Mi hermano Sigurd murió durante la celebración de la Birkebeinerrennet, en una tarde ventosa durante la cual se separó del grupo y se desorientó. Sus amigos lo buscaron hasta desfallecer, llamándolo a gritos que la niebla amordazaba. Lo encontraron unos días más tarde, congelado y devorado por las fieras.
El pueblo lamentó la ironía de que un príncipe perdiera la vida en la misma fiesta que recordaba que su padre había ganado la suya. Le lloraron por respeto al dolor del rey, a quien veían postrado, y porque cada pérdida en la casa real recordaba los terribles tiempos en los que bastaba una muerte para que el delicado equilibrio constituido saltara por los aires. En sus treinta años de vida mi hermano había hecho pocos amigos y, sin despertar odio, tampoco movía a muchas simpatías.
Eso fue lo que se hizo creer, y lo que todos creyeron. La verdad, celosamente preservada, era que mi hermano se había ahorcado en su cuarto, poco después de que Cecilia desapareciera, tragada por las aguas. Mi madre lo encontró cuando su cuerpo aún guardaba calor, después de haber entrado en su habitación en una intuición que intentaba acallar.
Durante el último año Sigurd cedía cada vez más a menudo a la melancolía, y se encerraba durante días enteros. Su bilis ennegrecía y le privaba de fuerzas para levantarse, o comer, o caminar.
– Señor, organicemos un baile, echemos a danzar a las mozas bonitas y que los hombres las agasajen -le aconsejaban algunos cortesanos, preocupados-. Tenéis un hijo fuerte y sano que se ahoga en vida sin dar una sola oportunidad al amor.
– No quiero bailes -era la contestación de Sigurd cuando se le proponía-. No quiero nada.
– Antes le gustaba la caza. Que él y el heredero retomen esa afición: hay ciervos y gamos que aguardan en los bosques, y en el contacto con la tierra, los ánimos se elevan.
Mi hermano se volvía con el rostro a la pared y no decía nada.
– Otorgadle un puesto de responsabilidad. Durante años ha vivido a la sombra del heredero, pero quizás un cargo como administrador despierte en él la ambición y los deseos por serviros.
– Lo agradezco -fue la contestación de Sigurd-, pero no entiendo de esas artes y seré derrotado en eso, como lo he sido en todo lo demás.
Mi madre, preocupada, le compró una concubina sueca, muy dulce, que Sigurd rechazó. El resto de los remedios prescritos contra la tristeza fracasaron, y mi padre, incapaz de comprender en qué tentáculos se enredaba su hijo, comenzó a rehuir su presencia y a encomendarnos su cuidado a las mujeres de la familia.
– Vosotras albergáis más paciencia y un espíritu más amable. Convencedle, prometedle lo que sea, pero sacudid ese mal aire y devolvedme a mi hijo de nuevo.
Mi padre se entendía bien con el heredero, mi hermano Haakon, que poseía un carácter similar al suyo y que había sido ya nombrado cogobernante. Le obedecimos como mejor supimos, y las tres (mi abuela, mi madre, yo misma), cada una con nuestra porción de amor, cada una en nuestro entendimiento, mantuvimos la lucha contra su dolencia.
Jamás se había dado el caso de un melancólico en la familia, y ahora que yo misma lo soy reparo en con qué torpeza tratamos a mi hermano. Le forzábamos a la luz, a la comida, a la compañía, le atropellábamos con nuestra charla, cuando era él quien necesitaba vaciar su alma y regular sus humores.
Durante horas yo parloteaba sin orden, con la creencia de que alguno de los temas que trataba atraería su interés. Con los ojos cerrados, cada vez con menos paciencia, mi hermano sólo musitaba una frase.
– Por favor, déjame solo.
Mientras Cecilia vivía, las largas charlas con ella le mantuvieron cuerdo: Cecilia escuchaba sin prisa, se tragaba sus preguntas y sus interrupciones, tan sólo miraba y escuchaba. Con ella muerta, el dolor de Sigurd fermentó en su interior, sin una sangría de palabras que le liberara del peso, y ni mi abuela, demasiado fría, ni mi madre, demasiado ocupada, ni yo, demasiado joven, pudimos atajar la enfermedad.
