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—Allí está la casa del dios. Éste es el comedor. Aquel pequeño edificio de enfrente es la casa del Orador. Lo conocerás cuando desayunemos. Vayamos a comer.

...El capitán Oxenshuer y el comandante Vogel, que pasarán juntos el próximo año y me­dio, en el ambiente de lata de sardinas de su nave espacial, durante su viaje de ida y vuel­ta a Marte, no son precisamente extraños. Naci­dos el mismo día —el 4 de noviembre de 1949— en Reading, Pennsylvania, crecieron juntos, fue­ron a la misma escuela y compartieron un dor­mitorio en Princeton. Salían con las mismas chi­cas, y fue el capitán Oxenshuer quien presentó al mandante Vogel a su futura esposa, Claire Barnes, en 1973. «En realidad, él me la birló», sue­le decir el alto y delgado astronauta a los periodistas, sonriendo para demostrar que no guarda rencor a su amigo. En cierto sentido, el comandante Vogel le devolvió el favor, ya que el capitán Oxenshuer se casó el 30 de marzo de 1978 con Lenore Reiser, prima hermana de su amigo, a quien conoció en la boda de éste. Después de obtener importantes títulos científicos —el capitán Oxenshuer se licenció en meteorología y mecánica celeste, el coman­dante Vogel en geología y navegación espacial—, ingresaron juntos en el programa espacial, en la primavera de 1979; poco tiempo después fue­ron elegidos como miembros del grupo primiti­vo de treinta y seis hombres que se entrenaban para el primer vuelo tripulado al planeta rojo. Según sus compañeros astronautas, se distin­guieron rápidamente por sus veloces e imagina­tivas respuestas a situaciones de tensión, por su brillante trabajo de equipo y también por sus compartidas preferencias por las travesuras y las bromas, que más de una vez les causaron problemas con jefes más convencionales de la NASA. Pese a alguna que otra reprimenda, eran considerados como la elección obvia para el pri­mer viaje a Marte; su designación fue anuncia­da el 18 de mayo de 1985. El coronel Walter (Bud) Richardson, que fue nombrado coman­dante de la misión a Marte el mismo día, no comparte los antiguos vínculos que unen al ca­pitán Oxenshuer y al comandante Vogel, pero ha estado estrechamente vinculado con ellos en el programa de astronavegación de los últi­mos diez años, y hace mucho que es su más íntimo amigo. El coronel Richardson, el ter­cero de los tres mosqueteros interplanetarios de este país, nació en Omaha, Nebraska, el 5 de junio de 1948. Desde la infancia deseó ser as­tronauta y...

Cruzaron la plaza, dirigiéndose al comedor. Después de cruzar la puerta se encontraron en un vestíbulo de paredes oscuras y techo bajo. Unas puertas de vaivén lo comunica­ban con los salones. Por los cristales de las puertas, Oxenshuer pudo ver un amplio espacio, poco iluminado, a derecha e izquierda, en el que mucha gente de as­pecto solemne, vestida con las mismas túnicas que lle­vaban sus tres compañeros, se sentaba ante largas mesas de madera desnuda, pasándose fuentes de comida. Nick dijo a Oxenshuer que se quitara la mochila y la dejara en el vestíbulo; nadie la tocaría, aseguró. Cuando iban a entrar, un chico de diez años se coló como un rayo por la puerta de la izquierda, chocando casi con Oxenshuer. El chico se detuvo a tiempo, retrocedió dos pasos, obser­vó con desvergonzada curiosidad la cara de Oxenshuer y, sonriendo, señaló la barbilla afeitada de Oxens­huer, acariciando la suya propia, como indicando que era raro ver a un hombre sin barba. Matt lo cogió por los hombros y lo estrechó contra su pecho; Oxenshuer pensó que iba a propinarle un azote como castigo por su falta de respeto, pero no; Matt lo abrazó con ternura, lo balanceó en el aire y volvió a dejarlo cariñosamente en el suelo. El chico estrechó con rapidez los poderosos antebrazos de Matt y salió corriendo por la puerta de la derecha.

—¿Su hijo? —preguntó Oxenshuer.

—Mi sobrino. Tengo doscientos sobrinos. Todos los hombres de esta ciudad son hermanos míos, ¿no? Así que todos los niños son mis sobrinos.

—¿Podría concederme unos minutos para hacerle una o dos preguntas, capitán?

—Si son realmente unos minutos. Tengo que estar en Control de Misión a las 08:30, y...

—Entonces me limitaré a un tema de gran impor­tancia para nuestros lectores. ¿Cuáles son sus sentimien­tos ante la divinidad, capitán? Usted, como astronauta que pronto saldrá rumbo a Marte, ¿cree en la existencia de Dios?

—Según mi resumen biográfico, se sabe que voy a misa de vez en cuando.

—Sí, claro; sabemos que usted es católico practican­te. Pero... Bueno, capitán, hay mucha gente que cree que para algunos astronautas la práctica religiosa es más un problema de relaciones públicas que de necesida­des espirituales auténticas. No quiero ofenderlo, capitán, pero estamos tratando de averiguar la verdadera naturaleza de su relación, si es que la tiene, con la presencia di­vina, más bien que...

—De acuerdo. Me ha hecho una pregunta complicada y no veo ninguna respuesta sencilla. Si me está pregun­tando si creo literalmente en el Padre, el Hijo y el Espí­ritu Santo, si pienso que Jesús bajó para salvarnos y fue crucificado por nosotros y al tercer día resucitó y subió al cielo, tengo que decir que no. Salvo en un sentido vago y metafórico. Pero sí creo en... ¡Ah...! Supongamos que creo en la existencia de una fuerza que organiza el universo, un poder de sublime sabiduría que mantiene la unidad, un principio de justicia subyacente al que lla­mamos Dios a falta de un nombre mejor. Y al que trato de acercarme, cuando siento la necesidad de hacerlo, por medio de la Iglesia católica, porque así lo aprendí en mi infancia.

—Ésa es una filosofía muy abstracta, capitán.

—Sí; abstracta.

—Su punto de vista es muy racionalista. ¿Usted di­ría que su frío racionalismo es característico de todo el grupo de astronautas?

—No puedo hablar por todo el grupo. No salimos del mismo molde. Tenemos algunos chicos cien por cien americanos, que van todos los domingos a la iglesia y piensan que el mismo Dios escucha personalmente cada una de sus palabras; tenemos un par de ateos, aunque no le diré quiénes son, y no nos faltan otros muchachos a quienes tanto les da. Puedo decirle que también tene­mos unos pocos místicos, algunos auténticos gurús. No se deje engañar por los uniformes y el pelo corto. Vaya, hay momentos en que yo mismo he sentido la atracción del misticismo.

—¿De qué modo?

—No estoy seguro. Es como una sensación de estar al borde de alguna clase de oportunidad cósmica. La conciencia de que puedan existir fuerzas reales fuera quede mi alcance; no abstracciones, sino entidades rea­les que funcionan con dinamismo, con las que podría sintonizar si pudiera encontrar la clave. Se sienten cosas así cuando se sale al espacio, por mucho que pienses que eres racionalista. Lo he sentido cuatro o cinco ve­ces, en vuelos de entrenamiento, en misiones orbitales. Quiero sentirlo de nuevo. Quiero pasar. Quiero llegar a Dios, ¿me entiende? Quiero llegar a Dios.