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– Deberíamos fundar nuevos monasterios y dotar a los hijos de los nobles para que fortalecieran la Iglesia, como hacen en el sur.

Mi padre lo meditaba, y asentía.

– Ése hubiera sido también el sentir de tu abuelo -musitaba, y se refería a Skule. Con el tiempo, mi padre añoraba el enfrentamiento con su suegro, y se dirigía a él a menudo, como si aún pudiera escucharle-. Él fundó monasterios… y yo me dediqué a incendiarlos, Dios me perdone.

Al cabo de poco tiempo florecieron abadías y nuevas iglesias, codiciadas por los hijos segundones y que aseguraban a mi familia no sólo el apoyo de los nobles, sino el control de una nueva generación de eclesiásticos, más leales al rey que al lejano poder de Roma. Los canteros y los arquitectos lo adoraban y bendecían su nombre, y los leñadores llamaban a sus hachas «El dedo de Haakon».

Con las nuevas disposiciones para la construcción, los incendios, que antes arrasaban barrios enteros, disminuyeron y se espaciaron. Donde antes sólo se construía con madera, comenzó a verse la piedra y el granito, y los tejados de turba se sustituyeron por losetas de pizarra, sobre las que las chispas de los rayos o la yesca resbalaban, inocentes.

En las ciudades en las que mi padre residía por temporadas, que eran casi una docena, las casas se alzaban firmes y sólidas, y los nobles competían entre sí por construirse residencias hermosas. La fiebre por mostrarse a la moda arrasó con las cabañas de los puertos, salpicó de pavimento las calles de los gremios, recién formados, e incluso las casuchas de los pueblos, casi enterradas en las laderas de las montañas, renovaron sus puertas y postigos y pintaron con colores alegres las ventanas que daban al sur.

– Sería conveniente que enviáramos a Knut Haakosson a alguna misión principal. Se mantuvo fiel en el levantamiento del abuelo, y no estaría de más que lo premiáramos con una embajada en la que se le trate casi como a un rey. Que un noble que pudo alzarse contra vos y no lo hizo hable de vuestros logros sólo puede volverse a nuestro favor.

Knut Haakosson había sido aspirante al trono en los terribles años de la guerra familiar; antes de la rebelión de Nidaros, el duque Skule se había entrevistado con él, sin fruto alguno. Y la abuela Inga insistía en que se le honrara y se le premiara, porque además disfrutaba del apoyo de un buen número de barones importantes.

Lento y ceremonioso, parecía haberse quedado varado en el pasado, como una ballena apresada.

– Lo mandaré a Francia.

– Dejadme que me ocupe yo de él -terciaba mi hermano-. Quiero enviar una embajada al rey de Castilla, y deseo que Knut vaya al frente.

– Sí, pero no solo. Mandad a Elías con él. Es menos impulsivo, y como hombre de Iglesia, habla mejor latín.

Unos meses más tarde Knut Haakosson partía hacia Castilla, con el encargo de abrir nuevas rutas comerciales y el navío lleno de jaulas con pájaros y aves de presa, porque mi hermano había averiguado que al rey Alfonso de Castilla y, sobre todo, a sus hermanos, los infantes, les interesaba la cetrería. Le enviaba también varios libros de nuestros monasterios, que habían sido copiados a toda prisa, pieles y objetos de capricho, de acuerdo con los gustos del rey.

– Deberíamos -insistía mi hermano-, deberíamos, deberíamos…

Mi padre encanecía, y arrugas nuevas se le hundían cada vez más profundamente en la piel.

– Me hago viejo -repetía-. He perdido el espíritu de los tiempos.

Haakon poseía la inteligencia de abordarle en esos momentos y de insuflarle confianza. A veces ni siquiera se despojaba del traje de caza, y se dirigía a mi padre sin ceremonias, como si las ideas se le agolparan mientras se dedicaba a su deporte preferido. O como si, de esta manera sutil, le recordara que él, el Joven, aún montaba, aún era capaz de perseguir osos y venados, mientras que el anciano se retorcía en dudas y recuerdos, recluido en la sala de reuniones.

– Deberíamos atraer a los poetas, para que cantaran la gloria de Noruega. Paguemos bien a Sturli Thordasson, y que se instale en nuestra corte, que eduque a Magnus y que versifique nuestras hazañas.

Y así Sturli Thordasson, el sobrino del que fue el mejor poeta del mundo, Snorri Sturlusson, olvidó que mi padre había ordenado ejecutar a su tío por sublevarse junto al abuelo Skule y acalló su pena con nuestro oro. Tras su rastro, centenares de islandeses (poetas, juglares, músicos, nobles que alegraban las tardes con instrumentos y cantos, que temían que tras el susto del Hekla otros volcanes se rebelaran o que ansiaban labrarse un futuro mejor) llegaron a Bergen y juraron lealtad al rey.

La primera caravana de poetas sacudió el polvo de las salas, porque todas las ventanas se abrieron de golpe para escuchar sus canciones, y en cada ventana y cada puerta apareció una mujer ruborizada. ¿Quién podía resistirse a un poeta? Llegaban en una comitiva pintoresca, cinco docenas de ellos, en un pasacalles lleno de color. Acamparon en los alrededores del palacio real, y luego, como si fueran los representantes de un país en concordia con Noruega, solicitaron audiencia.

– Poetas -bufó mi padre-. ¿Para qué nos harán falta?

– ¡Poetas! -exclamó mi hermano, que apenas disimulaba su contento-. ¡Padre, sacude ese malhumor! Con los poetas se logra el favor de las damas, y a través de ellas, la alegría de las naciones. Los poetas extienden nuestras noticias, publican nuestras hazañas o las convierten en traiciones. Mira cómo le cambian el semblante a la abuela -dijo, en un extraordinario malabarismo con la verdad, porque la vieja Inga pensaba, punto por punto, como su hijo-. Que hablen de nosotros. No vale de nada conseguir hitos si el resto del mundo no los conoce.

Y, aún riendo, se dirigió al patio para convidar a los recién llegados a un barril de cerveza y distinguir quién entre ellos era sobresaliente, quién mediocre y quién un embaucador.

Su predilecto, y también el de mi madre, el poeta de moda en la corte, el que cantaría a mi hermano cuando hubiera logrado algo digno de ser narrado, era Jan Gudleik, un noruego del norte, reidor y vivaz, al que las muchachas no tomábamos demasiado en serio pero que lograba ablandar el corazón de las dueñas mayores. Cojeaba un poquito, tras una caída, y exageraba ese defecto cuando le convenía, para mostrarse necesitado de afecto y de atención. Le sobraba el talento, pero, por alguna razón, lograba siempre que se hablara de él por un romance, una borrachera, un problema, y no por sus canciones y poemas.

Era el que mejor versificaba al estilo francés y el que inventaba los romances contrariados más conmovedores; el amor cortés se aceptaba como moneda corriente, y los poetas incitaban a los amantes a adorarse con el corazón y con el cuerpo, aunque las referencias más pecaminosas se evitaban si la generación anterior se encontraba presente. Los nombres de las damas variaban según una nueva belleza hacía su aparición en la corte, o si la abandonaba para casarse. Gudleik, como todos sus amigos, mostraba una gran facilidad para que se le rompiera el corazón. Cuando me prometí, tras jurar que le había roto el corazón, preparó unas endechas en mi honor, como la única huella que, pasados los años, quedaría de mí en mi tierra.

– El estilo ha cambiado -decía mi hermano-. Si en las sagas y las antiguas leyendas se esperaba que la historia fuera verdadera y el estilo hermoso, ahora basta con que la historia y el estilo sean hermosos.