Cuando le encontramos, no dudamos en cómo debíamos obrar: un hijo del rey no podía morir como los antiguos paganos, ahorcado en honor a Odín. Apartamos la mirada de su entrepierna, que delataba que había muerto en pecado mortal, y lo envolvimos en una sábana de lino. Como cazadores furtivos, sin que nuestros movimientos alertaran a los siervos, siempre dispuestos a hablar de lo que no debían, nos deslizamos de cuarto en cuarto.
– Pero… -preguntaron los hombres- ¿cómo ha podido? ¿Quién lo vigilaba?
Bajamos la mirada, atrapadas en falta. Nadie le vigilaba: no le considerábamos peligroso, ni tan enfermo. A mí se me deslizaban las lágrimas por la nariz, y sentía la garganta en carne viva.
– Ahora ya es tarde -dijo mi hermano Haakon-. Hay que sacarlo del palacio, y es preciso hacerlo pronto. Un accidente de caza resulta adecuado para un príncipe.
– Que parezca, entonces, un accidente infortunado.
Faltaban seis jornadas para la Birkebeinerrennet, y mi hermano Haakon se preparaba para asistir a ella con sus amigos. El viento azotaba las piedras cargado de nieve, y prometía tormenta.
– Lo llevaré en mi carro -dijo Haakon-, y lo esconderemos en el bosque. Lo lloraremos cuando lo encontremos. Hasta entonces, refrenad las lágrimas, porque nadie debe saber nada.
Asentimos sin apenas palabras. La certeza de nuestra fragilidad como familia, como clan dominante, se imponía con un latigazo renovado: ya sólo sobrevivíamos tres de los hijos del rey, y, aunque acallados, los enemigos de mi padre se sentirían felices de encontrar una causa para acabar con nosotros. El miedo, que no sentía desde que era una niña, posó su mano fría en mi estómago.
– No puedes llevártelo así -dijo mi abuela-. El frío lo conservará tal y como lo hemos encontrado. Debemos fingir que fue herido.
Mi padre pareció no escucharla, y luego se alejó de ella.
– Haced como os parezca -dijo, antes de abandonar el cuarto.
La abuela Inga se encargó de mutilar el cuerpo, para que desaparecieran las marcas de su cinturón en el cuello y se abrieran heridas parecidas a las de una fiera. Recogió con esmero cada tasajo de carne, cada grumo de sangre coagulada, y los enterró luego en el jardín, en un rincón que bendijo con agua y una reliquia.
Cuando finalizó, de mi hermano no quedaba nada, ni siquiera el alma, que se condenaría por toda la eternidad. Casi decapitado, apenas restaba un rasgo reconocible en su cabello, en las manos que se parecían tanto a las mías. Yo estaba demasiado aterrorizada para llorar, con el sabor amargo de la náusea en la boca, mientras mi madre buscaba alguna joya para completar el traje de caza, y mi abuela la miraba hacer, hosca.
– Estúpido, cobarde, niño consentido -susurró de pronto-. La guerra no se acaba hasta que uno muere. ¿Qué sabes tú de lo que te traería el futuro? ¿Cómo podías saber si los sobrevivirías a todos, o si lograrías un feudo por herencia o conquista? No tienes una gota de mi sangre…
– Calla, madre -le pidió la mía, con los ojos dilatados por el espanto.
– Cállate tú -contestó la abuela-. La vida no nos pertenece. La de este muchacho, como la tuya, era patrimonio del rey. ¿Qué problemas vivía Sigurd? No le faltó nunca comida ni abrigo, tuvo todo lo que se le podía antojar. Pero él miraba más allá, quería más, ansiaba lo que no podía obtener. No le habéis hecho caso a la abuela.
Os habéis encariñado con ellos. Éste es el destino de los hijos malcriados, y la culpa recae sobre vosotros, los padres, que no los habéis educado como debierais, rodeados siempre de lujos y de mimos y de caprichos otorgados.
La voz de la abuela nos llevaba de nuevo a tiempos que nadie quería recordar, a los años atroces en que la guerra la había obligado a comer raíces y a vagar como mendiga. Ella nunca los había olvidado, ni cuando se inclinaban a su paso como la reina madre ni cuando la paz parecía asegurada. Comía con frugalidad, pero siempre ocultaba alimentos en su cámara, siempre controlaba las salidas secretas de cada casa en la que dormía.