– Estos infelices no hacen sino lo que siempre se hizo -reflexionaba mi padre-. Revolver la verdad con la mentira, y que no puedan distinguirse.
Eran años de cerrar heridas, de que las cicatrices palidecieran y se confundieran con la piel, de acallar conciencias con monedas y de atraer aliados, y mi abuela, mi padre y mi hermano, tan parecidos entre sí, tejían redes tan bien armadas que los peces caían en ellas gustosos.
– Nuestro pueblo tiene que ver a sus antiguos reyes cuando os mire -dijo un día mi hermano-. No basta la coronación. No basta la bendición papal. A Sigurd el Peregrino le recuerdan por su viaje a Tierra Santa y su participación en la Cruzada. De su hermano Oyvind, que fue un buen rey y gobernó con sabiduría en su ausencia, ¿quién habla hoy? Deberíamos mostrarnos dispuestos a participar en una Cruzada, si alguna se organiza. Noruega ha vivido en el caos desde que el Peregrino murió. Volvamos a aquel orden anterior.
– No más guerras, hijo. Al menos, no en nuestro territorio. -Mi padre, que había regresado con el humor agriado desde la campaña en Halland, hablaba como todos los viejos, como todos los vencidos-. Danos pronto un heredero, consigue tierras por matrimonio y no por guerras, por muy santas que sean.
Las nuevas leyes dictadas por mi padre indicaban que sólo los hijos varones legítimos poseían derecho al trono, y que era el rey quien debía designar sucesor. Sin hermanos ni tíos, con la rama de la familia de mi madre mutilada casi en su totalidad, sólo los hijos de Haakon y sus hijos, y los hijos de sus hijos, reinarían en Noruega a partir de entonces.
– Deberíamos casar a Kristina -repetía, cada año, mi padre, o era mi hermano el que se lo decía a él. Y entonces, el otro rey repetía, año tras año:
– Aún no. Aún no. Todavía no somos lo suficientemente fuertes, todavía podemos conseguir una alianza mejor. Sería una lástima que surgiera cuando Kristina se haya entregado ya. Es más preciosa que el oro. Un año más, un año tan sólo.
Aquel verano cumplí, como dije, veintidós años, y los dos reyes aún no habían encontrado a quien me mereciera. La embajada de Knut Haakosson a Castilla tuvo lugar, su hija ingresó como abadesa casi al mismo tiempo, Sturli cantaba al valor de mi abuelo en baladas inacabables, y todo indicaba que la vida continuaría por siempre así, apacible y algo aburrida tras los años de sobresaltos, dirigida con mano certera por los cambios casi insignificantes que mi familia introducía y que, al poco tiempo, lograban que todos creyeran muy antiguos, suplantando el pasado que, con los muertos y los desterrados, desaparecía, hielo en primavera.
El rey Haakon IV marchó sin demora hacia la bahía del Norte. En Agder recibió al sacerdote Elías, al que su hijo Haakon el Joven había puesto al mando de la embajada hacia Castilla. El hombre santo les confió que con ellos llegaba un señor principal, llamado Fernando, y que buscaba despachar importantes asuntos con el rey Haakon. El rey de Castilla buscaba la amistad del monarca noruego y daba pruebas de lo profunda que deseaba que fuera esa alianza. Cuando el rey llegó a Radasund los embajadores le aguardaban allí, y le prestaron homenaje. A continuación, le revelaron la misión que los había llevado hasta allí. El rey decidió que permanecieran en T0nsberg hasta que él regresara al sur tras el invierno. Entonces les daría respuesta a su embajada, que habría consultado con sus mejores ministros. Y, con esa amable acogida, el rey se recogió a Bergen, donde le aguardaban para su estancia invernal.
Yo tendría que haber reparado en que algo estaba a punto de cambiar: cierto es que los últimos seis años me han otorgado más sabiduría de la que hubiera deseado, e infinitamente más de la que poseía siendo una muchacha; pero eso no excusa mi ceguera. Mi padre y mi hermano comenzaron a reunirse con los nobles, extranjeros y patrios, con mayor frecuencia. Viajaban, concedían audiencias y recibían despachos, y ninguno, ni siquiera los alemanes, los lejanos rusos, les interesaban más que las noticias que llegaban desde España y que, al parecer, les llenaban de gozo.
