Las reuniones que se convocaron para llegar a un acuerdo entre los pretendientes terminaban con espantadas de los nobles, con más intrigas y con pactos que duraban lo que las hojas en los árboles. Skule, obedeciendo un antiguo deseo del rey Inge, decidió casar a su hija con el heredero, Haakon, aquel niño misterioso aparecido entre la nieve y la noche, convertido en un mozo de acero y voluntad, y asegurar así la satisfacción de todos los aspirantes. Con esa boda, Skule no sería rey, pero sí suegro de rey y abuelo de reyes, y vería a su hija en el trono.
– No es de mi entera satisfacción -dijo el abuelo a quien quisiera escucharle, y eran muchos los que deseaban prestarle oídos, rumiando la revancha-, porque el origen del muchacho aún no se ha refrendado, y porque así me entrego a él sin luchar. Pero sea, si eso nos ahorra verter más sangre.
Poco después de que tuviera lugar el Juicio de Dios en Bergen, aún a la espera de que Roma se pronunciara acerca de la legitimidad de mi padre, pero con toda Noruega entregada ante el milagro que habían presenciado, a mi madre, que no había cumplido los once años, se le pidió opinión. ¿Deseaba ella casarse con aquel joven?
Ella pidió contemplarle en persona, sin ser vista y sin que él supiera el rango que ella tenía. Mi madre, a la que habían educado para obedecer, pero sólo si la orden no contradecía su moral y su dignidad, conocía vagamente a su futuro esposo, y el acuerdo le parecía bien, pero era niña, al fin, y había oído hablar mucho ya de Haakon Haakonsson como para no sentir deseos de al menos curiosear.
Su tía se la llevó al palacio en el que había vivido el rey Inge, convertido en campamento de maniobras, con la excusa de visitar a sus primos, y, con un brial de sarga, como si fuera una criadita, lo observó en los ejercicios de destreza primero, y luego, durante un descanso, en el que empleó a otro de sus compañeros como montura y se dejó caer luego sobre la hierba, riendo.
– ¿Te gusta? -preguntó la tía, que recordaba con cuánta intensidad se clavan las emociones en las almas jóvenes.
– Sí… -dijo ella.
Se comprometieron en una ceremonia rápida, demasiado formal para que pudieran entenderla, y ella regresó a casa con sus padres hasta que, seis años más tarde, tuviera lugar la boda.
Durante esos seis años, muchos sucesos habían tenido lugar: la guerra, siempre la guerra. La muerte de parientes y el miedo constante de las mujeres. Cuando mi madre se reencontró con mi padre había perdido gran parte de su inocencia. La cercanía del matrimonio y el goteo continuo de las obligaciones que, como futura esposa, se esperaban de ella habían restado ilusión a la jovencita. Le asustaba casarse, pero le aterraba aún más no llegar a estarlo, o que su prometido falleciera de manera imprevista y quedarse viuda antes de la boda.
Conocía de los hombres algunas pasiones y comportamientos; sabía que el primer amor de su futuro marido había muerto de parto, y no se le ocultaba la existencia de los dos niños que habían nacido en las Oreadas. Le habían aconsejado que los criara como propios, y no sabía si podría albergar afecto por ellos. No se le escapaba tampoco que, de no gustarse Haakon y ella o no considerarlo conveniente, cualquiera de los dos podía poner fin al matrimonio; pero resultaba claro que para ella hubiera sido casi imposible encontrar un marido a su edad y en esas circunstancias.
– ¿Qué os dijisteis la primera vez que os visteis, mamá?
– Nada. La primera vez él no me vio.
– Pero ¿y la primera vez que sí os visteis? -insistía Cecilia, tan ansiosa de comprender el pasado de nuestros padres como yo.
– No nos permitieron hablar. En nuestra ceremonia de compromiso nos unieron las manos, repetimos las fórmulas en latín y cada uno regresó con su familia.
Nosotras, exasperadas, suspirábamos.
– Entonces, más tarde, cuando de nuevo os encontrasteis, antes de la boda.
