– Me han contado que no encuentras reposo en las noches, y que tus gritos alertan al resto de los novicios.
– Me acuso, padre -dijo él-, de debilidad de espíritu. Varios demonios me visitan por las noches. Uno de ellos ha hurgado con sus dedos en mi punto más flaco y halaga mi vanidad. Y en la lucha que entablamos grito y perturbo la tranquilidad del monasterio.
El tío obispo, imagino, porque de esto poco me han hablado, y mi absurda imaginación ha de llenar los huecos, como el mar los arrecifes, se sintió conmovido. Debió levantarse, o quizás aferrar algo próximo.
– ¿Qué te cuentan esos demonios, hijo?
– Que algún día seré rey. Que soy hijo de reyes. Uno de ellos se dice mi padre e inflama mi fantasía con promesas falsas. Me presenta llanuras floridas, montes nevados, ríos que no se encuentran en Noruega. Con sus dedos puntiagudos me señala qué camino seguir, o reniega de mí como hijo si desobedezco sus indicaciones. Y me tortura de día, pero, como sabéis, me atenaza por las noches, para que su voluntad y la mía sean la misma. Y en ocasiones creo flaquear y perder la razón.
– Encomendaos a Dios -respondió el buen obispo-, y aguardad, que no habéis ejercitado la paciencia conmigo en vano.
Y entonces, las mechas humeando a su paso, le dejó, como acostumbraba, con la palabra en la boca, a punto de brotar, y con las preguntas en el aire.
Diez días más tarde se llamó al convento a reunión capitular. No se siguieron las normas ortodoxas porque se desconocían. Las modernas habían sido descuartizadas por las guerras, y las anteriores, por los ratones y la humedad.
¿Era Sverre Sigurdsson un digno emisario de la Iglesia?
No, no lo era, indicaba su obispo y maestro.
¿Qué aguardaba entonces a Sverre Sigurdsson?
El monasterio se había cubierto de musgo y muérdago. Ni uno solo de los novicios, antes tan amigos, ahora tan remotos en su simpatía, falsos o probados vírgenes, se mantenían aparte de la decisión que se tomaba, porque, por muy alejados que se encontraran del sur, ellos y sus familias también dominaban y perdían o ganaban en la guerra.
– Un espectro -dijo el obispo- en las noches le señala, le indica, con el índice señalando al norte, el camino de la conquista. Un fantasma que le suplica ventaja. ¿Habremos de permitir que un rey vague sin venganza?
Se acordó que el obispo pediría audiencia en la corte itinerante, y que pulsaría allí las emociones de los lendmenn que se oponían al rey Magnus, y que se encontraban descabezados. De sobra se sabía que no había herederos directos del anterior rey Sigurd ni de sus parientes. Los enemigos se observaban a distancia y tomaban aire, se lamían las heridas, como lobos dispuestos al salto en la menor ocasión.
Aburridos de falsas esperanzas, apenas prestaron atención al religioso. Bostezaban, entraban y salían de la sala, sin educación ni cortesía. Languidecía la tarde, y el obispo se recuperaba de su disgusto y de la irregular afluencia de dignatarios en la corte. De pronto, como un potrillo pataleando, miró en su completa severidad a los señores.
– Nosotros no deseamos un cambio en Noruega -comenzó-, no deseamos más poder para los campesinos, ni tampoco un reparto de tierras entre los señores que luchen por nosotros. Deseamos que todo permanezca igual. Cuando la guerra finalice, todo permanecerá igual que ahora.
Un muchacho afirmaba que en sueños su padre le atosigaba.
Una mujer, más rubia que el trigo, con los ciclos en el mismo tiempo que las crónicas indicaban, una mujer libre de toda tacha o rumor, afirmaba que era su hijo. E hijo del aspirante, además.
– Sverre.
– Sverre Sigurdsson.
– Del mismo Sigurd.
Su madre, Gunhild, así lo había confesado.
– Me tomó -dijo, con la serenidad propia de una viuda, cubierto el rostro por la vergüenza y el estupor.
– ¿Cómo era? -preguntó primero Sverre, y luego, una y otra vez, todos aquellos a los que se les contó la historia.
