– Como sanó -contaba mi madre- no le bastó con fundarla, sino que reclamó a su hermana, mi tía Sigrid, de quien todos sabían que había malcasado, y la nombró abadesa. Y entonces exigió a su cuñado que devolviera la dote y la aportara al monasterio.
– Mal comienzo -me aventuré a decir yo.
– Pésimo comienzo. Pero para entonces mi padre había recuperado la salud, y nada de eso le importaba gran cosa.
La tía Sigrid, que demostró mayor fortuna para la vida en recogimiento que para el siglo, era, además de mi madrina, aquella a la que más me asemejaba de todas las mujeres de la familia, y ambas encontrábamos un secreto orgullo en ello. Alta y erguida como un junco, muy rubia y muy clara, conservaba el eco de una belleza que se resistía a marcharse. Y desde muy tierna edad yo constaté, para mi mal, que era linda, menos exótica, menos tentadora que Cecilia, pero mucho más hermosa que mi madre y que mi abuela.
La abadesa Sigrid me recordaba que la belleza no siempre conseguía lo que los varones pretendían, y que quizás su mejor uso fuera la oscuridad y el retiro de un convento. Pero, al mismo tiempo, ambiciosa y joven como era, me resistía a no ser admirada, a que los juegos con mi hermano y sus amigos finalizaran, a que una vida de honorable dueña o de honorable monja segara mi rutina y mi alegría.
Nuestras horas se dedicaban a los hombres, a preparar sus vestiduras y reparar las cotas de malla que portaban, que necesitaban en algunos puntos una mano delicada que las cosiera de nuevo. Eso nos suponía desvelos singulares, porque debíamos recurrir a herreros o a mozos de forja, que apenas iniciados en las artes del remiendo deseaban llevarse las cotas y repararlas a precios mucho más altos.
Cuando mi hermano y sus soldados regresaban de una expedición que los había alejado de nosotras una, dos, seis semanas, el palacio reverdecía. Las damas los observaban a distancia, desde sus ventanales, y yo salía al encuentro de Haakon, en solitario mientras se mantuvo soltero, con su mujer cuando se casó, para descalzarle y darle una bebida. Los poetas, desbancados de sus puestos de honor, tragaban la bilis de la envidia y procuraban enterarse antes que nadie de los temas sobre los que debían versar.
– Gracias, madre. Gracias, Riquilda. Gracias, Kristina -formulaba Haakon, mientras tomaba un sorbo de cada refresco que se le ofrecía y se inclinaba ante nosotras.
Los caballeros de mi hermano recibían parecidas atenciones, y durante el tiempo que pasaban en casa las mujeres nos dejábamos perseguir y los evitábamos, huíamos y nos dejábamos cazar, y ellos nos perseguían y, como en otra guerra más cortés y mucho, más placentera, predecían nuestros movimientos y nuestras reacciones.
Y, con cada primavera, se celebraban los matrimonios.
Jovencitas más jóvenes que yo, con menos fortuna, con el rostro deformado por una mandíbula dura o por una piel viciada de viruelas daban la mano a guerreros con patrimonio y se alejaban de la corte.
– No vamos a entregar oro en manos codiciosas -se excusaba mi padre, sin que yo me quejara de nada.
Las que nada poseíamos de nada podíamos quejarnos.
Se esperaba de mí también que me ocupara de mi cuñada Riquilda, la criatura más aburrida, quisquillosa y malcriada que imaginarse pueda. A veces pensaba que Riquilda era la cruz que Nuestro Señor me mandaba, un permanente recordatorio de a qué estragos podía llevar una educación relajada y un carácter caprichoso. Luego descubrí que no, que mi cruz se llamaría doña Violante y que me aguardaba en un reino remoto.
Riquilda y Haakon habían contraído matrimonio cuando ella tenía siete años, pero no nos la habían enviado hasta que cumplió catorce. Aún fue núbil por año y medio más, pero imagino que en su familia, muy numerosa, no soportaban más a aquella chiquilla. Desde entonces, atormentaba mis días.
