La vacía entrada del Hilton estaba inundada de luz. Cuando bajé del coche no pude descubrir ningún rastro del Chrysler, y me estremecí al pensar que podían haber sufrido un accidente y que por ello no los había visto en el camino. Cerré mecánicamente la portezuela y entonces vi reflejado en el cristal el brillante radiador del Chrysler. Estaba detrás de la rampa, en la penumbra, entre la cadena y la señal de parada. Caminé hacia el hotel. Al pasar vi el oscuro interior del coche, que parecía vacío, pero el cristal estaba bajado a medias. Cuando me hallaba a cinco pasos de él, vi la punta encendida de un cigarrillo. Quise hacerles una seña, pero me contuve; la mano me tembló, la metí en el bolsillo y entré en el vestíbulo.
Un pequeño incidente cuya única importancia residía en que quedaba cerrado un capítulo y comenzaba el siguiente. En el fresco aire nocturno todo parecía de una claridad antinaturaclass="underline" los coches del aparcamiento, mis pasos, el empedrado, y me fastidió no poder hacerles ni una seña. Hasta ahora había seguido el plan de horario como un alumno las horas de clase, y verdaderamente no había pensado en el hombre que hiciera antes que yo este mismo viaje; que, como yo, se detuviera y tomara café, fuera de hotel en hotel por la Roma nocturna y terminara su viaje en el Hilton, de donde ya no salió vivo. Ahora, el papel que estaba representando se me antojó una burla, como si quisiera desafiar al destino.
Un joven botones, rígido por la propia importancia —quizá solo intentaba exagerar su cansancio—, salió conmigo hasta el coche y tomó en sus manos enguantadas mis polvorientas maletas, y yo sonreí, distraído, a sus relucientes botones. El vestíbulo estaba vacío; otro botones colocó mi equipaje en el ascensor, que se elevó con el sonido de una caja de música. Yo aún llevaba dentro el ritmo del viaje, no podía deshacerme de él, como si se tratara de una melodía pegadiza. El botones se detuvo, abrió una puerta de dos batientes, encendió las luces de las paredes y del techo, salón y dormitorio, dejó las maletas en el suelo y me quedé solo. De Nápoles a Roma hay solo dos pasos y no obstante me sentía cansado, pero se trataba de un cansancio diferente de otros, tenso, porque ignoraba qué me depararía la sorpresa siguiente. Me sentía como si hubiera vaciado una lata de cerveza a cucharadas, era algo parecido a una sobriedad embriagada. Recorrí las habitaciones; la cama llegaba hasta el suelo, por lo que podía ahorrarme mirar debajo de ella, y abrí todos los armarios, aunque sabía muy bien que allí no encontraría a ningún asesino; el asunto no era tan sencillo, pero hice lo que debía hacer. Levanté las sábanas y los dos colchones, examiné el travesero; me parecía inverosímil que ya no volviera a bajar de esta cama. Pero qué se le va a hacer, el hombre no funciona democráticamente. El centro de la conciencia, las voces de derecha e izquierda, todo es un parlamento ficticio, pues existen catacumbas que lo hacen retemblar. El Evangelio según Freud. Regulé el aire acondicionado, subí y bajé las persianas; los techos eran lisos, claros, no como en la Posada de las Dos Brujas. Allí el peligro era tangible, francamente macabro, el dosel de la cama caía sobre la persona dormida y la estrangulaba. Aquí no había dosel ni tenaz romanticismo. Sillones, una mesa, alfombras, todo en el lugar adecuado: una decoración corriente y confortable… ¿Había apagado los faros?
