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– Enséñanos cómo lo hiciste, abuela -le preguntamos en alguna ocasión, dispuestos a maravillarnos como ante algún mago-. Dinos cómo se puede caminar sobre brasas sin quemarse, cómo puedes atrapar el hierro candente.

La abuela nos prestaba la misma atención breve y a disgusto de siempre.

– Vosotros no entendéis nada -contestaba-. Después de lo que había vivido, aquella prueba era insignificante. Dios me lo debía.

Nunca dijo más, pero a mi padre no le guardaba secretos. Mi padre no tenía secretos con mi madre, y mi madre odiaba los secretos. Así funcionaba mi familia, y de esa manera nos enterábamos de todo lo que los mayores deseaban que supiéramos pero consideraban poco digno contarnos.

La habían acorralado cuando regresaba a la aldea con el ganado, después de tres días sola con sus cabras en la montaña. Ella era pobre incluso entre los pobres; vagaba sin rumbo con los animales por un jornal, y ni siquiera se había enterado de que las hostilidades recorrían de nuevo aquel territorio.

Junto con otras dos mujeres, los soldados birkebeiner la llevaron a un cobertizo, donde las encerraron durante un día entero, sin comer ni beber. Una de las compañeras se ahorcó con su enagua, que había desgarrado a tiras. Inga y la otra le ayudaron: estaba recién casada, no podría regresar al pueblo con honor. Sus propios padres, su marido, la habrían condenado al destierro o la habrían dejado morir de hambre.

– Piénsalo de nuevo -le dijo Inga-. Sólo se vive una vez.

La chica movió la cabeza, resignada, y se dejó caer desde el techo.

Durante el segundo día, los soldados aparecieron en dos ocasiones. Habían realizado una incursión hasta el valle y regresaban de buen humor, porque traían con ellos a todos sus hombres. Les dieron pan, carne y aguardiente. La otra mujer se negó a probar bocado y suplicó con la voz enronquecida por las lágrimas que la dejaran regresar con su familia.

– Tengo dos hijos pequeños…

Inga observaba los rostros de los birkebeiner y cómo cuando uno de ellos parecía a punto de conmoverse los otros se mofaban, y por lo tanto, le forzaban a ser el más cruel de todos, para ganarse su respeto. Apretó los dientes para que dejaran de temblarle los labios, y cuando le tocó el turno, no pidió clemencia. Era virgen, de manera que aceptó el aguardiente para darse fuerzas y bebió casi tanto como los hombres.

A la mañana siguiente, ayudó a que la segunda mujer se ahorcara.

– Así condenas a tus hijos -dijo Inga, a la que le dolía la cabeza tanto que cualquier otra sensación quedaba embotada y lejana.

– No tengo ningún hijo -contestó la otra, ya casi sin voz.

Sólo eran dos, y no pudieron colocar la cuerda trenzada con tanta precisión como con la otra muchacha, de manera que la mujer forcejeó en una agonía eterna, con los pies en escorzos imposibles, hasta que se balanceó suavemente, de un lado a otro. Inga la auxilió porque lo creía su obligación, aunque estaba convencida de que los hombres, enardecidos por el desafío de las mujeres, la tomarían con ella. No fue así. Sorprendidos por su valor, y ya un tanto hastiados de violencia, le permitieron que se sentara con ellos y la alimentaron con generosidad.

– ¿Cómo te llamas?

– Inga.

– ¿Cuántos años tienes?

– No lo sé.

– ¿Viven tus padres?

– No lo sé.

– ¿Quieres venir con nosotros?

– No lo sé.

Tres días más tarde la liberaron. Los vio marchar en la puerta del cobertizo, y no entró de nuevo hasta que los caballos no eran sino una mancha minúscula entre los árboles. Tenía moratones por todo el cuerpo y un olor nauseabundo pegado a la piel, pero salvo eso, se encontraba bien. No la golpearon porque no opuso resistencia, pero sus manos y sus piernas le habían estragado la piel. No habían matado sus cabras, y le dieron una moneda de plata, casi a escondidas, como si quisieran lavar su conciencia. La habían violado todos, los ocho, cada día, por riguroso turno jerárquico, sin ni siquiera permitir que se lavara entre uno y otro.