Haakon la trataba con distante cortesía y apenas pasaba tiempo con ella, y las quejas que su esposa vertía sobre mi inconstante y desapegado hermano sonaban en mis oídos de la mañana a la noche. Magnus la detestaba sin disimulos, y la sola idea de que esa niña de barbilla fina e insidioso deje sueco fuera un día la reina de mi país me enfermaba. No obstante, sabía ser refinada, y su gusto en vestiduras y en música superaba mucho el mío. Criada como princesa real sueca, tuvo mucho más tiempo que yo para perderlo en las elegantes banalidades de la vida en la corte.
– ¿Y mis damas? -exigió, nada más abrir sus arcones, intercambiando los regalos de boda a toda prisa.
– Ya las traéis con vos -dijo mi madre, de mal humor, porque no sentía ni simpatía ni interés por aquel enlace.
– ¿Esas bobas? -contestó ella, sin poder reprimirse-. ¡Ah, no! No he salido del dominio de mi aya para que me controlen esas mujeres.
Mi madre me dirigió una mirada desvaída.
– Kristina, ocúpate de que nuestra princesa encuentre todo a su gusto y de enseñarle nuestras costumbres. Ahora es tu hermana: compórtate como tal.
– Como ordenéis -respondí yo, desalentada. Me imponían la tarea de vaciar el mar con una taza.
En nuestro palacio de Bergen se aburría. La habían mimado en exceso, y a diferencia de mi caso, en el que a los veintidós años ni siquiera estaba prometida, ella había sido una mujer casada desde su infancia. Eso la colocaba en un lugar incierto, a medio camino entre las responsabilidades de su futura labor y las distracciones infantiles. Sabía más de lo que una niña debiera entender, pero carecía por completo de las enseñanzas que una mano firme debe administrar a una chiquilla.
– Ayer me visitó mi esposo, el rey -revelaba, cada vez que se daba el caso, mientras la peinaban, rodeada de sus doncellas, de las mías y de las dueñas que le habíamos asignado.
Las mujeres ahogaban un suspiro de emoción perfectamente fingido.
– Durmió conmigo hasta el alba.
Yo la interrumpía, impaciente.
– Aún no conozco a un mozo que no duerma de un tirón hasta el alba, si se le brinda la oportunidad.
La estúpida de mi cuñada, con un aletear de faldas completamente innecesario, iniciaba una risita tonta.
– Es que no durmió… Qué sabréis vos de esas cosas, Kristina, qué sabréis…
Yo, mantenida a la fuerza en una posición de hija, de hermana, durante más años de los naturales, me había anclado en una inocencia impropia de mi edad, o al menos eso debía aparentar. Protegida por ellos, los lazos que me ataban a mi familia eran tan fuertes que no podía imaginarlos rotos, no era capaz de verme en una cama que no fuera mi lecho de soltera, con otros problemas que no fueran los de mi linaje.
Por lo tanto, no echaba de menos los entretenimientos que habían llenado los días de Riquilda. Una vez decidida la ley de legitimidad, para dar ejemplo, mi hermano había renunciado rigurosamente a mantener concubinas, y había desterrado, sin excepciones, a las de los principales señores. Algunas lograron casarse con sus amantes. Otras, la voz silenciada con una casa en las montañas y unas cuantas joyas, abandonaron la ciudad con sus bastardos. Por irritante que le pareciera Riquilda, por mucho que le sacara de sus casillas, el joven rey sólo la visitaba a ella, y mi padre, el otro rey, había sido el primero de una larga saga en guardar fidelidad a su primera esposa y a mi madre.
Una oleada de castidad se extendió por la corte, y ante la sorpresa de los poetas islandeses y franceses, acostumbrados a gozar del favor de las damas a las que cantaban, las noruegas los escuchaban con agrado y cerraban luego las puertas de sus aposentos con doble llave; una preñez en soltería o un hijo logrado sin ser bendecido se condenaba y las condenaba a ellas. Se conformaban, por lo tanto, con suspirar con aire acongojado, con musitar ardientes declaraciones de amor y con acostarse con las sirvientas.
Yo, que no conocía otra cosa, nada echaba de menos.
Riquilda, enamorada cada mes de un joven diferente, ansiaba tanto ser cortejada, estaba tan hambrienta de atención y de miradas, que componía una figura lamentable. Autoritaria, pero sin dignidad, bien vestida, pero sin elegancia, quejosa, pero indulgente consigo misma, mentirosa, exagerada, maleable…, ésas eran las virtudes que atesoraba la futura reina.