El rey se había tomado como una ofensa personal el que Gregorius falleciera y había convocado a la corte a varios pretendientes viudos y solteros, para encontrar un sustituto con el que mi hermana se sintiera satisfecha, y él, complacido.
– Los bagler no muestran formalidad ni para morirse. ¡A Gregorius le quedaban aún diez, veinte años de vida! -refunfuñaba, y luego retrasaba la cuestión del matrimonio de mi hermana, porque era reacio a separarse de esa potrilla distraída y risueña-. No te pareces en nada a tu madre, pero ¡por Dios, cómo me recuerdas a tu madre…!
Por aquellos días la salud de mi hermano Olaf empeoraba rápidamente: nunca había compartido nuestra fortaleza. Nació a los ocho meses, casi ciego, y todos los alimentos le provocaban dolores y ardor. Se alimentaba de sopas y caldos, y de pan remojado en ellos. Aunque lo manteníamos a nuestro lado y asistía a las celebraciones más importantes, mis padres se habían despegado de él, y su ama seca era quien lo cuidaba en sus habitaciones.
En ocasiones nos olvidábamos de que Olaf existía; o incluso de que los otros chicos (el pequeño Magnus, Haakon, Sigurd) compartían nuestra vida, tan alejadas eran sus rutinas de infancia de las nuestras, las de las muchachas. A ellos, salvo a Sigurd, les ocurría lo mismo, y de vez en cuando nos miraban sobresaltados al encontrarnos en el salón, y antes de que su boca esbozara una mueca amable los ojos ya habían revelado lo que sentían.
– Ah, pero ¿eres tú?
Olaf tuvo una muerte dulce, un sueño temprano (se encontraba cansado, había dicho, y lo habían llevado al lecho al mediodía, aún con luz, lo habían arropado, había rezado sus oraciones con su ama) del que no despertó. Se sabía que en ocasiones los vástagos más endebles son los que perduran más en el tiempo, y creo que, muy escondido entre otros miedos, mi familia albergaba ése: lo notamos en la cabeza erguida de mi padre, en la postura de mi madre durante el entierro. Parecían más jóvenes, más altos. Se habían deshecho de una pesada carga.
Aunque la muerte de Olaf iniciaba una temporada de luto de dos años, la cuestión del matrimonio de Cecilia no permitía demasiada demora. Mi hermana no había tenido hijos, y cada mes que pasaba se acercaba más a la edad en la que no podría concebirlos, de manera que se decidió por uno de los pretendientes a los que ella volvía casi locos con su amable manera de olvidarse de sus nombres y de sus encuentros. En eso, como a mí, nunca la acompañó la memoria.
– Vos sabréis disculparme -le confesaba, de pronto, a un noble danés que la había acompañado en actitud sumisa durante toda una tarde-, pero he olvidado vuestro nombre. ¿Me lo repetís?
Y el pobre hombre, que hablaba con el espeso acento de su tierra y se sentía ya bastante avergonzado por ello, repetía su nombre, su rango y su capital, porque se estremecía con la certeza de que Cecilia no los conocía y que elegiría por capricho cuando se la presionara.
Al final, se decidió por el rey de un reino diminuto compuesto por un puñado de islas, Harald el de las Hébridas, que debía impuestos y obediencia a mi padre y era un hombre apuesto de cabello negro y una mirada de perro leal casi idéntica a la de Gregorius.
La segunda boda de mi Cecilia resultó tan alegre como la primera, aunque los fastos fueron menores debido al luto por Olaf, y porque las nupcias de una viuda 110 permitían tanta celebración como las de una virgen. Por lo tanto, se organizó un almuerzo después de la ceremonia de esponsales, que se prolongó hasta que los novios se retiraron para consumar el matrimonio.
Lo único que nos apenaba, entre los brindis, la cerveza y las visitas de cumplido de parientes y deudos, era que cuando terminaran los festejos, mi hermana se marcharía a las Hébridas y la veríamos en raras ocasiones.
– Volveremos a vernos pronto -decía, como si el trayecto hasta sus nuevas islas fuera algo que pudiera abarcarse con facilidad-. ¡Si no, enviudaré otra vez, y no os quedará otro remedio que aceptarme de nuevo!