– Su cintura se combaba hacia la izquierda, y una cicatriz le cruzaba, de muslo a rodilla, una pierna poco hábil.
Quienes habían conocido al rey testificaron. La mujer hablaba con señales ciertas. El rey no cojeaba, nadie que no le hubiera visto desnudo hubiera podido desvelar el dolor de aquella herida que le avergonzaba. El parecido del muchacho con el rey difunto era tan destacado que, a toda prisa, Sverre fue jurado hijo real.
Nunca adivinaron por qué esa mujer había guardado el secreto con tanto afán, ya que podía sacarla de la miseria y colocarla en un palacio. Ya por entonces todos los hijos de rey, legítimos o bastardos, compartían el mismo derecho al trono. Pero un obispo velaba por ella y su muchacho, y se dio por bueno. Si algo oculto resultaba ser voluntad de Dios, ahí estaban los sacerdotes para descifrarlo.
– ¿Luchará contra el rey Magnus?
– Si no se reconoce su derecho, luchará contra él, como es cosa de honor.
Cuando, recuperadas las fuerzas con pan de centeno y tocino, se le dijo que debía marchar al sur, hacia Bergen, sintió que un peso se alzaba de sus hombros y que un velo muerto y agotado caía. Sus ojos cobraron nuevo brillo, y la inmovilidad que un monasterio aseguraba a otras almas contemplativas se convirtió en una sangre nueva.
Astrid le había dado un hijo que aún no gateaba, al que llamaban Haakon. Se despidieron sin duelo, con la resignación de quien se limita a cumplir con una parte de su destino.
– Cuando haya crecido, envíamelo con este brazalete, como señal tuya.
– Bien.
– Te he amado más que nadie. Más que a nada.
Astrid, con la mente más en las dos vacas que poseían, que aguardaban el ordeño en aquella madrugada, que en Sverre, le despachó con un gesto de urgencia.
– Sí, sí. Cuando pueda valerse por sí mismo, te lo remito. Pierde cuidado, velaré por él. Es mi hijo también.
Sverre aguardó junto a la puerta de las cuadras, contaminado por la esperanza y los libros que había leído.
– Mandaré a alguien a por ti.
– Si vives.
– Viviré.
– Entonces -dijo ella, exasperada-, consígueme a alguien que ordeñe estas vacas y las cabras, y juro por mi vida que respiraré para ti y tus caprichos. Mientras tanto, déjame en paz, por Dios, Sverre.
Años más tarde, cuando Sverre fue coronado, se llevó a su amante y a su hijito Haakon a la corte. Vivieron con discreción, alejados de peligros y de penas, bajo la mirada vigilante del obispo, que había sido nombrado tutor real.
El bisabuelo se las arregló para enfrentarse prácticamente a todos los bandos: a la Iglesia, a los nobles, a las facciones conservadoras, a los bagler, más tarde, y a buena parte de los ejércitos mercenarios. Y, sin embargo, durante periodos dorados de su reinado, logró la paz. Nunca firmó una tregua duradera ni alcanzó la temporada de prosperidad que se ha vivido con mi padre y mi hermano, pero fue el primero, en largos años de guerra, que lo consiguió.
No olvidó, ni su tío se lo permitió, que las palabras que habían permitido que fuera rey eran las que les habían recordado a los birkebeiner que ellos no se meterían en luchas de clases ni de tierras. Esa posición le resultó enormemente útil para atraerse a las guerrillas de hombres libres más humildes, que luchaban para que ningún señor, bagler o birkebeiner, los sometiera como siervos. Pero también lo hizo simpático a los ojos de los nobles rebeldes al rey Magnus, que eran minoría, y que veían garantizados sus estados si Sverre ganaba.
Sverre ganó: se enfrentó a Magnus en la batalla del Fiordo de Sogne. Al final de la contienda, que acabó con una victoria aplastante del bisabuelo, apareció el cuerpo muerto del rey Magnus. El luto por el monarca duró siete días, y fue seguido con escrupulosidad por el propio Sverre, que había llegado a apreciarlo y que admiraba su capacidad para atraerse a la gente llana.