– Sin un guía, no pueden arreglarse -aseguró Popovic.
Los ojos del jovencito reían. Una buena cara, pensó Starr, del tipo viril y obscuro de los turco-eslavos, de pelo crespo, los rasgos agudos y la sonrisa de suficiencia de quien nunca ha tenido que probarse a sí mismo. Le habían quitado la ropa electrónica al cadáver de Lavro y se la estaba poniendo. Los agujeros de bala cubiertos de sangre coincidían con el lugar del corazón.
– Bien -dijo en inglés, y cargó el equipo sobre la espalda.
La cara de manchas rojizas de Little dejó traslucir una helada desaprobación.
– Esto es improvisación -dijo-. No creo que sea suficientemente bueno para la tarea. Necesito la confirmación del cuartel general.
– No hay tiempo.
Se notaba que el general yugoslavo estaba furioso. Todo lo que sabía era que estaban saboteando un mecanismo atómico en Albania. La verdadera naturaleza del "Cerdo" le era completamente desconocida.
– Me hago responsable -contestó con firmeza-. Ha estado allí varias veces. Habla el libanes. Su madre es albanesa. Es mi hijo.
– Bien -dijo Little-. Supongo que será útil, siempre que sea el primero en caer muerto. Una especie de disminución de nuestras pérdidas.
Saludó al general con elegancia y señaló con el bastón hacia adelante.
– Bien. En marcha.
– Hágame un favor, mayor -pidió Starr cuando habían empezado a moverse-. Me gustaría que alguna vez dijera "O.K." en vez de "Bien", nada más que por amistad y cortesía. Adivine quién fue el típico caballero inglés de la escena y de la pantalla.
– No existe el típico caballero inglés de la escena y de la pantalla -respondió Little-. Es sólo un actor.
– Leslie Howard, un judío húngaro. ¿Qué diablos es exactamente usted? ¿Irlandés? -OK, en camino.
Estuvieron subiendo durante tres horas, y esta vez sí que fue una verdadera escalada; no había sendero, y Starr pensó que si alguna vez había pasado por allí alguna cabra montañesa debió haber muerto de hambre cien mil años atrás. Una hidalguía torpe y desnuda, un caos gris. Entre el punto de destino y ellos había dos valles y dos grupos de montañas por cruzar, el último, por la noche, para esquivar los puestos de guardia albaneses. La luz era escasa; el aire olía a rocas calcinadas; no había ni un centímetro de superficie llana bajo los pies; y los cuerpos se sentían nuevos, incómodos. Con el peso sobre las espaldas luchaban por restablecer el equilibrio.
A mediodía llegaron a la cima del macizo del Goro y esperaron que llegara la obscuridad.
El equipo sonoro y el "ojo" infrarrojo recién llegado de Vietnam les brindaban el máximo de seguridad para moverse en la obscuridad. La noche era rojiza: montañas rojas, el cielo y la luna rojos. También podían oír lo que pasaba en una milla a la redonda. Durante el entrenamiento habían conseguido escuchar suspiros de las parejas que hacían el amor en los bosques a una distancia de más de mil metros. En los audífonos, sus propios pasos retumbaban como truenos. Cada caída de una piedra; el ruido de una marmota en el valle; cada sonido de un insecto; todo se proyectaba con una nueva dimensión de un mundo magnificado. Constante traición de la presencia más secreta de la naturaleza. A menudo llegaba hasta los desacostumbrados oídos una especie de música bárbara, sin melodía ni significado. En un momento dado, todos pudieron escuchar un lamento desgarrante, como si algún infantil monstruo prehistórico acabase de morir en algún lugar recóndito de la tierra. No era nada más que un águila soñando dentro del nido. Luego, cuando se detuvieron para consultar el mapa -medio kilómetro hacia el Este había un puesto de ametralladoras y de patrulleros- escucharon una sucesión de suspiros, completamente desconocidos y de un terror paralizante, y entonces, la tierra entera se puso a crujir y a gruñir.