Cuando se alejó del cobertizo pensó en arrojar al río la moneda, que le quemaba en la mano. Tras un instante alejó ese pensamiento, desechó el orgullo y la escondió en la saya. Tendría que comer, tarde o temprano, y no esperaba clemencia en su aldea.

Mientras le abría las piernas y las mantenía separadas por las rodillas, el único birkebeiner con barba le había dicho:

– Di que viva el rey Haakon Sverrisson.

– Viva el rey Haakon Sverrisson -había repetido ella, ya borracha e insensible a cualquier dolor.

– ¡Dilo más alto!

– ¡Viva! ¡Viva el rey Haakon Sverrisson!

No sabía quién era. Hasta entonces, no había escuchado aquel nombre jamás.

Mi madre, la reina, que era quien, arañada por las guerras civiles, más debía llorar, ocultaba sus penas con una fortaleza que yo no he heredado. Cuando mi padre, o su ejército, mataban a alguno de sus parientes, era la primera en celebrarlo y en defenderse así de las murmuraciones.

– No son mis hermanos, ni mi padre, desde que me casaron. A esta familia le debo fidelidad, y mal pagaría al Cielo lo que me ha dado si mostrara pesar por sus enemigos.

Cualquier otra hubiera dicho algo parecido y luego, a escondidas, con sus criadas, con sus amigas o sus hijas, hubiera llorado y rendido respetos a sus muertos. Mi madre no. Aceptaba que la vida, que su propio padre, la hubiera situado en ese bando y abrazaba esa causa con las espinas y con la gloria.

Según las leyes naturales, mi madre y la abuela Inga hubieran debido odiarse. No cabe bajo el cielo una disparidad mayor de caracteres, de intereses y de orígenes. Además, las dos amaban con pasión a mi padre, y quizás esa coincidencia era la que podría haber desencadenado mayores males que los desacuerdos.

– Mando sobre un país para que dos mujeres acaben gobernando sobre mí -refunfuñaba mi padre, y también mi hermano, en los días en los que ellas los agobiaban con sus peticiones, o en las ocasiones, frecuentes, en las que ellas habían tenido razón en un consejo o en una advertencia.

Sin embargo, mediaba entre ellas una armonía que se extendía al resto de la casa, y el afecto que se mostraban, mi madre con su natural serio y desprendido, mi abuela con sus reservadas maneras, no me preparó para las intrigas de una corte como la castellana. Ni una mala palabra se cruzó nunca entre ellas. Antes bien, conspiraban para lograr el bien de mi padre, y era extraño que dieran un paso sin consultar, o al menos anunciar a la otra qué senda seguirían. Mi abuela no interfería en nada relacionado con nosotros o la intimidad del matrimonio, y mi madre nunca sintió interés por la vida pública y las artes políticas, en las que la abuela Inga tanto se jugaba.

Era frecuente verlas, cabeza con cabeza, juntas, en una meditación que iniciaba una y continuaba la otra. O flanqueando a mi padre en la mesa, a la espera de una excusa para quedarse a solas con él y presentarle un problema.

– El viejo Oyvind…

– Ese niño que nos encomendaron…

– La cerveza que te empeñaste en comprar…

– La abuela opina…

Mi madre había nacido en una casa noble llamada Rein, en la región de Fosen, como hija del duque Skule Bárdsson, un firme aspirante al trono, y su destino se decidió muy pronto: fue una maniobra clásica, que se había repetido desde hacía siglos y que en ocasiones funcionaba con mayor efectividad que un tratado, o como refuerzo del mismo.

El rey Inge miraba al duque con afecto, porque había desbaratado varias rebeliones, la más grave de ellas, la de los campesinos que se habían amotinado en Tr0ndelag. Además, eran parientes. Aunque mi padre había sido nombrado heredero, Skule fue designado su tutor, debido a su poca edad, y gobernaba sobre un tercio de Noruega. Otro tercio se encontraba bajo el cetro de Felipe Simonsson, el rey bagler. Todos aguardaban a que el honesto Inge muriera para saltar sobre el trono, y el buen rey murió sabedor de que así sería, repartiendo consejos a unos y a otros. Pero Haakon, al que creían dominado por la mano de Skule, decidió que sus derechos al trono debían ser respetados.