– Muy bien, muy bien -musitó.
Me palpó los huecos de los pómulos, las rodillas y las caderas. Acercó su oído a mi corazón y escuchó durante mucho tiempo. Yo, mientras tanto, observaba el camastro del rincón, separado por una cortina, en el que dormía un gato, enroscado sobre sí mismo.
– Va a crecer aún mucho -le dijo a mi madre-, y será hermosa. No tanto como la otra, pero atraerá todas las miradas. Será propicia a las ojeras, porque sus humores son fríos y con ellos la sangre no circula, pero vivirá una existencia larga y dichosa, sin problemas de salud.
Me senté de nuevo junto a mi madre. El gato dio una vuelta sobre sí mismo y estiró una pata, con absoluta satisfacción. La Bruja removía un montón de piedras sobre la mesa que nos separaba, y cuando les presté atención vi que eran runas talladas en huesos muy menudos, idénticas a las que mi padre había desechado.
– Escoge tres, y luego dos -me pidió.
Señalé cinco sin rozarlas, temerosa de que los huesos fueran humanos. La Bruja se levantó y nos sirvió tres cuencos con un té muy oloroso y caliente. La infusión se abría camino a través de los pensamientos y clavaba las ideas en el aire, las hacía visibles, para desvanecerse luego.
– Tendrá más suerte que su hermana -dijo-. Tendrá más suerte que su hermano. La primera runa es la sagrada Erhwaz, la de los inicios dichosos, y la segunda, Kano, el fuego. Vivirá una larga vida dominada por la suerte y la pasión. La tercera es Gebo: creció rodeada de dones y regalos, y ella misma será un regalo. Le adornarán toda serie de virtudes, y el oro y la plata no significarán para ella más que la lluvia para las plantas. Ella misma es una flor.
Hizo una pausa y rozó con la punta de la uña la talla en la cuarta runa.
– Aquí -añadió- es donde la predicción se vuelve interesante para ti, madre. Estos dos triángulos opuestos de la sagrada Jera dicen que serás una abuela joven y dichosa. La niña parirá hijos sanos, para gloria de tu familia y de la familia de su marido. Los alumbrará con el verano, el tiempo más adecuado para ello, y una de ellas, una de tus nietas, cuidará de ti. No te aflijas si tu hija debe abandonarte, que ése es el destino de las hembras, porque regresará a ti.
Si mi madre se sintió aliviada, no lo dejó ver. Yo, por mi parte, no encontraba nada de sorprendente en lo que la Bruja decía: así había imaginado yo mi futuro.
– La última runa es la de la confianza en el sagrado Odín. No temas nada, todo será para bien. Así como tu otra hija te habrá causado lágrimas, y las seguirás vertiendo por ella, las que ésta te haya hecho derramar habrán sido agua para la tierra seca. Esta niña te llenará de orgullo y sólo atraerá el bien.
Mi madre le dio las gracias y le aseguró que una de las siervas le pagaría esa misma semana, porque a ella no le era posible disponer de dinero. La Bruja se encogió de hombros.
– Con tu protección me basta, señora. Pero soy pobre, y si quieres compartir tu riqueza y tu alegría con los pobres, sería injusto despreciarlo.
Apuramos el té que nos dilataba las pupilas de los ojos y nos agudizaba el tacto y la mirada, e intercambiamos las bendiciones de despedida.
– ¿Cómo se llama? -pregunté.
Contestó sin mirarme, comprendiendo perfectamente a qué me refería.
– No tiene nombre. Los gatos, los vencidos y los dioses nuevos nunca tienen nombre, de la misma manera que las mujeres honestas sólo tienen eso, su nombre. No lo olvides, si algún día quieres ser una buena reina.
Mi hermana Cecilia hubiera sido, bajo las enseñanzas de mi madre, una reina mucho más digna que yo, aunque su oráculo no lo pronosticaba y aunque no fue una princesa ejemplar. Cuando vivía con nosotros me despertaba muchas veces su risa como presagio de un buen día, porque se mostraba alegre desde la mañana a la noche, y lo demostraba sin escándalos, como si hubiera heredado, suavizados por la femineidad, el sentido del humor y el buen carácter de mi padre. Pero si el rey se alimentaba de sí mismo, del manantial de risa que brotaba en su interior y se desparramaba, la alegría de mi hermana sólo cobraba sentido si hacía felices a quienes la rodeaban.