Los pesados barcos que atracaban en el puerto dejaron espacio para drakkars delicados, con las quillas talladas y un aire mucho más gráciclass="underline" navíos para las comunicaciones rápidas, ágiles sobre el agua y desprotegidos como gaviotas, porque nadie aspiraba a su ataque.
Las tierras fértiles de las colinas se dividieron en pañuelitos de labranza. Al amanecer, los ciudadanos se dirigían a las huertas que se les había regalado y pasaban allí dos, tres horas, seguros de que no pasarían hambre con las coles, los nabos, los dos manzanos y los tres cerdos que cabían en su parcela. Los montes comunales ofrecieron bayas y leña, y, como era costumbre, reservaron la caza mayor para el rey y los suyos, aunque los ciudadanos podrían cazar liebres y conejos, que se reproducían como una plaga.
Haakon emprendía pequeños viajes de apenas dos o tres días que enlazaban las residencias reales, y partía a continuación. Como cuarta dama del reino (me anticipaban en honores mi madre, mi abuela y mi cuñada niña), debía prestar atención a sus vestiduras y a las de sus caballeros, y se me permitía despedirle y recibirle en cada ocasión, algo que comenzó a resultar agobiante cuando sus responsabilidades aumentaron.
– Mi hermanita se queja -me atosigaba-, y no entiendo de qué se queja. ¿En qué mejor puede pasar su tiempo que en atender a su hermano?
– En destripar sapos -contestaba yo-. En clarearme el cabello. En despuntar las espinas de los rosales de mi madre. En limpiar las boñigas de mi potrilla.
El suspiraba.
– ¿Así me pagas el amor que te muestro y la clemencia que me inspiras?
– Tal mercancía, tal paga.
– Tal dama, tales dones.
– Tal caballero, tales mercedes otorgadas.
El juego podía continuar durante horas, hasta que mi hermano fingía ser vencido, me besaba la mano o la frente y se retiraba a medir su inteligencia con enemigos más dignos. Yo no podía concebir que alguna vez pudiera amar a alguien con mayor veneración que a Haakon.
Por entonces mis quehaceres eran los propios de las damas de sangre reaclass="underline" acompañaba a mi madre, administraba mi pequeño capital de doncellas y dueñas (contaba con tres doncellas a mi servicio, una dueña, un mozo de servicio, un tañedor de laúd y un cantante, pero también debía supervisar las tareas de los otros sirvientes reales), bordaba poco y cantaba menos. Me cuesta recordar ahora a qué dedicaba mi tiempo cuando estaba aún soltera, en el palacio de mi padre. Debían ser tareas importantes, porque se me destinaban, pero si lo eran, ¿cómo puede ser que no las eche de menos aquí, que no las haya reproducido en esta casa junto al Guadalquivir?
¿Qué ocupaba mi atención? Mi madre y yo dedicábamos mucho tiempo a fortalecer las relaciones con la Iglesia, visitábamos monasterios y nos hospedábamos en abadías. Las mujeres que allí vivían parecían envejecer bajo otros días, su rostro protegido del aire y el frío. Enviábamos mensajes de los reyes, tan sutilmente envueltos que no parecían órdenes, pero que en boca de una princesa real no toleraban ser desobedecidos. Las hijas de los nobles que allí profesaban no solían destacar por su vocación religiosa: muchas habían finalizado allí como castigo por un escándalo, o porque sus padres no podían mantenerlas con los privilegios que merecía su apellido. Pero, en su mayoría, eran vírgenes maduras que padecían la matanza de hombres de los años de las guerras. Habían quedado sin protectores, sin familia, o les resultaba imposible encontrar esposo, porque en su generación el número de mujeres doblaba el de varones.
Visitábamos con particular afición un monasterio en Rein, a dos jornadas de camino desde Bergen, muy cerca de la casa natal de mi madre. Allí, cuando yo aún no había nacido, mi abuelo Skule había caído enfermo de unas fiebres fulminantes, y había prometido erigir una casa santa si sanaba.