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Para esbozar la operación en términos estrictamente militares, lo que haremos es: a) entrar; b) soltar la energía que está en las patas del "Cerdo"; c) sacar al cohete nuclear y d)… bueno, aquí tenemos un dolor de cabeza. Está el aspecto principal de la operación. La exhalación que se encuentra en la cabeza del "Cerdo" no puede escaparse. Está allí para siempre. Sellada y encerrada herméticamente; podríamos decir que la cabeza del "Cerdo" está pegada a la exhalación con fines de desintegración y de una explosión muy anhelada. Tenemos que "matarla". Al menos, así parece, porque un… informante muy especial, ya hace un mes que nos hizo saber que Mathieu está ideando un mecanismo de liberación. En dos o tres días sabremos exactamente dónde nos hemos detenido. Pero supongamos que no habrá ningún cambio de último momento y que tendremos que "matarlo".

Permítanme que el profesor Kaplan, aquí presente, se lo explique en la misma forma que me lo explicó ayer -admirablemente, señor- si me permiten expresar mi opinión. El proceso de reversión de Mathieu es conocido por todos los grandes físicos debido a la información que brindó voluntariamente hace unos pocos años. Consiste en convertir la energía en materia. En este caso, es lo que en el habla familiar, se conoce como matarla. Significa transformar a nuestra amiguita aquí dentro, a la exhalación, en materia, por supuesto materia muerta. Nuestros físicos aún no consiguen desintegrar la exhalación; no obstante, han tenido bastante éxito convirtiéndola en materia pura. Lo consiguen constantemente, y, muy pronto, todos los escolares aprenderán a hacerlo. Será parte de la tarea para la casa. De aquí que la parte más importante de nuestro ejercicio es "matar" la exhalación allí contenida y que espera ser desintegrada. Cuando la operación esté terminada morirá instantáneamente -hay treinta y siete métodos diferentes- y se convertirá en materia. Muy triste. Como ustedes sabrán, circula una teoría post Hoyle sobre la naturaleza del universo y de la creación. Asegura que la materia fue creada durante el proceso mismo, solamente en una escala cósmica -un "asesinato" cósmico de la exhalación- en una especie de transformación del espíritu en materia muerta. A los ojos de algunos, significaría que el universo físico fue creado porque un partido opositor o un anti-Dios "mató" la exhalación de Dios con la subsiguiente creación de la materia animada e inanimada, de planetas, hombres y animales. Para aquellos de entre ustedes que tengan inclinación por la meditación sería interesante especular sobre la idea de que algún día Dios podría desintegrar al universo ya toda la materia viva y muerta que la habita y tratar a la humanidad como si fuese una especie de "Cerdo" a fin de recuperar su exhalación perdida, es decir su propio "Yo". ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja! Otra vez les pido disculpas. ¿Alguna pregunta?

– ¿En dónde demonios consiguieron a este hombre? -murmuró Caulec formulando una apreciación casi artística-. Nada más que por su acento podría ganar algún premio; y por el pelo ralo de color jengibre; el horrible bigotito que parece cerda y que acaricia constantemente; la cara de manchas rojizas; los ojos que debieron ser azules y que nunca lo consiguieron enteramente.

El francés pensó que los ingleses habían perdido todo su pasado, junto con el Imperio.

– Incidentalmente, profesor Kaplan, ¿es que mi breve disertación le ha parecido aceptable? He tratado de hacerlo lo mejor que pude. Pero no tengo antecedentes científicos. La verdad que ninguno. ¡Ja! ¡Ja!

El científico, que estaba sentado en un rincón y tenía las piernas cruzadas, mientras, sosteniendo el codo, fumaba una pipa, tenía el aspecto de un hombre algo enojado.

– Su… presentación en forma de diálogo es correcta, mayor. A las connotaciones filosóficas las tomo como una especie de broma.

Little pareció satisfecho.

– La intención fue ésa -dijo-. Nada mejor que un poco de humorismo, profesor. Purifica el aire. Levanta la moral, o algo por el estilo. Repito, ¿alguna pregunta?

– Sí -dijo Caulec-. Si el objetivo es hacer explotar una energía tan destructiva, ¿cómo es posible que los albaneses hayan construido el "Cerdo" en una zona tan poblada? ¿Una explosión dirigida hacia el cielo?

– Teóricamente sí. Pero no podemos estar seguros. Y a último momento siempre puede haber un cambio de dirección.

Señaló el mapa con el bastón.

– Sobre este chiquero hay muchas cosas que desconocemos, y precisamente queremos barrerlo de la superficie de la tierra… Ahora, dos cosas más.

Con la punta del bastón se acarició pensativamente el bigote. Concluye, viejo, pensó Starr. No es necesario ningún adorno. Sucede que sé porqué eres un bastardo militar tan distinguido; se que detrás de tu culo no están ni Eton ni Sandhurst; que saliste de las filas, antiguo NCO, hijo de un sargento de la Guardia de Instructores y de la estación de Paddington… en fin, de una mujer. Debes saber que todos conocían que era pederasta, igual que tú. Lo haces muy bien, así que no te extralimites.

