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Como un gran físico, Mathieu estaba satisfecho de estar en este lugar. La ciencia es un esfuerzo totalmente racional, desprovisto de sentimentalismo. Era una actividad completamente lógica, libre de toda mancha de idealismo podrido. Resultaba históricamente apropiado y un indicio de soberbia confianza con respecto al futuro que la acusación de sentimentalismo fuese la condena más dañina que emanara de la pluma de cualquier crítico norteamericano o chino. En todas las revistas norteamericanas que Mathieu había tenido oportunidad de leer, lo mismo que en el "Peking Daily", la palabra "sentimentalismo" constituía la última condenación y eliminación de un escritor, y cualquier intelectual occidental u oriental preferiría caerse muerto antes de usar la palabra "alma". Estaban en la era de la frialdad científica y del racionalismo, y esto significaba comer mierda en el caso de que tuviera vitaminas.

Había venido a Albania en un esfuerzo final para suprimir de sí mismo el viejo y medieval gusano Erasmo del humanismo y del idealismo. Sin embargo, el gusano Erasmo parecía ser tan poderoso como la misma exhalación, y durante años se movía -¡oh, cuan suavemente!- en algún lugar dentro del "corazón", si aún podía emplearse un término tan asquerosamente gastado. Actualmente, el gusano Erasmo estaba comiéndoselo vivo.

Miró a May. Le gustaba la manera como se recogía el cabello luminoso en un rodete. Adoraba la manera como los labios de May se apoyaban sobre sus ojos cada vez que él soñaba.

May le envió un beso desde el asiento, una señal discreta y perceptible sólo para él. Las estatuas que lo rodeaban eran incapaces de reconocer la señal aunque la hubiesen visto. Era demasiado tierna. Sólo sabían reconocer al acero y al granito.

Las ventanas bajas permitían que se tuviera una buena vista del pueblo, que tenía un minarete que señalaba el cielo y, a la derecha, las ruinas de una capilla ortodoxa griega. Actualmente la mezquita era un museo antirreligioso. Las pocas casas antiguas que quedaban estaban diseminadas a ambas márgenes del arroyo, rodeadas por alambre de púas. Las rutas militares convergían en el lugar de los ensayos, un kilómetro al Norte del valle, y había cientos de apresadores blanco-perlados muy parecidos a lápidas funerarias. Mathieu había querido decorar con alegres colores tradicionales de Albania estos obeliscos un tanto siniestros, como para dar una apariencia de regocijo folklórico a la energía acumulada de los campesinos albaneses. Pero el Partido lo había considerado frívolo, un derroche de dinero.

Los exhaladores del Valle de las Águilas, que señalaban el cielo, tenían un aspecto rígido, frío y desnudo, y sólo por la noche, cuando brillaban placenteramente con una especie de difusa fosforescencia, satisfacían los ojos acostumbrados a la contemplación de las obras de arte.

Mathieu miraba a un viejo musulmán de la secta de Bektashi, que entre los exhaladores montaba un asno, llevando un sombrero blanco en la cabeza, una piel de cordero rosada, y una larga y bíblica barba blanca. Nada mejor que una frase muy repetida: el viejo mundo al encuentro del nuevo. Alrededor de la baja y achatada estructura de la planta de energía que descansaba sobre las cuatro patas del "Cerdo" el valle entero era un laberinto de caños y cables transmisores retorcidos y serpenteantes, los que conducían la energía al lugar de la desintegración, y eran particularmente gruesos en las proximidades del hospital y de los hogares de ancianos. Los caños parecían desagües, cloacas o incineradores de basura. Su aspecto no le hacía justicia al restablecimiento del pueblo albanés. Producían la fuerte impresión de que todo era un sistema de cañerías, y provocaban que uno se cuidase de la forma de respirar, como si existiese alguna pestilencia. La exhalación carecía de olor, por supuesto, y el vago rastro de olor desagradable en el aire era producido por el envase de estalinita. Pero en su cautiverio provocaba un ligero sonido de pulsación y zumbido, que se traducía en un leve temblor de la aguja del contador de argonne. El valle palpitaba noche y día por esta pulsación rapsódica, que a su vez constituía una música para los oídos de todos los amantes de la productividad y de la energía.

