Mi madre le mantuvo la mirada, sin parpadear. Se liberó de la tenaza que la inmovilizaba.
– ¿Qué se sabe del rebelde? -preguntó.
– Logramos acorralarle en la zona este de la ciudad, pero alcanzó la catedral de Oslo y, junto con un buen número de sus hombres, se acogió al asilo en sagrado.
Tras un momento de indecisión, mi hermano tomó la palabra:
– ¿Y se le respetó?
– ¿Qué quieres? -fue la réplica de mi padre, mientras se encogía de hombros-. ¿Que después de lo que nos ha costado la bendición de la Iglesia rompiéramos tratos con ella por una argucia de Skule? No sólo se le respetó: le dimos, como respetuosos caballeros de la paz de Dios, tregua desde el miércoles al lunes por la mañana, y miramos hacia otro lado mientras se escabullían hacia las colinas.
Trajeron carne ahumada y la repartieron en el gran salón de banquetes, desprovisto de colgaduras o adornos, como si nos encontráramos en lo más árido de la Cuaresma, mientras los cocineros prometían a voces, desde la puerta, que estaban matando pollos y que los freirían en manteca en cuanto les fuera posible.
– No le queda más escapatoria que regresar al norte. Su heredero ha muerto, los soldados quieren regresar a sus tierras para recolectar la cosecha. Casi todos son campesinos con derecho a portar armas. Carece de dinero, y sus apoyos flaquean. No se rearmará hasta la primavera próxima, y para entonces le daremos caza en sus propios dominios.
Mi madre suspiró y tomó un plato de latón de las manos de una de las siervas, para presentárselo a mi padre. Él lo rechazó con un gesto.
– Que los hombres coman, que se lo tienen merecido. Se han alimentado de huevos cocidos y de verdura medio podrida durante días. Reúne a los niños y prepárate para acudir a la catedral. Que no quede un solo dignatario eclesiástico que desconozca que le he perdonado la vida a mi suegro, y que mi primer deseo fue postrarme ante el altar.
– Olaf está dispensado -dije yo.
Mi padre me miró con tanto desprecio que casi me hizo llorar.
– Quiero veros a los cinco príncipes de rodillas ante san Olav, dispensados, no dispensados o muertos. A los cinco.
Haakon me pellizcó en la mano.
– ¿Desde cuándo contradices al rey? -susurró, y el castigo, que no me dedicaba a menudo, me sorprendió más que me dolió-. Avisa a las dueñas de Olaf y cámbiate de camisa. Y llora, que se te vea y se te oiga llorar con desconsuelo.
Durante los primeros días después del regreso de mi padre a nadie se le permitió descansar. Aunque yo no lo recordaba, me contaron que siempre era así después de una batalla, que los humores de los varones se descompensaban y hasta que no se equilibraran de nuevo no encontraban nada a su gusto, alborotaban por cualquier cosa y luego, de pronto, rompían a llorar o abollaban escudos porque cargaban contra ellos una y otra vez. Por primera vez presencié la tensa espera de mi madre mientras mi padre le gritaba con una rabia desconocida en él.
– ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? -habían sido las preguntas que iniciaron la pelea. Mi padre apretaba en la mano unas piedras talladas, unos amuletos que mi madre acostumbraba a deslizar bajo nuestra almohada desde que la guerra había comenzado-. ¿A qué te conducen esas supersticiones? ¿Qué piensas que puede ocurrir si una de tus criadas, a las que tanto mimas, acude a la casa del obispo con un puñado de runas? ¿Por qué os empeñáis, tú y los tuyos, en arriesgar mi vida?
– Dijo que la batalla se inclinaba a tu favor, y en eso, como en todo, acertó.
– ¿Has consultado de nuevo a esa vieja? ¿Has desobedecido mi voluntad?
