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Fue hasta la cocina, abrió un cajón donde guardaba un cartón de Marlboro y cogió un paquete. Él no fumaba. El último acto de este ritual agnóstico fue el de meter la mano por debajo del cajón y sacar la llave pegada en la base con un trozo de celo. Ya lo tenía todo.

Cerró la puerta del apartamento con dos vueltas de llave y bajó la escalera hasta el sótano. Abrió la puerta de atrás y subió un piso para salir a la calle.

Para cualquiera que lo hubiese visto, tenía el aspecto de un hombre de camino a su club de squash. Leapman no había jugado al squash en toda su vida. Caminó un par de manzanas antes de parar un taxi. La rutina nunca cambiaba. Le dio al taxista una dirección donde no había un club de squash en varios kilómetros a la redonda. Se reclinó en el asiento, y agradeció que el conductor no le diera conversación, porque necesitaba concentrarse. Ese día haría un cambio en la rutina, un cambio que llevaba planeando desde hacía diez años. Esa sería la última vez que realizaría este cometido para Fenston, el hombre que se había aprovechado de él todos y cada uno de los días de la última década. Ese día no. Nunca más. Miró a través de la ventanilla. Hacía este viaje una o dos veces al año, para ir a dejar el dinero en el NYRC, siempre al cabo de unos pocos días después de que Krantz acabara con uno de sus encargos. A lo largo de los años, Leapman había depositado más de cinco millones en la caja número 13 de la casa de la calle Lincoln, y sabía que siempre sería un viaje de ida, hasta que ella cometiese algún error.

Cuando había leído en el Times que habían capturado a Krantz después de resultar herida de bala en un hombro -hubiese preferido que la mataran- comprendió que se lo habían puesto en bandeja, lo que Fenston llamaba una oportunidad de oro. Después de todo, Krantz era la única persona que sabía cuánto dinero había en la caja, mientras que él era el único que tenía la otra llave.

– ¿Dónde es exactamente? -preguntó el taxista.

Leapman miró a través de la ventanilla.

– Faltan un par de calles, y me puede dejar en la esquina. -Sacó la raqueta de la bolsa y la dejó en el asiento.

– Son veintitrés dólares -dijo el conductor cuando se detuvo delante de una bodega.

Leapman le pasó tres billetes de diez por la rejilla.

– Vuelvo en cinco minutos. Si sigue por aquí, se ganará otros cincuenta.

– Seguiré por aquí -respondió el taxista en el acto.

Leapman cogió la bolsa vacía y se bajó del taxi, sin molestarse en recoger la raqueta. Cruzó la calle, y se sintió más tranquilo al ver la acera muy concurrida. Era una de las razones por las que siempre escogía las tardes de domingo. Nunca se hubiese arriesgado a presentarse allí por la noche. En Queens, no vacilarían en robarle la bolsa vacía.

Apuró el paso hasta que llegó al número 61. Se detuvo un momento para ver si alguien se fijaba en él. ¿Qué motivos había para que lo hiciera? Bajó la escalera y abrió la puerta del antiguo NYRC.

El conserje lo miró desde su posición sedentaria y al ver quién era, asintió -el movimiento más enérgico que había hecho en todo el día- y luego continuó leyendo la página de hípica. Leapman dejó el paquete de Marlboro sobre el mostrador. Desaparecería en cuanto se diera la vuelta. Todo hombre tiene un precio.

Miró el lóbrego pasillo donde la única luz la daba una bombilla de cuarenta vatios. Algunas veces se preguntaba si no sería él la única persona que se aventuraba más allá de la recepción.

Tampoco necesitaba mucha más luz para encontrar la caja, aunque no se podía leer el número; como todo lo demás se había borrado con el paso de los años. Miró hacia el mostrador; el fuego de uno de sus cigarrillos brillaba en la oscuridad.

Sacó la llave del bolsillo, la metió en la cerradura, la hizo girar y abrió la puerta. Luego abrió la bolsa antes de mirar de nuevo hacia el conserje. Leía. Tardó menos de un minuto en pasar el contenido de la caja a la bolsa, y cerrar la cremallera.

Leapman cerró la puerta de la caja por última vez. Recogió la bolsa, momentáneamente sorprendido por el peso, y caminó hacia la recepción. Dejó la llave en el mostrador.