Las ventanas daban al otro lado de la calle, por lo que no podía ver el coche. «Estoy casi seguro de que los he apagado, pero si he olvidado hacerlo, que Hertz se preocupe de ello.» Corrí las cortinas, me desnudé, dejé caer los pantalones y la camisa y me quité el sensor con mucho cuidado. Después de la ducha tenía que ponérmelo de nuevo. Abrí la maleta grande; encima de todo estaba la caja del esparadrapo, pero no encontraba las tijeras. Me quedé en medio de la habitación, sintiendo una ligera presión en la cabeza y la mullida alfombra bajo las plantas de los pies. Ah, sí, las había puesto en la cartera. Impaciente, tiré de la cerradura, y junto con las tijeras cayó también una reliquia metida en una funda de plástico, una fotografía, amarilla como el Sahara, del Sinus Aurorae, mi pista de aterrizaje número 1, donde no había aterrizado nunca. La foto estaba sobre la alfombra, ante mis pies desnudos —algo doloroso, necio y significativo a la vez—. La recogí, la contemplé a la luz blanca de la lámpara del techo: a 10 º de latitud norte y 52 º de longitud este; arriba, la mancha del Bosporus Gemmatus, abajo la formación del ecuador. Lugares donde debería haber posado los pies. Me quedé contemplando la fotografía, y finalmente, en lugar de guardarla de nuevo en la cartera, la dejé junto al teléfono de la mesilla de noche y me fui al cuarto de baño.
¡Maravilloso cómo el agua se derramaba sobre mí en centenares de finos chorros calientes! La civilización empieza con el agua corriente. Los retretes del rey Minos de Creta. Un faraón hizo formar una teja con la suciedad que le habían raspado del cuerpo durante toda su vida para que le sirviera de almohada en su sepultura. Las abluciones siempre tienen algo simbólico.
En mi juventud no lavaba nunca un coche que tuviera el menor defecto hasta que estaba reparado; entonces lo limpiaba y pulía hasta darle el máximo brillo. ¿Qué sabía en aquella época sobre el simbolismo de la pureza y la impureza que existe en todas las religiones? Lo único que apreciaba en los apartamentos de doscientos dólares era el cuarto de baño. El hombre se siente como se siente su piel. En el espejo que cubría toda la pared vi mi torso enjabonado con la marca de los electrodos, como si estuviera de nuevo en Houston, y también las caderas, blanquecinas por el slip de baño. Abrí más el grifo y las cañerías gimieron lastimosamente. Calcular las curvaturas de modo que nunca produzcan una resonancia es, por lo visto, un problema casi insoluble de la hidráulica. ¡Cuántos conocimientos inútiles! Por fin me sequé, sin perder mucho tiempo en la elección entre las diversas toallas, y fui desnudo al dormitorio, dejando huellas de humedad tras de mí. Volví a pegarme firmemente el sensor del corazón, pero en lugar de echarme en la cama, me senté sobre ella. Calculé con rapidez: en el termo cabían al menos siete cafés. Antes me habría dormido como una marmota, pero ahora ya sabía qué significa pasarse la noche dando vueltas. En la maleta tenía Seconal, un preparado que se recomendaba a los astronautas y que yo había ocultado a Randy. Adams no lo había tomado; por lo visto dormía perfectamente. Tomar ahora una tableta no sería jugar limpio. Había olvidado apagar la luz del cuarto de baño. Me levanté perezosamente. En la penumbra, la suite parecía mayor. Desnudo, de espaldas a la cama, permanecí indeciso unos segundos: ah, sí, tenía que cerrar la puerta con llave y dejarla en la cerradura. 303, el mismo número. Se habían preocupado de que lo fuera. ¿Y ahora? Busqué el miedo en mi interior. Un sentimiento vago, un poco de vergüenza, pero no había modo de saber de dónde provenía la inquietud. ¿De la perspectiva de una noche de insomnio? ¿Acaso de la agonía? Todos somos supersticiosos, aunque no todos lo sabemos. A la luz de la lámpara de la mesilla volví a observar con detalle todo cuanto me rodeaba, esta vez con resuelta desconfianza. Las maletas estaban medio abiertas; la ropa, diseminada por los sillones. Un auténtico ensayo general. ¿El revólver? Tonterías. Meneé la cabeza con autoconmiseración, apagué la lámpara al acostarme, distendí los músculos y empecé a respirar con regularidad.
La capacidad de conciliar el sueño a una hora determinada había sido una parte esencial del entrenamiento. Y, además, ¿no había abajo dos hombres en el coche que observaban en el osciloscopio cada movimiento de mi corazón y mis pulmones? Con la puerta cerrada por dentro, las ventanas herméticamente aseguradas con cerrojos, ¿qué me importaba que él hubiese dormido a esta misma hora en esta misma cama?