– Ella…
– ¡Ella -cortó mi padre- no te relata más cuentos que los que deseas escuchar, ni más presagios que los que anhelas! ¡Las guerras no se vencen con hechizos ni con pócimas de mujeres! ¡Hay que regar los campos con sangre! ¡Hay que sembrar con oro! -Se volvió a la abuela Inga, que contemplaba la pelea en silencio-. ¿Qué dices tú, madre? ¿Qué comportamiento de reina es éste, engatusada con las artes oscuras?
– No te encuentras en una posición tan fuerte como para despreciar ninguna ayuda -dijo ella-. Antes nos decían que había que sacrificar a los antiguos dioses. Ahora sacrificamos a los nuevos, a los santos de los que nos hablan los curas y al Dios invisible de los obispos. No creo que los dioses mueran tan pronto ni pierdan su poder tan rápidamente como los reyes. Coge esas runas y llévalas contigo. Es un acto de arrogancia despreciar la ayuda de los dioses, de cualquier dios.
Mi padre fijó su atención en las piedrecitas, las arrojó al suelo y se alejó hacia el patio gruñendo. Nosotras recogimos las runas y volvimos a colocarlas, con extrema delicadeza, bajo su almohada.
Esa primavera nuestro ejército preparó una incursión por mar hacia las posesiones de mi abuelo. El rey, mi padre, poco experto en el mando marino, siguió el desarrollo de la nueva campaña desde un campamento en la frontera con Trondelag, y nosotros, algo más serenos al saberlo lejos del frente, continuamos con lo que nos quedaba por administrar.
Nuestros hombres, descansados y gordos tras un invierno en el que los habíamos atiborrado de comida, mimos y confianza, se abrieron camino sin dificultades y acorralaron al abuelo y los restos de sus tropas en la localidad de Elgeseter, contra el río Nigelven. El duque Skule intentó repetir la maniobra y pidió asilo en el monasterio agustino que coronaba uno de los montes.
Pero Elgeseter, en su lejanía, sin testigos delatores que narraran su versión de la historia, no era Oslo, ni la paciencia de mi padre la misma. Mientras el obispo de Nidaros, amigo de la infancia de Skule, suplicaba a mi padre que llegara a un acuerdo y perdonara la vida a los rebeldes, mi padre había dado ya la orden de incendiar el monasterio con todos sus ocupantes. Ninguno sobrevivió. Algunos contaban que el abuelo se había negado a huir y que pereció abrasado. Otros soldados, en las noches de celebración, contaban, borrachos, que los habían hostigado hasta que intentaron escapar de las llamas y que habían pasado a cuchillo al maldito Skule, al escurridizo rebelde.
Aquélla fue la última guerra. Dimos gracias a Dios por ello.
Yo contaba con diez o doce años cuando mi madre me llevó a la Bruja. Me había amenazado con castigos extremos si me iba de la lengua, si una sola palabra se me escapaba en presencia de la abuela o de mi padre, o, aún peor, de las siervas.
Aunque prohibidas con sumo rigor por la Iglesia (no transcurrían más de dos semanas sin que el sermón del obispo de Bergen aludiera a la labor maligna de aquellas mujeres y a su perversidad), las brujas vivían protegidas por el pueblo, que encontraba en ellas soluciones simples a sus problemas y aires de esperanza, ahora que la guerra había finalizado y se podía aspirar a algo más que a una vida de supervivencia.
Mi madre había elegido llevarme a la que más fama había logrado; velada y con ropas prestadas, me guió de la mano hasta el puerto, justo cuando comenzaba a anochecer, a principios de otoño, y allí callejeamos colina arriba, hasta una casa con la puerta encarnada. La Bruja vivía en una habitación orientada al sur, pero que mantenía en total oscuridad. El cuarto olía a sebo, a hierbas secas y, mezclado entre aromas que casi podían mascarse, prevalecía el mismo olor envolvente y oriental que en las iglesias.
– Ésta es la niña, entonces -dijo, y me indicó que me acercara. Su rostro, de color marrón, como una manzana fuera de tiempo, era suave y sin arrugas, como el de los esquimales del norte, pese a que se veía, se sentía, que era muy anciana.
Me volvió la cara a un lado y a otro, y me observó a la luz de la lamparilla con suma atención.