– Primero, por alguna razón que me es totalmente desconocida, se nos recomienda que no nos dejemos matar, en lo posible, dentro de un radio de distancia de unos cincuenta metros de los tanquecitos que parecen pozos de petróleo… o de las patas del "Cerdo"…

Con el bastón señaló las columnas blanco-perladas y la torre en forma de obelisco marcando sobre la zona dentro y fuera del pueblo las casas y los techos rojos.

– Aparentemente sería un final poco digno para un cabellera y para un oficial. Así que recuerden, no se dejen matar dentro del límite de distancia de cincuenta metros. Se lo considera extremadamente peligroso.

– Un momento -estalló Stanko indignado-. ¿Qué diablos quiere decir? ¿Qué es lo enormemente peligroso? ¿Que nos maten? ¿Qué clase de novedad es esta?

Se rió. Y de repente a Starr se le ocurrió que el hombre no sabía. No le habían dicho nada. Miró a los dos rusos, a Mnisek, a Lavro. Pero no se enteró de nada. Caras profesionales. Completamente cerradas.

– No, no dejarse matar, lo de costumbre -dijo tranquilamente el inglés-. Aparentemente, se verán envueltos en una especie de… complicación póstuma. ¡Ja, ja! Lo siento. Lo que quiero decir es que el dejarse matar allí puede acarrear algún dolor suplementario. Así que cuidado.

– Gracias -dijo el yugoslavo-. Una gran ayuda.

– En realidad, ninguno tiene por qué morirse -dijo Little-. Llevamos un buen blindaje para protegernos. La coraza, por supuesto, no estará allí para protegernos sino para que el operativo tenga éxito. Sobre esto hablaremos después. Pero tengo entendido que nos han dado una ayuda grande allí mismo. Quiero decir, en el interior de Albania. Creo que el coronel Starr, aquí presente, sabe todo sobre esta persona admirable. Hemos estado recibiendo una corriente constante de información, mapas, dibujos, y micropelículas, así que todo lo que tenemos que hacer ahora es estudiarlos.

26

A la semana siguiente volaron en avión a Yugoslavia y un camión del ejército los llevó directamente a Dviga, a seis kilómetros de la frontera con Albania. Durmieron en el camión. Starr tuvo un sueño que denominó ortodoxo griego, porque había santos que tenían cara de asesinos, de color verde y de barba, e inscripciones cirílicas sobre los halos dorados. Todos tenían el rostro de Lavro. El "antecesor" comunista, como llamaban al antiguo residente, se había hecho amigo de él y le hablaba constantemente de las montañas de Macedonia con un tono de amor en la voz; hablaba como si durante siglos hubiese estado pisando la tierra de los Balcanes. Su cara era obscura, salvaje como un paisaje barrido por el viento, corroída interiormente por una pasión fantástica que parecía reclamar la compañía de lobos y de águilas.

A las cuatro de la mañana entraron en Albania a pie, adentrándose por las montañas salvajes en el Este de Stopiv, caminando detrás de Lavro hasta llegar al lugar señalado, dentro del territorio enemigo. Allí recibirían por radio, desde Belgrado, las últimas instrucciones. La fila india culebreaba entre rocas grises que tenían aspecto de haber sido arrojadas desde lo alto aunque sólo el cielo los cubría. Starr tenía una extraña sensación de haber llegado tarde, doscientos años tarde; el comando debía de haber cumplido su cometido mucho tiempo atrás, entre los olivares de Judea. Cada uno cargaba sobre la espalda cincuenta kilos de equipaje, pero el problema mayor era el equilibrio y no el peso. Era notable lo bien que se conducía el profesor Kaplan, y en ese momento, Starr se dio cuenta de que el científico era por lo menos diez años menor que cualquiera, exceptuando a Grigoroff. En el cielo había algunas águilas, o tal vez siempre los seguía la misma. De pronto, hacia el Sur se abría una montaña dejando ver el mar calmo y azul, y luego volvía a cerrarse; era la luz de Grecia, pero las ruinas que los rodeaban eran obra de Dios. Abajo se divisaban algunos bosques, manchas de color verde espinaca, y algunas veces el verde más obscuro del lago. Desde que habían emprendido la marcha, Lavro no había abierto el mapa y apenas se molestaba en mirar hacia adelante. Cuando la luz se hizo más intensa, a Starr le llamó la atención la alegría que reflejaba la cara de Lavro. Estaba como en su casa. Habían avanzado demasiado rápido y tuvieron que hacer un alto de diez minutos para mantenerse dentro del horario. Por alguna razón, Starr no podía dejar de mirar la cara de Lavro. Mostraba tal ansiedad, tal orgullo y una traza de humor tan sardónico y cruel, que Starr se sintió incómodo. Siempre sospechaba del profesional que mostraba regocijo mientras trabajaba, en general esto lo hacía descuidarse. La larga barba marrón grisácea recibió el primer rayo de color naranja. El parecido que tenía con los viejos iconos bizantinos era tan marcado, que Starr esperaba encontrar manchas de desgaste sobre el oro y la plata. Starr se rió.