– No volveré a necesitarla -le dijo al viejo, que no permitió que esta súbita interrupción en la rutina le distrajese de su análisis de los participantes de la carrera de las cuatro en Belmont. Era más un pasatiempo que otra cosa porque llevaba doce años sin acertar un ganador.

Leapman abandonó el local, subió los escalones para volver a la calle Lincoln. Miró a uno y otro lado. Todo en orden. Caminó rápidamente hacia la esquina donde lo esperaba el taxi, con la bolsa bien sujeta.

No había recorrido más de veinte metros cuando, como por arte de magia, se vio rodeado por una docena de hombres vestidos con pantalón vaquero y cazadoras de nailon azul, con las letras FBI escritas en amarillo en la espalda. Aparecieron corriendo hacia él desde todas las direcciones. Un momento más tarde, dos coches entraron en Lincoln, uno por cada esquina -aunque era una calle de dirección única- y frenaron estrepitosamente a un par de metros del sospechoso. Esta vez los transeúntes se pararon para mirar al hombre vestido con un chándal gris y que llevaba una bolsa de deportes. El taxista se alejó a toda prisa, con cincuenta dólares menos, y una raqueta de squash.

– Léele sus derechos -dijo Joe, mientras otro agente esposaba a Leapman con las manos a la espalda, y un tercero se hacía cargo de la bolsa.

«Tiene derecho a permanecer en silencio…», cosa que hizo Leapman.

Después de que le leyeran sus derechos -no por primera vez- Leapman fue conducido hasta uno de los coches y lo sentaron sin mucha ceremonia en el asiento trasero, donde lo esperaba el agente Delaney.

Anna se encontraba en el museo Whitney, delante de una tela de Rauschenberg titulada Satélite, cuando vibró el móvil que llevaba en el bolsillo. Vio en la pantalla que la llamaba Sombra.

– Hola.

– Me equivoqué.

– ¿Se equivocó en qué? -preguntó Anna.

– Eran más de dos millones.

El reloj de un campanario cercano tocó las cuatro.

Krantz escuchó que uno de los guardias mayores decía: «Nos vamos a cenar, volveremos dentro de unos veinte minutos». El fumador tosió como única respuesta. Krantz permaneció inmóvil en la cama hasta que los pasos de los guardias se perdieron en la distancia. Pulsó el timbre junto a la cama y en el acto una llave giró en la cerradura. Ella no tuvo que adivinar quién esperaba con ansia acompañarla al lavabo.

– ¿Dónde está su compañero?

– Está fumándose un cigarrillo -respondió el guardia-. No se preocupe, yo me encargaré de darle su parte.

Krantz se frotó los ojos, se levantó de la cama lentamente y salió al pasillo. Otro guardia dormitaba en una silla al otro extremo del pasillo. El fumador y el tenorio habían desaparecido.

El guardia la sujetó del brazo y se apresuró a llevarla al lavabo, pero se quedó en la puerta mientras ella entraba en el cubículo. Krantz se sentó en el inodoro, extrajo el condón, sacó dos billetes de veinte dólares y los ocultó en la mano derecha. Luego se metió el condón en un lugar donde ni siquiera el menos remilgado de los guardias querría buscar.

En cuanto tiró de la cadena, el guardia abrió la puerta. Sonrió al verla salir. El guardia que dormía no se movió, y su custodio pareció tan complacido como ella al comprobar que no había nadie más.

Krantz señaló con un gesto el cuarto de la ropa blanca. El hombre abrió la puerta y entraron. Krantz abrió el puño para mostrar el dinero. Se los ofreció al guardia. En el momento en que él iba a cogerlos, Krantz dejó caer uno de los billetes al suelo. Sin sospechar nada, el guardia se agachó para recogerlo. Solo fue un segundo pero bastó para que él sintiera toda la fuerza del rodillazo en los testículos. Mientras se desplomaba con las manos en la entrepierna, Krantz lo sujetó por el pelo y de un solo tajo le cortó la garganta con las tijeras del médico. No era el mejor de los instrumentos, pero era el único que tenía a mano. Le soltó el pelo, lo cogió por el cuello de la chaqueta y, con toda la fuerza que pudo reunir, lo metió en el tubo de descarga de la lavandería. Con un último impulso lo lanzo al vacío, y luego saltó ella.