– Inventemos algo, Kristina. -Y yo temía esas palabras, porque de manera inequívoca significaban que se enredaría en algún problema y me atraparía a ella con él-. Me aburro, ideemos algo.
Mi padre, que con la edad había desarrollado manías que antes nunca padeció, se irritaba sobremanera con ella, aunque su rango le impedía manifestarlo de manera clara: por lo tanto, estorbaba cualquier actividad que Riquilda iniciara, y aunque procuraba no cruzarse con ella por los pasillos, cuando se daba el caso yo me prevenía para una nueva batería de críticas, advertencias y recriminaciones.
– ¿Qué es eso? -señaló mi padre, sobresaltado, un día en el que cenábamos todos juntos y habían sentado a Riquilda frente a él. Su dedo apuntaba al escote de mi cuñada, que había descendido tres dedos al despojarlo de un ribete de piel ya muy usado.
Mi cuñada contestó con absoluta candidez, mientras yo, advertida de lo que nos aguardaba a continuación, comenzaba a enrojecer.
– La nueva moda francesa sube el talle e impone escotes más bajos.
La abuela, que, como acostumbraba, se encontraba hundida en sus propias cavilaciones, posó la cuchara en el plato y prestó atención.
– ¿Y puedo saber desde cuándo sois francesa?
– ¡Pero es la moda! Y vos deseáis una corte moderna.
– ¡Moderna, pero no depravada! -contestó mi padre. Se hizo un silencio, mientras el mohín compungido de mi cuñada se congelaba en su rostro-. ¡Pero cubríos, por el amor de Dios! -continuó gritando-. Tened en consideración que podría ser vuestro propio padre.
Haakon, que no había reparado en el escote de su mujer, inició otro tema, pero mi padre, como un perro tras la presa, no se desviaba.
– En mis tiempos, una mujer era venerada por su hermosura y por sus virtudes -refunfuñó-. Ahora a los jóvenes sólo os interesa la apariencia, si viste de aquella o de tal manera, y cuántas coronas ha costado su manto. No entiendo que la moda no pueda casarse con el gusto, como antes. Moda y modestia debieran caminar de la mano y engalanarse la una a la otra; no en vano se pronuncian de similar manera y proceden del mismo vocablo.
Mi madre, con una ojeada rápida, se aseguró de que los vestidos de las otras mujeres presentes no aumentaran el enfado de mi padre, pero todas lucíamos pudorosos sobrevestes. Sin embargo, la situación no acabó con ello. Tres días más tarde, mi padre me mandó llamar y me pidió mi opinión sobre las vestimentas de las cortesanas.
– Son costumbres pasajeras, y casi siempre extranjeras.
El rey parecía preocupado.
– Con vuestra ligereza, las mujeres estáis tentando al Cielo. Si os empeñáis en mostraros medio desnudas, los pechos al aire y las faldas cada vez más cortas, ofreciendo los tobillos y aun parte de la pantorrilla, como lecheras, atraeréis la cólera y el castigo divino.
– No son más que atavíos… -dije yo.
– ¿Ah, sí? ¿Y crees que Nuestro Señor Dios, que no tuvo paciencia con Sodoma y Gomorra y mandó una tormenta de fuego para arrasarlas, pensará lo mismo? ¿Habitan en esta corte diez mujeres honestas, al menos? Sólo es ropa… pero ¿no hundió por sus pecados la Atlántida, porque sus reyes se mostraban soberbios y orgullosos y sus mujeres frívolas, en espacio de tres credos? ¿Qué fue de Aland, que desapareció tragada por las aguas? ¿Y las impías Pompeya y Herculano, que fueron devoradas por un volcán, sin que nada quedara de ellas? -Tragó saliva-. A todos nos ponéis en peligro las mujeres con vuestros atuendos, haciendo que los hombres caigan en el torpísimo pecado de la lujuria. ¡No hay nada más vil! Ya fuimos avisados por aquel volcán de que los pecados de Islandia y sus poetas podían ocasionarle la ruina. ¡Y ahora vivo en una corte infectada de poetas y de mujeres que visten a la francesa!
Yo bajé la cabeza, porque el ataque de cólera ya sólo podía remitir.
