que ser un comunista h… de p… en un ciento por ciento. Ahora, escuche: anoche lo pude ver a través de la ventana. ¿Sabe qué hizo? Se arrodilló, y tenía un rosario en las manos, y rezó.

El francés chupaba la pipa.

– Et bien, coronel, creo que esta operación que se supone que debemos llevar a cabo y la naturaleza del blanco que debemos desintegrar, son excusa suficiente para hacer que unas cuantas personas recen de rodillas.

– No un comunista a toda prueba.

– Nadie está probado a tal punto. ¿Por qué cree que los gobiernos interesados insisten en mantener tanto secreto? Si este asunto se supiera, tendría un efecto psicológico destructivo sobre el pueblo. La desintegración del alma humana, etc…

– Sucede constantemente -le dijo Starr- y a nadie le importa un bledo. Apuesto a que este Mnisek ha sido un maníaco religioso toda la vida. ¿Pero cómo encaja en uno de los principales agentes saboteadores comunistas? Los polacos dicen que nos han dado a su mejor hombre. Y resulta ser un aristócrata y un católico devoto. No tiene sentido. Escuche, Pierre, lo que nos han encomendado es una tarea infernal. Se supone que formemos un equipo. Significa que entre nosotros tenemos que entendernos.

– ¿Por qué no va y se lo dice? ¿Por qué no se lo pregunta?

Starr lo hizo.

El capitán Mnisek no se mostró sorprendido por la pregunta, ni tampoco indignado por la curiosidad que despertaban su pasado y sus creencias.

Su cara era larga y angosta y tenía una mandíbula prominente; la nariz quebrada sobre los labios finos y sonrientes, y ojos obscuros, ardientes, perturbadoramente insistentes. Escuchó la pregunta de Starr, luego la sonrisa fue aun más delgada.

– Sí, coronel, desciendo de una antigua y profundamente católica familia de Polonia. Y soy un católico ferviente.

– Pero, entonces… -murmuró Starr.

– Pero, entonces, sí…

El polaco levantó una mano aristocrática.

– Pero entonces, como usted recordará. Norteamérica, Inglaterra y el resto de ustedes, caballeros occidentales, traicionaron a Polonia en Yalta. Entonces yo tenía diecisiete años y desde esa época he sido un fervoroso agente comunista. He trabajado con total devoción por la victoria comunista en Occidente. El partido lo sabe. Les he dado… ¡oh! muchas pruebas de mi celo, si no, no estaría aquí, como puede imaginarse. Ustedes vendieron a la católica Polonia de la misma manera que Judas vendió a Jesús. He consagrado mi vida a esta inminente destrucción. Espero que la explicación lo haya satisfecho por completo. ¿Un cigarrillo?

Abrió y extendió una cigarrera de plata.

– Gracias -dijo Starr, y salió de la habitación sintiéndose un poco revuelto.

El séptimo miembro del grupo era Lavro, un hombre ya en el final de la cincuentena, dominante, calvo y de barba, una larga, espesa y grisácea barba que tenía manchas de un brillo naranja como el tabaco. Una figura enigmática, silenciosa, obscura y de cejas espesas que parecía un monje ortodoxo griego del monte Athos. Había sido uno de los secuaces de mayor confianza de Stalin en Macedonia y había estado al frente de los guerrilleros que pelearon contra los alemanes y los Ustasi bajo el nombre legendario de Vladika. Había sido amigo de Tito y también había perdido esta amistad cuando éste rompió lanzas con Stalin. Conocía mejor que nadie las montañas, desde Albania hasta Bosnia, desde Salonia hasta Zagreb. Starr encontraba que la presencia de esta figura, severa y monástica, era muy apropiada para la naturaleza del cometido que tenían entre manos. Agregaba a la misión un toque físico de cristianismo ortodoxo griego arcaico y feroz. Le era fácil representárselo como a un futuro icono.

Era posible que después de haber sido salvada la desintegración del "alma" del hombre por un puñado de asesinos profesionales, probablemente, entonces, se convertirían en futuros santos y apóstoles.

El 17 de agosto los habían llevado a Inglaterra por avión, instalándolos en un campamento en Gales. Allí tenían todas las montañas que necesitaban; pero durante varios días no recibieron ni entrenamiento ni órdenes, lo que les hizo adivinar fácilmente la confusión y las divergencias que se estarían suscitando en el más alto nivel. El sexto día, llegó a buscarlos en una camioneta el comandante, un capitán de grupo muy estirado y descontento, que era obvio que ignoraba en qué consistía la misión y que, fuera como fuese, la misma no lo entusiasmaba en absoluto. Los condujo hasta una pequeña construcción vigilada por una patrulla de la RAF. Antes de entrar fueron concienzudamente identificados. Luego, fueron recibidos por un civil inglés que tenía un aspecto indescriptible, dos coroneles norteamericanos y tres rusos. Los llevaron a una salita y se los invitó a sentarse. El inglés indescriptible se dirigió al pizarrón y de pronto empezó a parecer cada vez menos indescriptible. Tenía pelo rojizo, un bigote corto y espeso de color jengibre y ojos intensamente azules cuya principal característica parecía consistir en que una vez que se fijaban en uno, no se desprendían más. La piel de su cara tenía manchas rosas y blancas producidas por quemaduras y las orejas parecían talladas. No había manera de describir al trabajo de encaje exquisitamente artístico de los lóbulos almenados. Ante la vista tenían al famoso mayor Little, el que durante los últimos veinticinco años, después de haberse escapado de los japoneses, había estado llenando el vacío nostálgico dejado por Lawrence de Arabia en Chipre, en Malaya y en el Estado de Dhofar.