Mi madre hizo un gesto para alejar la mala suerte, mientras todos nos reíamos.
– Si entierras a otro marido -la conminó mi padre- me enterrarás a mí con él. ¡No puedo pagar una tercera boda!
La recuerdo con su vestido verde ribeteado de pieles, los rizos atados con cuerdas de oro, en nuestra despedida en el puerto. La noche anterior me había hablado de las obligaciones del matrimonio y de que, nuevamente, el lecho compartido con Harald era un lugar de gozo para ella.
No volvimos a verla. Una semana más tarde nos llegó la noticia de que el barco que los llevaba a su nuevo hogar había naufragado. Sólo algunas cuadernas, unos cabos destrozados, se habían recuperado del mar. Las Hébridas, sin monarca y sin heredero, pasaban a ser posesión noruega, y a cambio mi padre entregaba a su hija al mar como sacrificio.
Sigurd, que la quería más que ninguno de nosotros, prorrumpió en alaridos cuando supo la noticia. Durante días gimió y rechazó todo alimento, hasta que se convirtió en un espectro de ojos enormes, casi sin fuerzas.
– Me lo han arrebatado todo, todo.
Así como mi hermana había sido afortunada en cada ocurrencia que emprendió, así Sigurd estaba tocado por la desgracia. Si las antiguas leyes hubieran continuado en vigor, él, y no mi hermano Haakon, hubiera heredado el trono, porque fue a instancias de mi madre y de mi abuela por lo que se logró que sólo los hijos legítimos obtuvieran ese honor. De haberse mantenido las normas de las Oreadas, hubiera podido pedir la mano de Cecilia, porque en esas islas salvajes no importaban los lazos de sangre, y los hombres, como los viejos dioses, se casaban entre hermanos.
Mi padre lo hubiera consentido, feliz de retener a sus dos hijos pelirrojos bajo el mismo techo, como decían que hizo el emperador Carlos el Magno con sus hijas; pero no osaba enfurecer a los obispos, que habían hablado claramente acerca de esa costumbre pagana. Mi hermano Sigurd, por lo tanto, fue rechazado con firmeza en las tres ocasiones en las que lo propuso, y se le indicó que tampoco yo, hija de otra madre, me libraba de la prohibición papal.
– Te buscaremos una esposa a tu gusto, una muchacha bien educada. Elígela tú mismo. A diferencia de Haakon, no te atan obligaciones de que pertenezca a una casa real. Anímate, y la dotaremos bien.
– No quiero una mocosa cualquiera. Quiero a alguien de mi sangre. De mi linaje.
– Si vuelves a hablar así -dijo mi madre, sin levantar la voz, pero con la amenaza marcando cada sílaba, como asoma la navaja bajo la manga del asesino-, como te atrevas a acercarte a mi hija o a verter una sola palabra para convencerla de tu idea, yo misma me encargaré de hacerte descuartizar.
Sigurd nos miraba sin saber cómo amarnos: le había sido negado el entregarnos su corazón y su cuerpo a Cecilia y a mí, y la envidia y el sentimiento de que el reino le había sido arrebatado envenenaba su cariño por Olaf, por Haakon y el pequeño Magnus. Respetado, con dinero y posesiones pero sin un rango real, era el reverso de Cecilia: nunca cometió nada incorrecto, porque distinguía perfectamente lo adecuado de lo indigno, pero, ah, cómo lo deseaba, cómo ansiaba destruirlo todo…
– Que paséis una buena noche, doña Cristina -dijo mi marido la primera noche, y tras ésa, todas las demás.
AI principio, bajo la ligera capa de sorpresa, latía el alivio. Después, cuando las semanas pasaron, el alivio se convirtió en preocupación, y luego en una angustia ciega y ardiente. Mi padre había engendrado seis hijos, y mi madre hablaba con franqueza de las dificultades que le suponía refrenar su ardor. Cecilia me había revelado la felicidad que encontraba con sus maridos por las noches, y del alivio que le proporcionaba confesarlo por las mañanas en la capilla. La mirada de Sigurd nos seguía con un deseo palpable, espeso como la pez. No sabía cómo despertar el interés de un hombre correcto pero frío, que me trataba como a una hermana, cuando mi propio hermano ansiaba asaltarme como a una esposa.