El líder tomaba mucho vodka. Por esa causa se rumoreaba que Enver Hoxha sufría de una enfermedad de los riñones. El mariscal lucía la acostumbrada túnica militar gris de los viejos bolcheviques en el estilo de "los diez días que conmovieron al mundo", y no tenía ninguna condecoración. Sus rasgos eran redondeados y tenían algo de perfección juvenil; tenía una boca sensual, llena y pueril. Pero los ojos se encargaban de todo cuanto podía haber pasado por una afabilidad oriental. Obscuros, de una frialdad de lagartija con matices amarillentos alrededor de las pupilas; ojos que estaban destinados a vigilar más que a mirar. Era una cara turca. Hablaba un francés fluido; aunque no había habido ninguna conversación: solamente agudas preguntas a las respuestas de Mathieu. Quería saber si el ensayo de la nueva arma podía tener lugar en el término de una semana como Mathieu lo había prometido, porque los técnicos chinos que estaban colaborando parecían un poco confundidos sobre algunos de los problemas teóricos. No disponían de una computadora adecuada y, en el informe que habían presentado esa misma mañana, habían pedido más tiempo.

– Tonterías -respondió Mathieu-. Saben que técnicamente lo pueden hacer, y si tienen que verificar todos los aspectos matemáticos, sólo puedo decirle que los norteamericanos llegarán antes. Y, entonces, ¿qué? El ensayo puede tener lugar dentro de unas pocas semanas y espero que usted esté presente.

– También desean estar seguros de que la población local no correrá ningún peligro -agregó el mariscal-. Cuando hicieron un experimento similar, hace dieciocho meses, en China, ya sabe cuáles fueron los desastrosos resultados locales.

– La situación es completamente diferente. Desde entonces hemos avanzado mucho.

El mariscal asintió. Pinchaba las arvejas grasosas con el tenedor. Mathieu no había conseguido nunca comprender porqué cuanto más pobre era un país, más suculenta y grasosa era la comida.

– Entonces, con toda claridad, ¿por qué eligió usted trabajar para nosotros, señor Mathieu? Usted no es comunista -le espetó Enver Hoxha.

Para librarme del gusano Erasmo, pensó Mathieu.

– Me gusta la forma racional y realista con que ustedes encaran el problema del hombre fuerza -le respondió-. Además, vuestro país es muy pequeño y yo ya estaba harto del imperialismo norteamericano y del ruso.

Luego el mariscal quiso saber con qué rapidez, en la opinión de Mathieu, Estados Unidos podría convertir sus industrias a la nueva fuente de energía.

– Los especialistas están trabajando aún; pero se necesitan muchas palabras nuevas, un nuevo vocabulario, una jerga técnica tranquilizadora. Tienen que vendérselo al pueblo y no han encontrado el ángulo apropiado para la campaña de persuasión. Pero allí está. Justamente aquí tengo algunas nuevas muestras norteamericanas. Las recibí por intermedio de Suiza.

Levantó el portafolio del suelo y lo abrió. Siempre le había causado gracia el respeto que le tenían los comunistas a la tecnología norteamericana. Un pedazo de maquinaria bien concebida y lograda, que prendía en los ojos la misma clase de luz que se encendía en los ojos de un hombre del Renacimiento cuando veía la Virgen de Miguel Ángel. La cara de Enver Hoxha dejó traslucir una expresión de placer cuando Mathieu le alcanzó el aparato. Era un lustrador de zapatos. En los Estados Unidos se "vendía en quince dólares con noventa y siete centavos, y Mathieu señaló la inscripción de la etiqueta y la leyó en voz alta: "Permanentemente lubricada; para siempre…"

El mariscal empujó la silla hacia atrás, se agachó y aplicó el cepillo a los zapatos. Se deslizaba suavemente, haciendo un zumbido agradable y amistosamente norteamericano. La cara de Enver Hoxha expresaba una intensa satisfacción.