– Tengo un petirrojo y tengo un gorrioncillo -nos engatusaba nuestro padre-. Tengo dos pajaritos para mí, y sólo me piden migajas para cantar y calentarme el corazón. ¿No soy afortunado?
Mi hermana era generosa y despistada, y en ocasiones ocultaba su generosidad fingiendo despistes. Pretendía ser más golosa de lo que en realidad era, por el puro placer de repartir luego pasteles entre sus hermanos o sus amigas. Los siervos hubieran dado la vida por ella, porque recordaba sus nombres y escuchaba sus penas, y en ocasiones intercedía por ellos ante mi madre. Otras veces ni siquiera daba ese paso, pero escuchaba con tanta atención, como un confesor clemente, que les bastaba eso para sentirse desagraviados.
Era uno de los muchos hábitos de Cecilia que mi madre desaprobaba pero que, con el tiempo, le permitió porque le convenía. Cecilia suavizaba la vida de la corte como la grasa los ejes de los carros, y cuando actuaba de manera contraria a sus costumbres no sólo ella parecía una flor marchita: la propia vida en el castillo se ralentizaba, los niños llorábamos por cualquier razón y los cocineros, malhumorados, prestaban menos atención a la comida.
– ¡Cómo se nota que naciste en una tierra salvaje, de una madre salvaje! -le gritaba mi madre cuando se enojaba con ella-. ¿Qué haremos contigo? ¿Quién te quitará esas espinas, para que un marido pueda quererte?
Olvidaba constantemente que, aunque no le hubieran concedido ese título, a todos los efectos era una princesa real, y actuaba como celestina de los amoríos de sus amigas y dueñas, asaltaba la despensa, de la que había conseguido las llaves, arrasaba el jardín para llenar de flores la capilla y se quedaba dormida durante las misas. No le gustaba peinarse, y hasta que mi madre le daba caza y la obligaba a ello, era capaz de pasarse días sin desenmarañar su cabello, que, como el de todos los pelirrojos, tendía a ensortijarse. Entonces, sentada ante dos desganadísimas dueñas, que cumplían con su labor de tirones y aceitado con profundo pesar, se volvía a mi madre y le decía, sin el menor rastro de ironía:
– No te disgustes, mamá. No soy mala, pero no me veo capaz de distinguir sin ayuda lo adecuado de lo incorrecto.
Y mi madre notaba que se le entibiaba el corazón y pactaba con ella promesas que sabía que acabarían incumplidas, porque lo que decía era cierto; Cecilia, que jamás hizo mal a nadie, no sabía diferenciar lo que ella creía bueno de lo que se aceptaba en una corte.
Mi memoria salta del día de su primera boda a los meses que, tras enviudar, pasó de nuevo con nosotros. Había vivido con Gregorius Andresson como con nosotros, a su antojo, y el matrimonio y la viudez no le habían dejado grandes heridas. Se deslizaba en el tiempo como los niños, con la vista fija en cada momento presente, sin ayer ni mañana, y aunque había amado tiernamente a Gregorius, no le dolía su muerte.
– Dios ha querido que él muera y que yo siga viva… Alabada sea Su Voluntad.
Yo, que me había enamoriscado un poco de mi cuñado, me indignaba ante su falta de duelo, que sólo se mostraba en sus ropas enlutadas.
– ¿Cómo puedes alabar a Dios y cantar cuando tu marido aún no se ha enfriado en su tumba? ¿Qué clase de mujer eres? No puedo comprenderte.
Cecilia se compungía apenas.
– Eres demasiado joven para comprenderme, pero ya te llegarán penas en la vida que te harán sentirte más cercana a como pienso. ¿Qué gano yo con llorar? ¿Qué bien le hago al pobre Gregorius, que sólo buscaba mi felicidad? La vida es demasiado corta para gastarla en lágrimas, Kristina. Empléala en el amor y en la risa, que el otoño llega pronto y a todos nos aguarda la noche.
– No es decente -insistía yo.
– ¡En esta corte nada es decente, a menos que sea aburrido!
Pero enfadarse con mi hermana era inútil. Sólo había vivido momentos felices con Gregorius, y ahora, convencida de su derecho a que esa dicha continuara, esperaba con paciencia a que mi padre le buscara un nuevo marido.