– Las jóvenes bien educadas no hablábamos con los novios antes de la boda.
– Pero… en algún momento tuvisteis que deciros algo.
– Con los maridos no se habla, Cecilia. Se combate.
Al cabo de algún tiempo, al vernos enfurruñadas y decepcionadas, se reconciliaba con nosotras.
– No recuerdo las primeras palabras que nos intercambiamos vuestro padre y yo…, pero sí recuerdo que en las vísperas de la boda una de las dueñas arrastraba de la mano a dos niños muy tímidos. Uno era un muchachito, y la otra, una niñita de rizos rojos.
Nosotras, sobre todo yo, mucho menor, conteníamos la respiración, porque por primera vez Sigurd y Cecilia aparecían en nuestra historia familiar.
– Yo no sabía aún que esos niños eran mis primeros hijos, pero mi corazón voló con esa niña pelirroja, y aún no se ha apartado de ella.
Algún tiempo más tarde supe que lo que mi madre contaba no podía ser cierto: Sigurd y Cecilia habían llegado con un convoy, con parte de los bienes que las Oreadas regalaban a mi padre como tributo de las bodas, y no fue sino dos meses después de la boda cuando mi madre los encontró y los prohijó.
Por mucho temor que hubiera sentido a que no se celebrara la boda, ella no se mostró demasiado ansiosa por casarse: hubiera sido una muestra de desprecio a su familia de origen y una señal de que era una mujer dócil, dispuesta a cualquier cosa por complacer a su marido. Eran tiempos curiosos aquéllos, en los que los hombres morían como moscas y condenaban a las mujeres a agostarse sin hijos ni esposos, pero en los que, al mismo tiempo, ellas debían mostrarse reacias a casarse, y ocultaban lo que más deseaban.
Mi madre obligó a mi padre a un breve cortejo, le rehuyó, le hizo sentirse un cazador en busca de una cierva, y sembró para siempre la desconfianza en su corazón. Él, el adorado de todos, la esperanza de Noruega, no podía conseguir sin esfuerzo que una muchacha de dieciséis años le diera un beso, y nada le aseguraba que en la siguiente cita se lo concediera de nuevo.
– No te comprendo, mujer -le decía, mientras ella se defendía con uñas y dientes de él, ocultando la risa, en los pocos momentos, cuidadosamente dispuestos, en los que los mayores los dejaban a solas.
– Ya me comprenderás. Tienes toda la vida para la comprensión.
– Dios me libre de ello -se quejaba él, también riendo.
Y en la siguiente ocasión repetían de nuevo el juego: ella se escapaba, él la acorralaba por unos instantes hasta que una patada o un arañazo le permitía correr libre.
Ya casados, no olvidó nunca que la primera lección de una mujer casada era mantener siempre la sonrisa pronta y el misterio sobre sus emociones. Si nadie adivinaba qué era lo que deseaba o lo que le repugnaba, nadie podría acusarla de intrigar a favor de sus intereses.
Nunca compartía del todo sus pensamientos con su marido, y él se acostumbró a malvivir en la incertidumbre de si su mujer le amaba o no. De vez en cuando, sin venir a cuento, le regalaba joyas, que mi madre aceptaba con una sonrisa pero dejaba luego olvidadas en cualquier rincón, como si no les diera la menor importancia o encontrara normal que apreciaran su valor con oro. Hizo siempre de él lo que quiso, pero se aseguró de que lo que ella quería fuera lo adecuado para él.
– No te regalaré nunca nada más -prometía él, al que le gustaba que sus presentes fueran acogidos con grandes celebraciones y agradecimiento eterno-. He reservado a mi orfebre preferido durante dos meses para montarte esa sortija de esmeraldas, y esta noche la olvidaste sobre la mesa de la cena. ¿Cómo puedes hacerme esto, mujer?
– Mi cabeza se ocupa de demasiadas tareas. De todas maneras, no necesitaba más sortijas.
Mi padre se enfurruñaba aún más.
– Nunca te regalaré nada más.
– Me parece lo justo -decía ella.