– Te encargarás de que todas las damas de la corte se cosan vestidos que cubran el brazo, hasta los puños. No sufriré otro escote como el que me cortó el apetito el otro día, durante la cena. Y cuidado también con descubrir la garganta y el cuello.
– Pero -dije yo- las joyas lucen mejor sobre la piel, padre. No nos privéis de ese placer.
– Las joyas lucen mejor sobre las mujeres decentes, que son quienes las merecen.
Salí de la reunión con las nuevas indicaciones y las comuniqué, para gran decepción de las damas jóvenes. Riquilda suspiró.
– Coseré otra vez la piel sobre el escote -dijo.
La abuela hizo un gesto de impaciencia y, por sorpresa, se posicionó a nuestro favor.
– Cuando se enfurece tanto, su cólera se aplaca pronto. Moveos con discreción durante dos semanas y vestid luego como os parezca, porque su mente se habrá vaciado ya de esa inquietud -terció-. Los hombres se quejaban de la impudicia ya en tiempos de la abuela, y aún no se ha acabado el mundo.
Así lo hicimos, y todos los ribetes de piel desaparecieron poco a poco. Mi padre no volvió a reparar en ello. De vez en cuando, mi madre se acercaba al grupo de jóvenes que charlábamos o cosíamos juntas y se burlaba de nosotras.
– Por el amor de Dios, niñas…, ¿no tenéis frío?
Nosotras nos inclinábamos, la abuela sonreía con un raro rictus de satisfacción mal disimulado y Riquilda continuaba con sus vestidos, cada vez más atrevidos.
En otra ocasión, mi cuñada me llamó con mucho sigilo y cerró la puerta de su alcoba detrás de mí.
– Necesito vuestra ayuda -me dijo. Estaba sonrojada, y le temblaba la voz-. De vos no sospecharán.
A sus espaldas, distinguí la figura de una de sus damas, una muchacha llamada Astrid, a la que yo prodigaba un especial cariño. Abrí mucho los ojos, sorprendida, mientras aventuraba lo peor.
– ¿Qué es lo que ocurre?
– Astrid -dijo mi cuñada- ha de verse con su amante; pero los espían. Todos los muros tienen ojos, de manera que los he citado aquí. Nadie buscará en los aposentos de la reina.
– La reina -corregí yo- es mi madre, y no vos.
– Sí, sí -accedió ella, impaciente-. Vamos, el tiempo apremia.
– ¿Astrid tiene un amante? -pregunté, reparando, muy despacio, en lo que significaba lo que acababa de escuchar.
Era cierto, si ataba todos los cabos, que en los últimos meses había reparado en alguna de sus ausencias, en gestos de desdén hacia algunos de sus pretendientes y en que había evitado las modas más atrevidas, pero lo achaqué a su buen juicio, que no se dejaba arrastrar por la influencia de Riquilda, y no a que hubiera entregado sus favores a un único hombre.
– ¿Cómo se os ocurre correr ese riesgo? ¿Sabéis qué ocurriría si sorprendieran a un hombre en vuestro cuarto? ¿Habéis perdido el juicio las dos?
Riquilda daba golpecitos en el suelo con el pie, que calzaba con un borceguí escarlata con un pico exagerado.
– Nadie tiene por qué saberlo. Sólo necesito que os quedéis conmigo en la antecámara, hablando en voz muy alta, de manera que sea evidente que somos dos las mujeres que aquí estamos. Luego, con disimulo, regresad a vuestra cámara, y si algo pasa, decid que no os habéis movido de allí en toda la tarde.
Astrid había juntado las manos, en señal de súplica. En mis oídos incrédulos resonaban las mismas palabras una y otra vez.
– Por favor, por favor, princesa… ¡Es tan fácil para vos, y me daréis tanta satisfacción!
Sin duda, el amor la había enloquecido. Astrid pertenecía al rango más bajo de la nobleza rural; su misión en la corte del rey era destacarse a nuestros ojos y que así lograra un matrimonio con una familia similar en sangre y apadrinada por el rey. Mi familia tenía su tutela, y a efectos legales, aunque cedida al servicio de Riquilda, dependía enteramente de mi voluntad.