– Un guardia albanés que se ríe -dijo Little. Bajó el volumen del sonido. La risa se hizo humana y pudieron oír las conversaciones de los albaneses; los sonidos más tranquilizadores y amistosos que Starr oyera jamás. Y así siguieron caminando, a través del mundo de color sangre, mirando sin ser vistos, y sin ningún otro esfuerzo nervioso excepto el causado por algún estallido repentino de técnica misteriosa.
Bajo los pies el mar color rojo se juntaba con las rosadas estrellas que flotaban sobre las cabezas como flores en la superficie de un mundo hundido en sangre. Eran ocho mortales que caminaban hacia un fondo rocoso.
27
En la mesa preparada para el almuerzo, bajo las banderas albanesas y chinas, en el nuevo cuartel general del partido, construido apresuradamente del otro lado de la calle donde estaba la planta energética, había veintitrés personas. En el lugar persistía el olor a cemento y a humedad, a pesar de la calefacción intensa de los últimos días. Era la segunda vez que el líder de Albania viajaba al valle con el propósito de inspeccionar los avances del trabajo. Mathieu miraba los rasgos altivos de la cara ceñuda y pétrea del caudillo. André Gide escribió que los líderes comunistas siempre parecían posando para los carteles donde estaban representados. Con su total ausencia de expresión daban la impresión de ayudar a los malos artistas. El mariscal Enver Hoxha estaba sentado a la cabecera de la simple y larga mesa de madera que formaba parte de todas las "Últimas Cenas" de la historia, que está llena de últimas cenas. Mathieu se encontraba a su izquierda, y a la derecha estaba el general Tchen-Li, quien estaba al frente de las tropas chinas y de los técnicos del valle.
El fuerte olor a cemento fresco impregnaba la comida. El sistema de calefacción libraba una gran batalla contra la humedad. El calor era suministrado por la nueva planta de energía que funcionaba desde hacia más de seis meses. La exhalación del pueblo albanés daba lo mejor para calentar los pies y los traseros de los líderes del partido. Sin duda, ambas partes se sentían bien y orgullosas -dando y recibiendo- y los slogans que se veían por todo el valle, debajo de las banderas albanesas, decían la verdad: "Deseamos brindarnos por completo al partido maternal de Lenín, de Stalin y de Enver Hoxha. ¡Hip, hip, hurra!" Aunque parezca un gesto sentimental, cuando en el valle se construyeron los hospitales y los asilos de ancianos, que suministrarían energía para todas las plantas de la zona, se les dio prioridad a los viejos miembros moribundos del partido. Su exhalación trabajaba con afán en cada centímetro de alambre retorcido, en cada cañería, era absorbida por todos los artefactos eléctricos, pulsante y burbujeando dentro de cada generador. Hacía varios meses que el excedente de energía era cuidadosamente almacenado en lo que Mathieu denominaba colmenas, cientos de estructuras blanco-perladas que parecían pilares en forma de obeliscos de mármol fosforescente que por la noche tenían un resplandor placentero. El espectáculo que ofrecían era verdaderamente agradable. Se necesitaba la acumulación de energía para el proceso de desintegración dentro del "conservador de paz" o el "impedidor", como denominara Mathieu al mecanismo durante las conversaciones con los oficiales albaneses, conforme con el vocabulario de terror que mantenía el equilibrio entre Oriente y Occidente. Era cierto que ninguna de las "abejas" que zumbaban y trabajaban dentro de las arterias del sistema de la poderosa energía estaba al corriente de la contribución que la exhalación póstuma aportaba para la implantación del socialismo. La erradicación total de las tendencias irracionales era un largo proceso educativo-ideológico. Respecto de la utilización póstuma de la restitución no estaban mejor informados que los judíos cuando los nazis los apretujaban en vagones sellados para enviarlos a los campos de concentración. A los que transportaban la exhalación en el valle se les había dicho que el sistema energético funcionaba con una nueva fuente de energía subnuclear, descubierta por científicos chinos bajo la conducción paternal de Mao Tse-tung, padre y madre de todo logro y de toda belleza.